Hoy la comentocracia ejecuta dos rutinas de nado sincronizado. Una, acompañada por el coro de la ópera De las ruindades mediáticas, que no hace sino repetir: “¡Ruffo preso político, Ruffo preso político, Ruffo preso político!”. La otra, al compás de una sinfonía perversa, cantabile, interpretada por múltiples voces, bien maiceadas, que infatigables entonan: “¡Censura, censura, censura!”.

Al coro del preso político se ha sumado un columnista de Excélsior, Jorge Fernández Menéndez, quien durante años cuestionó al exgobernador Ernesto Ruffo Appel por haber entregado Baja California al cártel de los Arellano Félix.

Los viejos argumentos de Fernández Menéndez resultaron creíbles cuando los avaló Felipe Calderón, que necesariamente debía estar bien informado, pues tenía a un capo del narco en su gobierno: Genaro García Luna.

Fernández Menéndez hoy reitera que Ruffo sí es un delincuente mayor, pero que el gobierno de la 4T ha actuado arbitrariamente al acusarlo de huachicolero porque no se han hecho públicas las pruebas en contra del imputado.

No entiende el columnista de Excélsior que sus señalamientos de que Ruffo Appel trabajaba para el narcotráfico vuelven mucho más creíbles las investigaciones de la Fiscalía General de la República. Se acusa de huachicolero al político bajacaliforniano —panista toda su vida y hoy integrante del nuevo partido conservador Somos México—, y el huachicol no es sino una diversificación, llamémosla empresarial, del narcotráfico: ambos son delitos estrechamente ligados y, con frecuencia, cometidos por los mismos cárteles.

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Las pruebas contra Ruffo las tiene la FGR y su titular, Ernestina Godoy, las ha estudiado a fondo. Ella decidirá qué puede hacerse público y qué debe mantenerse bajo reserva.

No viene al caso comparar el asunto de Ruffo con la falta de pruebas —reclamada por el gobierno mexicano— sobre la presunta culpabilidad de políticos sinaloenses acusados en Estados Unidos. Existirán o no tales pruebas; el hecho es que las fiscalías del país vecino no las han entregado a la FGR.

En el caso de los sinaloenses, nadie en México, ni la opinión pública ni la autoridad, conoce las pruebas, si es que existen. En cambio, en el asunto de Ruffo, la Fiscalía sí cuenta con ellas y una jueza las valoró antes de decretar que el exgobernador debe permanecer en prisión.

Pero ahí está el coro de los de siempre: “¡Preso político, preso político, preso político!”, ejecutado bajo la batuta de un abogado panista, Fernando Gómez-Mont, quien fue secretario de Gobernación en el sexenio que desató la brutal violencia criminal con la que se intentó que el país olvidara el fraude electoral de 2006.

La otra rutina de nado sincronizado, la de “¡Censura, censura, censura!”, la dirige el multimillonario coreógrafo de ballets acuáticos político-mediáticos: Ricardo Salinas Pliego.

¿En serio hay censura?

El caso Ruffo es un típico ejercicio de endogamia. Como tanta gente de la comentocracia de derecha repite el coro del “preso político”, sus representantes más conocidos, como Jorge Castañeda en El Universal, sostienen que ha crecido el “repudio interno” y que el griterío ya es apabullante fuera de México.

Se la estiran de más tales columnistas. En un próximo texto, Castañeda dirá que el caso Ruffo tuvo más impacto que la final entre España y Argentina. Les encanta jugar al Tío Lolo, aquel que se hace pendejo solo.

Más cínico es el coro de “¡censura, censura, censura!”, porque se han roto récords nacionales y olímpicos de críticas injustificadas y vulgares contra dos personas que han gobernado México.

A Andrés Manuel López Obrador se le insultó y calumnió más que a cualquiera de sus antecesores. Y la situación ha empeorado con Claudia Sheinbaum, que ni siquiera ha llegado a su segundo año de gobierno.

La presidenta Sheinbaum y el expresidente AMLO han sido atacados minuto a minuto con insultos y, sobre todo, con calumnias. Algo así no se veía desde los tiempos de Francisco I. Madero, en aquellos años terribles que marcaron la historia de México y a los que una parte de la derecha parece querer regresar. La prensa participa en la infamia porque piensa que así recuperará privilegios.

Antes de la 4T había críticas a los presidentes del PRI y del PAN, pero eran escasas. Solo una minoría de medios se atrevía a ejercer un periodismo realmente crítico. Ahí estaban Proceso y La Jornada; también El Norte, de Monterrey, durante muchos años y, desde finales de 1993, Reforma.

En la radio, Carmen Aristegui fue la gran excepción, y se le despidió al menos dos veces. En la televisión, merece reconocimiento el Canal 40 de Javier Moreno Valle, a quien por desafiar al poder político, económico y religioso se le arrebató su televisora: Salinas Pliego se quedó con ella a la mala, con ayuda del gobierno panista.

En sus primeros años, Milenio fue un diario crítico, pero cambió de manera importante a partir del fraude electoral de Calderón.

Los medios siempre han presumido que entre sus columnistas y participantes en mesas de debate hay gente de todas las ideologías. Es verdad, pero jamás cuestionaron con tanta fuerza a los presidentes anteriores a López Obrador.

Ayer Joaquín López-Dóriga confesó que, durante ocho sexenios —desde 1969, en el gobierno de Luis Echeverría, cuando empezó a publicar columnas en El Heraldo de México, hasta el gobierno de Enrique Peña Nieto, en 2018—, batallaba para encontrar argumentos con los cuales criticar a los presidentes y a sus proyectos públicos. Tenía tantos compromisos con el poder que no sabía cómo hacer para disfrazarse de periodista crítico.

Ahora, dice López-Dóriga, le ocurre exactamente lo contrario. Afirma que existen tantísimas cosas que criticar en la 4T que batalla para escoger cuál abordar cada día.

¿Por qué en la actualidad hay tantas críticas, calumnias e insultos contra el poder presidencial, y antes no? Porque buena parte de la prensa estaba controlada por los poderes político y económico.

La presidenta Sheinbaum intenta construir una nueva legislación para proteger a las audiencias. No está mal: las audiencias merecen respeto y, con demasiada frecuencia, no lo reciben.

Pero personajes como Salinas Pliego y algunos de sus colaboradores en TV Azteca, como Sergio Sarmiento y Jorge Fernández Menéndez, iniciaron de inmediato una campaña sincronizada para acusar a la 4T de censura, a la que se han sumado otros medios. Es profundamente irresponsable. Porque nunca había existido tanta crítica contra un gobierno. ¿De qué censura hablan?

Personalmente, sería partidario de no castigar ni siquiera a quienes insultan, calumnian y ofenden. Creo que ese es el pensamiento profundo tanto de AMLO como de Sheinbaum. Así que la comentocracia puede insultar y mentir cuanto quiera. A la 4T le defiende el pueblo que distingue entre la crítica objetiva y el ataque ruin.

Lo que hoy vemos es una abundancia de ataques que no buscan señalar errores del gobierno —que, desde luego, los hay—, sino recuperar, mediante la ofensa, los privilegios perdidos.

Nunca un presidente y una presidenta habían sido objeto de una agresión mediática tan intensa. Andrés Manuel resistió y mantuvo niveles muy altos de popularidad. Hoy Claudia enfrenta los mismos ataques, pero además soporta otros: los que surgen solo por ser..., y mantiene muy alta su aprobación.

Los hombres que controlan los principales medios no solo cuestionan a Sheinbaum por ideología o por defender intereses. También la agreden, con saña, porque detestan que una mujer tenga el mando. Machos que sufren porque una mujer está al frente del Estado.