No basta un solo día, ni un solo mes para prevenir. No alcanza para acompañar a quienes atraviesan una tormenta emocional, ni para consolar a esas familias que cargan con una culpa permanente. Tampoco basta para construir las políticas públicas que este problema exige.
La salud mental y las crisis emocionales no se ajustan a un calendario, ni se disipan cuando termina septiembre. El dolor humano y la desesperación silenciosa ocurren en la rutina diaria, esa que transcurre lejos de las campañas institucionales y de los lazos de colores que inundan las redes sociales por solo unas semanas.
Prevenir el suicidio requiere un compromiso que permanezca activo los 365 días del año. Exige que aprendamos a mirar de verdad a quienes nos rodean, a escuchar sin emitir juicios y a sostener la mano de quien atraviesa la tormenta. También demanda que el Estado y la sociedad civil dejen de ver este asunto como un tabú o una estadística incómoda, transformándolo en una prioridad real de salud pública con presupuestos dignos, atención psicológica accesible y redes de apoyo comunitarias sólidas.
Detrás de cada ausencia hay familias enteras que lidian con el duelo, con preguntas sin respuesta y con un vacío irreparable. Acompañarlas en su proceso y abrazar su dolor es un acto de justicia y humanidad que no puede limitarse a una efeméride. Salvar vidas empieza por derribar los estigmas que impiden pedir ayuda a tiempo.
Juntas y juntos impulsemos un entorno donde hablar del dolor emocional sea prioritario, asegurando que nadie tenga que transitar la oscuridad en completa soledad. Recordemos siempre que después de la noche más larga, la luz siempre vuelve a salir. ¡No estás sola, no estás solo!
Jennifer Islas
Política y conferencista
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