Felicitación de cumpleaños sin regalo es demagogia. Recibir un regalo sin felicitación es genuino cariño.
Buen regalo sin felicitación me ha hecho Joaquín López-Dóriga hoy en Milenio al recordar —cuando llego a los 70 años de edad— un capítulo de mi biografía. Joaquín me quiere; es bien correspondido.
Él ha dicho que una infamia mía “marcó” a Felipe Calderón: la de acusarlo de un supuesto alcoholismo.
El también colaborador de Radio Fórmula apunta que antes de terminar el gobierno calderonista reconocí que había sido un invento lo del alcoholismo.
En fin, Joaquín, en el éxtasis del amor verdadero, me describe como salinista, foxista, peñista y amlista. Y añade: cínico.
Calderón ¿alcohólico?
Estuve en la primera campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador. En 2005, después de que yo dejara la dirección de Milenio, él me invitó a su equipo para las elecciones de 2006.
Renuncié al diario que fundé por las fuertes presiones contra el propietario de la empresa, Francisco González, de parte del entonces presidente Vicente Fox y de su secretario de Gobernación, Santiago Creel.
En 2004, en el décimo aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, pensé alarmado que las perversidades de la política ahora intentaban destruir a AMLO, a quien yo apenas conocía.
Llevé la línea editorial de Milenio, diario con cuatro años de vida, a intentar refutar los brutales ataques contra Andrés Manuel: el desafuero y las terribles campañas de desprestigio conocidas como videoescándalos.
El gobierno de Fox quería eliminar a la mala a López Obrador. Trabajó muchísimo para impedir que el entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal fuera candidato en 2006.
Para que ya no se amenazara a Pancho González, me retiré en los mejores términos de la dirección de Milenio. Continué con una columna diaria.
Después de mi renuncia, Andrés Manuel me invitó a su campaña. Ahí logré cercanía real con ese político histórico. El segundo de tal dimensión al que había tratado amistosamente. El primero, desde luego, Colosio. Agradezco y atesoro haber podido convivir con ellos.
Gracias a AMLO conocí a gente extraordinaria, como Claudia Sheinbaum, una mujer ya histórica. Otra relación personal, más que política, que también agradezco y atesoro.
En la campaña de AMLO yo tenía una doble personalidad: columnista y colaborador del candidato.
Antes de dejar Milenio había sido invitado a dar una conferencia en Argentina por el 60 aniversario del diario Clarín. Se convocó a directores de periódicos de todo el mundo.
Al acercarse la fecha del evento le dije a quien me había invitado: “Ya no soy director de Milenio, ahora estoy con AMLO. Que Clarín invite al nuevo director”.
La respuesta de Clarín fue que era buena idea escuchar al exdirector de un periódico que apoyaba a un político tan complejo como López Obrador. Así era mi doble personalidad.
En ese tiempo ocurrió el escándalo de Kamel Nacif y el góber precioso, Mario Marín, quienes agredieron a la periodista Lydia Cacho.
Un día me buscó Nacif. Yo había facilitado la publicación de cierto desplegado de un grupo de mujeres contra él. Alguna de ellas me pidió intervenir para que Milenio cobrara poco o nada. Llamé a Pancho y, generoso, lo publicó gratis.
Nacif supo eso y me buscó para explicarme que él era inocente. Todos son inocentes, o eso dicen, siempre. Escuché a tan desagradable tipo durante media hora.
Después acudí a la reunión semanal en las oficinas de López Obrador. Conté que había visto a Nacif, y nada más. Esa tarde redacté una columna que se publicó al día siguiente en Milenio. Narré mi reunión con Nacif. Y ya.
Alguien del grupo de López Obrador pasó el chisme al diario Reforma y el mismo día que publiqué mi columna apareció en Templo Mayor, como gran revelación, que yo me había juntado con Nacif. Grilla, pues.
Un día, en el coche, escuchaba a López-Dóriga en Radio Fórmula entrevistar a Felipe Calderón, entonces candidato del PAN.
Felipe le dijo a Joaquín que yo tenía relaciones indebidas con Kamel Nacif —a quien jamás volví a ver, por cierto—. De inmediato llamé a López-Dóriga y le pedí derecho de réplica. Me lo dio.
Joaquín me preguntó: “¿Por qué dijo esto Calderón de ti?”. De bote pronto contesté: “Porque Calderón no controla un problema de bebida que tiene”.
López-Dóriga se escandalizó: “Es muy grave lo que dices, Federico”. También era muy grave lo que Calderón había dicho de mí, pero esto no escandalizó al periodista de Radio Fórmula.
Respondí a una calumnia con otra calumnia. Hice mal, lo sé. Yo no tenía ninguna prueba de que Calderón fuera alcohólico. Así lo he reconocido públicamente y hasta me he disculpado.
No es mi responsabilidad que, por un solo comentario mío, el rumor sobre el supuesto alcoholismo de Calderón creciera tanto que muchísima gente lo considere todavía un borrachales.
Me disculpé con Calderón antes de que terminara su gobierno. El 29 de octubre de 2010 publiqué en SDPNoticias una columna titulada “El día que le dije alcohólico a Calderón”. Al final decía: “Me disculpo hoy con Calderón. Ojalá, algún día, don Felipe saque valor de su pasado y se disculpe conmigo”.
Calderón ha dicho en varias entrevistas que yo inventé lo del alcoholismo y que después me retracté y me disculpé. Eso es verdad.
Lo que no ha reconocido el lamentable Calderón es que él nunca se ha disculpado conmigo por la acusación que me lanzó en Radio Fórmula.
Por tal motivo, dos veces dejé a Calderón con la mano extendida cuando quiso saludarme. La primera, en un vuelo de la Ciudad de México a Monterrey.
La segunda ocasión estaba yo comiendo con Ciro Gómez Leyva en algún restaurante capitalino. Pasó Calderón con Fernando Gómez Mont, quien fuera su secretario de Gobernación. Calderón saludó a Ciro con afecto. Quiso saludarme y no le di la mano.
Cuando Felipe se disculpe conmigo, por supuesto que lo saludaré. Pero no lo ha hecho. No es honesto.
Por cierto, el asunto creció todavía más en febrero de 2011, cuando Gerardo Fernández Noroña exhibió una manta con la fotografía de Calderón y una pregunta que comparaba permitir conducir un automóvil a una persona ebria con permitirle conducir el país.
Carmen Aristegui, en su noticiero de MVS, planteó que la presidencia debía dar una explicación formal sobre aquella acusación, que ella no podía corroborar. Por eso la corrieron. A las dos semanas la reinstalaron por la presión de la gente.
Ahora voy a lo otro que dice López-Dóriga: que soy cínico porque he sido salinista, foxista, peñista y amlista.
Joaquín pudo haber añadido que fui zedillista: tuve cierta amistad con Ernesto Zedillo, gracias a Colosio. Claro está, Joaquín no dice que soy sheinbaumista. Él pone las etiquetas, no yo.
De Carlos Salinas dije cosas buenas, pero después no pude sino reprocharle todo lo que hizo contra Luis Donaldo Colosio en su campaña presidencial. Vicente Fox, pues… me obligó a dejar Milenio. ¿Enrique Peña Nieto? El personaje del último sexenio priista era Luis Videgaray. Lo explico.
Alguna vez me dijo algo interesante Manlio Fabio Beltrones —¿seré beltronista?—: que solo había dos mexicanos con proyectos de nación bien definidos.
Uno era López Obrador: sabía a dónde dirigir a México. Y en 2018 lo llevó a la Cuarta Transformación que está consolidando Claudia Sheinbaum, mejorándola evidentemente.
El otro mexicano con un proyecto de nación, según Beltrones, era Videgaray. Este buscaba llevar a México al extremo opuesto: al neoliberal, al que habían intentado conducir al país los presidentes desde De la Madrid. Solo que Videgaray, a diferencia de Salinas, Zedillo, etcétera, tenía una idea mejor estructurada.
Hizo Videgaray sus reformas estructurales en el gobierno de Peña Nieto e impulsó cambios constitucionales. Pero al final perdió: no supo cómo enfrentar a la 4T en las urnas. Y fue así que su proyecto murió. Y aquí estamos, en un país nuevo. Sheinbaum trabaja para que no haya retorno al pasado.
Según López-Dóriga he sido salinista, foxista, peñista y amlista. En opinión de Joaquín soy un cínico. ¿Lo soy? Responderé citando a Walt Whitman: “¿Que me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo. Soy amplio, contengo multitudes”.
¿Me adorno demasiado al decir que contengo multitudes? Puede ser, pero es mi cumpleaños 70 y se vale.
Posdata. Hace 20 años y dos días, el 17 de octubre de 2006, después de que se consumara el fraude electoral que llevaría al poder a Calderón, don Pancho González, quien también me quería y me quiere mucho —y yo lo quiero más a él—, me regaló por mi cumpleaños 50 el despido como columnista de Milenio. Esta vez de muy mala manera, lo que habla del gran amor que me tenía y me tiene. Perfectamente correspondido.

