Al cierre del 10 de septiembre, la rápida sucesión de acontecimientos en Oriente Medio amenaza con agravar una crisis que ya afecta los precios del petróleo, el comercio y el transporte marítimo mundial. Los hutíes, el movimiento yemení respaldado por Irán que controla buena parte del país —incluida la capital, Saná—, tomaron el puerto estratégico de Mokha y la isla de Mayun o Perim, situada en pleno estrecho de Bab el-Mandeb.

Esos avances no significan que los hutíes hayan cerrado el estrecho, pero sí mejoran considerablemente su capacidad para amenazar el tráfico marítimo. Bab el-Mandeb conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y, por extensión, con el canal de Suez. Por allí circulan petróleo, combustibles refinados, gas natural licuado, productos químicos, componentes industriales y bienes de consumo. Alrededor de 12% del comercio mundial atraviesa esta ruta.

El estrecho de Ormuz, situado en la salida del golfo Pérsico, ya permanece severamente restringido por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Bab el-Mandeb se había convertido, además, en una pieza esencial de algunas rutas utilizadas para sortear esa crisis. Arabia Saudita, por ejemplo, ha desviado parte de su crudo mediante oleoductos hacia el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. Si también esa salida queda amenazada, una de las principales alternativas a Ormuz pierde seguridad.

No se trata, por tanto, de los dos extremos de un único corredor que haya quedado completamente bloqueado, como podría suponerse. Se trata de algo más complejo: dos pasos marítimos distintos, indispensables para buena parte de los flujos energéticos y comerciales entre Asia, Oriente Medio y Europa, están sometidos simultáneamente a graves presiones.

La reacción de los mercados ya es visible. El petróleo Brent cerró el 10 de septiembre en 107.63 dólares por barril, después de superar por primera vez desde julio la barrera de los cien dólares. Si la interrupción de las rutas y de la producción regional se prolonga, los precios podrían escalar todavía más.

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Las consecuencias tampoco se limitarían al petróleo. Europa es particularmente vulnerable por su dependencia de la energía importada y por la importancia de la ruta del mar Rojo y Suez para su comercio con Asia. Si Bab el-Mandeb deja de ser seguro, las navieras deben elegir entre asumir el riesgo o rodear el cabo de Buena Esperanza. La segunda opción añade miles de kilómetros, más días de navegación y mayores costos de combustible, fletes y seguros.

China e India, grandes importadores de energía, tienen un interés directo en evitar que la crisis paralice durante un periodo prolongado los suministros procedentes del golfo Pérsico. China, en particular, necesita preservar el flujo de hidrocarburos, materias primas y mercancías que sostiene buena parte de su actividad económica.

La cadena inflacionaria es sencilla. Un petróleo más caro eleva el precio de los combustibles; estos encarecen el transporte, los fertilizantes y la producción industrial; finalmente, el aumento llega a los alimentos y a los bienes de consumo. Si la amenaza simultánea sobre Ormuz y Bab el-Mandeb persiste durante semanas, el mundo podría enfrentar no solo una crisis energética, sino un nuevo episodio de inflación y estancamiento económico.

México ocupa una posición ambigua. Es productor y exportador de petróleo, pero todavía importa de Estados Unidos cantidades importantes de gasolina y diésel para cubrir su demanda interna. También depende de ese país para satisfacer alrededor de 72% de su consumo de gas natural. Por eso, una subida del precio del crudo puede mejorar algunos ingresos petroleros y, al mismo tiempo, elevar el costo de los combustibles, el transporte y la electricidad.

En principio, el encarecimiento y la menor fiabilidad de los suministros procedentes de Oriente Medio aumentan la importancia estratégica del bloque energético norteamericano. Estados Unidos, Canadá y México conforman una región relativamente estable, integrada por oleoductos, gasoductos, refinerías, redes eléctricas y cadenas industriales. Sin embargo, México es el eslabón más débil de ese bloque.

Su capacidad para aprovechar la coyuntura se encuentra limitada por la caída de la producción, la reducción de las exportaciones de crudo, los problemas del sistema nacional de refinación y la situación financiera de Pemex. Durante el primer trimestre de 2026, la empresa perdió casi 46 mil millones de pesos, pese al aumento internacional del precio del petróleo, y todavía acumulaba una deuda financiera cercana a los 79 mil millones de dólares. Un barril más caro no resuelve automáticamente una estructura deficiente.

Claudia Sheinbaum enfrenta así un dilema complicado. Si suben con fuerza los precios de la gasolina y el diésel, su gobierno deberá impedir que el incremento llegue por completo a los consumidores. Para hacerlo puede reducir el IEPS, ampliar los estímulos fiscales, presionar a Pemex para que absorba parte del costo o reforzar los acuerdos de contención de precios. Todas las opciones implican un costo para las finanzas públicas.

¿Podrían los mayores ingresos por las exportaciones de crudo compensarlo? Solo parcialmente. México exporta menos petróleo que antes y utiliza una proporción creciente de su producción en las refinerías nacionales. Además, los ingresos extraordinarios tendrían que competir con las enormes necesidades financieras de Pemex y con las presiones presupuestarias del gobierno.

Una crisis prolongada también podría elevar la importancia política de México ante Washington, aunque conviene no exagerar ese margen. Estados Unidos produce cantidades récord de petróleo y no depende de México como proveedor esencial. El valor mexicano reside más bien en su ubicación, su infraestructura compartida y su integración económica con América del Norte.

Por eso sería simplista pensar que Sheinbaum puede intercambiar petróleo por concesiones estadounidenses en materia de T-MEC, migración o aranceles. Las relaciones entre ambos países no funcionan como un trueque de barriles por favores. La seguridad energética puede fortalecer la posición negociadora de México, pero únicamente como parte de una relación mucho más amplia que incluye comercio, cadenas productivas, seguridad fronteriza y cooperación política.

La crisis de Oriente Medio podría ofrecer a México una oportunidad geopolítica limitada y, al mismo tiempo, provocarle un golpe económico considerable. Todo dependerá de cuánto duren las interrupciones y de la capacidad del gobierno para administrar sus efectos.

Los dos grandes pasos marítimos se encuentran a miles de kilómetros de México. La factura, en cambio, puede llegar hasta aquí con extraordinaria rapidez. Y cuando llegue encontrará otros tres cuellos de botella esperándola: la producción petrolera, las refinerías y las finanzas de Pemex.