En cualquier casa de México, este día suele oler a café caliente, pan dulce y risas. Hay tarjetas, regalos, conversaciones que se alargan hasta la tarde. Pero en miles de hogares, el silencio pesa más que cualquier celebración. Allí, el Día del Padre no trae alegría, sino un recuerdo que se clava en el pecho: el hijo o la hija que salió y nunca regresó.
Son los padres buscadores. Hombres que un día vieron su mundo derrumbarse y, en lugar de quedarse sentados esperando, tomaron la decisión más difícil: salir a buscar. Al principio, muchos caminan solos. Recorren carreteras polvorientas, pueblos alejados, oficinas donde a veces solo encuentran indiferencia o papeles que no avanzan. Llevan en la mano una fotografía doblada tantas veces que ya casi se desgasta, y en la mente la última imagen que guardan: una sonrisa, una despedida, un “hasta luego” que nunca se cumplió.
Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, en México hay más de 112 mil personas en esta situación. Los colectivos integrados por familiares son hoy la pieza clave en las búsquedas, ante la lentitud y limitaciones de las instituciones oficiales.
El dolor que ellos sufren no es como el de una despedida definitiva. No hay tumba donde llevar flores ni fecha para cerrar el ciclo. Es un dolor que se repite cada mañana, que acompaña cada comida, que se agudiza en fechas como esta. Pero en medio de esa soledad, descubren que no están solos. Llegar a un colectivo de búsqueda es como encontrar una nueva familia: gente que entiende sin tener que explicar, que sabe qué preguntas hacer, por dónde buscar y cómo no rendirse cuando todo parece perdido.
Ahí, el sufrimiento individual se transforma en una fuerza compartida. Comparten mapas, pistas, historias y esperanzas. Un padre que empezó buscando solo a su hijo, pronto está acompañando a otros a buscar a los suyos. Ya no camina en soledad, cada paso que da es por el suyo y por todos los que faltan. El cansancio sigue, la angustia no desaparece, pero ya no pesa lo mismo.
Este Día del Padre, su regalo no es un objeto ni un abrazo que llega puntual. Su regalo es seguir teniendo la fuerza de salir otra vez, de alzar la voz, de no permitir que sus seres queridos se vuelvan solo un número en una lista. Su lucha es el acto de amor más grande que existe: no dejar de buscar, no dejar de recordar, no aceptar que el silencio gane.
Hoy nombro con respeto a José, que no tiene a su hija junto a él para festejar. También nombro a don Roberto, quien no pierde la esperanza de abrazar a su hijo adolescente que no ha visto desde hace tres años.
También abrazo a don Luis, a don Gilberto, a don Arturo…
A todo padre que lleve en la mochila una foto con su ser amado que no ha vuelto a ver; a todo hombre que llora cada noche frente a una imagen susurrando, casi en silencio: “No te olvido”.
Ellos nos enseñan que el amor de un padre no se mide en lo que se tiene, sino en hasta dónde se es capaz de llegar. Y mientras haya un papá buscando, habrá una esperanza viva: que un día, el abrazo que se quedó en el camino por fin llegue a casa.
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