La pobreza nunca ha sido una simple cifra, es una vulneración sistemática a la dignidad de miles de mujeres y hombres de todas las edades. La vemos en los ojos de las niñas, niños y jóvenes que se ven obligados a abandonar sus estudios, cambiando los libros por un trabajo precario para ayudar a medio sostener a sus familias, un sacrificio invisible que les hipoteca el mañana. La vemos también en nuestras personas adultas mayores, aquellas ciudadanas y ciudadanos que lo dieron todo y hoy enfrentan la escasez y el olvido en una etapa donde solo deberían cosechar tranquilidad, plenitud y respeto.
Frente a esta realidad, los programas sociales se consolidan como aliados indispensables para la erradicación de la pobreza, funcionando como un piso mínimo de protección y una herramienta urgente para aliviar las carencias más inmediatas de las y los más vulnerables. Sin embargo, no lo son todo, para que la erradicación de la pobreza sea real, estos apoyos deben ser el puente hacia oportunidades laborales justas, salud integral y una educación que rompa de raíz las barreras de la exclusión.
Sanar estas heridas históricas es el único camino real hacia la paz social, pues cuando la pobreza disminuye, la seguridad de toda la comunidad mejora de manera sostenible. La violencia suele nutrirse de la desesperanza y la falta de alternativas, por eso, al garantizar condiciones de vida dignas, desmantelamos las raíces del miedo en nuestras calles. Una sociedad segura se construye derribando la miseria.
Combatir la pobreza no es un acto de caridad, sino una obligación de la sociedad y gobierno para respetar la dignidad humana. Cuando alguien no tiene comida, salud o un techo donde vivir, no solo le falta dinero, se están vulnerando sus derechos más básicos.
Si cambiamos la mirada y dejamos de ver a las personas en situación de pobreza como “sujetos de lástima”, entenderemos que son ciudadanos y ciudadanas con todo el derecho de exigir justicia, igualdad y las oportunidades necesarias para construir una vida digna y libre.
Ofrecer justicia social y equidad a cada ser humano es la vía para recuperar la tranquilidad colectiva. Solo así aseguraremos un futuro donde, juntas y juntos, impulsemos un mundo libre de pobreza.
Jennifer Islas. Política y conferencista.
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