Hay algo profundamente contradictorio en nuestra época. Mientras la humanidad desarrolla tecnología capaz de llevarnos cada vez más lejos en el universo, aquí abajo seguimos empeñados en construir fronteras.
Fronteras entre países, entre ideologías, entre clases sociales. Fronteras que nos separan incluso de quienes viven a unos cuantos metros de nosotros.
Y no me refiero solamente a las fronteras físicas. Quizá las más difíciles de derribar son aquellas que construimos en nuestra manera de pensar.
Vivimos en una sociedad donde parece cada vez más complicado encontrar espacios comunes. Todo nos divide: la política, la religión, las nacionalidades, las opiniones. Hemos aprendido a identificar con enorme facilidad aquello que nos diferencia, pero cada vez nos cuesta más reconocer lo que compartimos.
Por eso me llamó la atención una iniciativa que, a primera vista, podría parecer simplemente una intervención de arte urbano.
En una pared de avenida Legaria, en la Ciudad de México, el artista Alex Roman pintó un mural que conecta simbólicamente a México con Houston. La obra incorpora un mensaje grabado por astronautas desde la Estación Espacial Internacional.
La frase que aparece en el mural es tan sencilla como poderosa: “Hay espacio para todos”.
Y me quedé pensando en ella. Porque, curiosamente, hemos logrado encontrar espacio para seres humanos a cientos de kilómetros de la Tierra, pero seguimos teniendo enormes dificultades para hacernos espacio unos a otros aquí abajo.
La exploración espacial ha cambiado muchas cosas, pero quizá una de sus aportaciones más importantes no tiene que ver con la ciencia ni con la tecnología, sino con la perspectiva.
Los astronautas que han tenido la oportunidad de observar nuestro planeta desde el espacio suelen describir una experiencia transformadora: descubrir la fragilidad de la Tierra y comprender que las divisiones que parecen tan importantes desde nuestra perspectiva cotidiana pierden sentido cuando se contempla el planeta como un todo.
Desde allá arriba no se distinguen nuestras diferencias políticas, nuestras discusiones interminables ni las etiquetas con las que nos empeñamos en clasificar a los demás.
Se ve una Tierra. Una sola. Y, sin embargo, aquí abajo continuamos discutiendo quién pertenece, quién tiene derecho, quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.
No deja de resultar paradójico que hayamos sido capaces de construir una estación espacial donde personas de distintas nacionalidades deben aprender a trabajar juntas para sobrevivir, mientras en la Tierra muchas veces somos incapaces de escuchar a alguien que piensa diferente.
Tal vez por eso encuentro interesante que una reflexión semejante aparezca en una pared de la Ciudad de México. No en un recinto diplomático, no en una conferencia internacional, no en un discurso político. En una pared.
Porque el espacio público también debería servir para hacernos preguntas. No solamente para vendernos productos, pedirnos votos o recordarnos las diferencias que nos separan.
Y quizá ahí radique una de las virtudes más importantes del arte: no necesita resolver los grandes problemas de la humanidad para obligarnos a pensar en ellos.
No sé si quienes pasen frente a ese mural se detendrán a reflexionar sobre las fronteras, la convivencia o nuestro lugar en el universo. Probablemente muchos simplemente lo mirarán unos segundos antes de continuar con su día.
Pero quizá alguien levante la vista, lea esas cuatro palabras y se haga una pregunta que vale la pena: Si el universo es suficientemente grande para todos, ¿por qué nos empeñamos en hacer tan pequeño nuestro mundo?



