Conmovedora la opinión de los intelectuales orgánicos de Morena en su afán de salvar cara por apoyar una causa que no está a la medida de sus escrúpulos. Abonados en el castillo de la pureza no quieren ver que han apoyado con singular persistencia lo indefendible, que siempre fue, pero, por la razón que sea, abrazaron una causa que nunca existió. Ya conocido de todos, prueba no superada. Se complacen en la hazaña de haber acabado con millones de pobres y los incrementos de los salarios mínimos, sin advertir qué lo hizo posible (el ahorro del vilipendiado neoliberalismo), los costos y las consecuencias. Saben de razones y un poco de números; no de un simple y sencillo: “me equivoqué”.
Los labriegos de la pureza se han lanzado con singular denuedo contra los asociados de Morena y de vez en cuando a los socialmente imputados del régimen; gritos de purgar a los compañeros de viaje que la necesidad de ganar los hizo subir a bordo, pero que es preciso dejar de lado. Están en la misma postura que el del camarada comisario, Pablo Gómez, quien elaboró una iniciativa para volver realidad el partido único y la sobrerrepresentación para que Morena pudiera arrogarse el derecho exclusivo y elevada misión de representar al pueblo. No advierten que los asociados también han sido y serán indispensables para gobernar y dominar.
Doble error: creer que Morena es virtud en vida y el PVEM y PT polizontes del tren de la transformación. Se requiere más que desmemoria o miopía para ignorar que lo peor habita en la casa principal. El testimonio del consejero jurídico de la presidencia Julio Scherer o, en el otro extremo, el de Hernán Gómez Bruera, ambos obradoristas de cepa, revelan que la venalidad está en casa, en la habitación principal y desde hace mucho tiempo. Mejor voltear al lado.
Grandes arrepentidos vienen al caso: Germán Martínez, Ramón Alberto Garza, Antonio Navalón y Gibrán Ramírez quienes reconocen el error y, en la medida, culpa. Ya antes, en el cierre de su vida, Porfirio Muñoz Ledo tuvo el coraje de dejar al desnudo la connivencia del narco con Morena y que López Obrador no era el “auténtico hijo laico de Dios”. Los arrepentidos son muchos más y es deseable que hagan masa crítica para poner al descubierto las miserias, errores y estafa del obradorismo. Que el no mentir, no robar, no traicionar fue cruel engaño y recurso para obtener y blindarse en el poder.
PVEM y PT no son tan malos si se comparan con los de Morena. Los tres coinciden en sus objetivos y el obradorismo, con su poco más de 41% de los votos, jamás hubiera logrado la hazaña de destruir el edificio democrático y construir las bases del régimen autocrático. Los emisarios de la pureza no entienden de números, ignoran que la política es juego rudo en permanente disputa, guerra en la que casi todo se vale y más en el obradorismo. Conforme mayor la pretensión moral, casi siempre mayor su poder destructivo, su intransigente despostismo, acompañado por la exclusión y la persecución del otro; vuelve ridículo el tránsito a aquello de prohibido prohibir. La libertad de expresión, como nunca, padece la amenaza del criminal o la sanción legal políticamente motivada.
El obradorismo ha ingresado a una nueva etapa. Los ideales se reemplazan por el discurso soberanista a manera de blindarse por el peso de la impunidad y su secuela. La supuesta lucha por los pobres y contra la corrupción pasa a segundo plano porque a nadie engaña, clave para entender las 10 candidatas y 7 candidatos de Morena a los gobiernos locales; la entrega del proyecto, predominantemente, a los factores de poder local donde gobiernan los afines. Incluso SLP, especialmente, explica la razón del candidato seleccionado. Importantes y relevantes son los candidatos donde prevalece Morena; por cierto, casi todos con fuerte presencia del crimen organizado. Ciertamente, el PVEM logró cuatro candidaturas, todas ganadoras (incluso la de SLP). Con el dolor de los cruzados de la pureza, se explica porque los verdes entienden mejor los juegos de poder propios de la política.
Debe resultar difícil asumir la nueva etapa del proyecto obradorista; cada vez más represivo, cada vez más distante del ideal, que quedó en mera palabrería. Finalmente, la política se mide con los resultados; nada qué presumir, nada que avalar. Mejor cargarle la mano al diezmado opositor, de vez en cuando, al indeseable y cuando sea necesario al asociado.



