Ha quedado claro que la inauguración del Centro Presidencial Obama fue mucho más que un acto protocolario. Fue una extraordinaria manifestación de reconocimiento público hacia Barack Obama y Michelle Obama como fenómeno político, social, cultural y humano.
La lista de asistentes resulta por sí misma impresionante: los expresidentes Bill Clinton, Joe Biden y George W. Bush; la ex canciller alemana Angela Merkel; el ex primer ministro canadiense Justin Trudeau; empresarios, filántropos, académicos, líderes sociales, activistas y referentes culturales como Oprah Winfrey, George Lucas, Bruce Springsteen, Bono, Stevie Wonder, John Legend, Eddie Vedder, Marc Anthony, Christina Aguilera y muchos más. Pero lo verdaderamente impactante no fue la cantidad de personas notables que acudieron al evento, sino la capacidad de congregar a personajes provenientes de universos políticos, sociales, económicos y culturales tan distintos.
Por eso la presencia de George W. Bush y Laura Bush adquiere una relevancia especial. No se trata solamente de la presencia de un expresidente republicano en un evento encabezado por un expresidente demócrata. Se trata de la validación pública de una influencia que trasciende fronteras partidistas. Bush representa una tradición política distinta, una visión diferente del país y una corriente ideológica que durante años compitió frontalmente con los demócratas. Y sin embargo allí estuvo, no por disciplina partidista ni por conveniencia electoral, sino por reconocimiento a la calidad del homenajeado. La presencia de empresarios, líderes económicos y referentes sólidos en los ámbitos social y cultural, muchos de ellos imposibles de clasificar como parte de una militancia demócrata, proyectó una sobresaliente convergencia de tinte pluriforme.
Y allí comienza la verdadera historia. Porque el acontecimiento ya no gira alrededor de un edificio. Ni siquiera gira alrededor de Obama. Gira alrededor de una pregunta mucho más importante: ¿de quién es realmente el enorme capital político, social, cultural y humano acumulado por Barack y Michelle Obama? Quizá hemos llegado a un punto en el que ese capital ya no les pertenece exclusivamente a ellos. Puede sonar exagerado, pero las imágenes parecen apuntar precisamente en esa dirección. Cuando una figura pública logra acumular durante décadas semejante volumen de confianza, credibilidad, reconocimiento y capacidad de convocatoria, deja de ser únicamente propietaria de ese prestigio para convertirse en depositaria de una expectativa colectiva. Y ésa es precisamente la dimensión que comienza a adquirir el fenómeno Obama.
La multitud que sigue respaldándolos no está reconociendo solamente a un expresidente ni a una ex primera dama. Está reconociendo una forma de liderazgo, una forma de ejercer influencia, una forma de construir consensos, una forma de relacionarse con la sociedad y quizá también una forma de entender la política como herramienta para mejorar la vida de las personas. Barack Obama no sólo fue un político exitoso. Fue capaz de humanizar el poder sin debilitarlo. Logró algo extraordinariamente raro: hacer que millones de personas percibieran primero al ser humano y después al gobernante. La empatía, la serenidad, la cercanía, la capacidad de escuchar, la facilidad para conectar emocionalmente con públicos distintos y la habilidad para transmitir esperanza sin caer permanentemente en la grandilocuencia terminaron convirtiéndose en parte esencial de su identidad pública.
Por eso su sola presencia sigue provocando reacciones emocionales tan intensas. Por eso su voz continúa teniendo un efecto especial sobre amplios sectores de la sociedad estadounidense y mundial. No se trata solamente de lo que dice, sino de cómo lo dice; de la naturalidad con la que conversa, de la cercanía que proyecta y de la facilidad con la que puede pasar de una reflexión profunda a una sonrisa espontánea. Incluso esa disposición tan poco frecuente entre líderes de su nivel para cantar algunas notas, bromear o mostrarse imperfectamente humano termina jugando a su favor. Nadie afirmaría que Barack Obama es un gran cantante y, sin embargo, cuando canturrea, cuando improvisa, cuando sonríe o cuando comparte una emoción conecta con millones de personas precisamente porque no intenta parecer una institución: intenta seguir siendo una persona. Obama logró algo extraordinariamente escaso: convertirse en un político humano y en un ser humano que hizo sensible la acción política.
Quizá por eso resultaron tan significativas las participaciones artísticas que acompañaron el acontecimiento. No fueron simples números musicales colocados para amenizar una ceremonia. Fueron expresiones de reconocimiento, afecto y validación hacia una trayectoria humana y política que ha logrado trascender el paso del tiempo. Stevie Wonder conmovió con la fuerza moral y emocional que lo ha convertido durante décadas en una de las voces más respetadas de la cultura estadounidense. Christina Aguilera aportó sensibilidad, potencia interpretativa y emotividad a una celebración que por momentos pareció más un homenaje humano que una ceremonia política. John Legend volvió a mostrar por qué es considerado una de las voces artísticas más comprometidas con las causas de justicia social y participación ciudadana. Pero quizá ninguna presencia resultó tan simbólica como la de Bruce Springsteen.
Springsteen no acudió simplemente como músico. Desde hace décadas se ha convertido en una referencia sociocultural de enorme peso moral en la defensa de las libertades, los derechos humanos, la dignidad de las personas, los trabajadores y la cohesión de la sociedad estadounidense. Su presencia representó mucho más que un respaldo artístico. Representó el acompañamiento de una de las voces más respetadas de la cultura democrática contemporánea. Algo parecido puede decirse de Oprah Winfrey, cuya influencia rebasa por mucho el ámbito mediático, y de George Lucas, creador de universos narrativos que han marcado generaciones enteras. Cada uno representa espacios distintos de influencia social, cultural y humana. Ninguno necesitaba a Obama para conservar relevancia. Ninguno dependía de Obama para existir. Ninguno obtenía un cargo por estar allí. Y sin embargo decidieron acudir. No para homenajear una oficina. No para rendir tributo a una estructura institucional. Acudieron para reconocer una influencia, una trayectoria y un legado humano y político que consideran valioso.
Y quizá el momento más revelador fue observar al propio Barack Obama. No sólo al expresidente. No sólo al líder político. Sino al ser humano. Sonriendo. Emocionado hasta las lágrimas. Precisamente allí radica parte de su fuerza: en esa disposición a mostrarse cercano, imperfecto, espontáneo y auténtico; en esa capacidad para provocar emociones sin necesidad de imponer solemnidad; en esa rara combinación de liderazgo, sensibilidad y humanidad que ha permitido que millones de personas sigan sintiendo cercanía con él muchos años después de abandonar la Casa Blanca. Obama logró algo extraordinariamente escaso: convertirse en un político humano y en un ser humano que hizo sensible la acción política.
Michelle Obama representa otra forma de liderazgo, complementaria pero distinta. Si Barack suele conectar desde la cercanía emocional, Michelle suele hacerlo desde la determinación. Si Barack transmite calidez, Michelle proyecta carácter. Si él inspira afecto, ella inspira respeto. No necesariamente resulta tan simpática en términos convencionales, pero probablemente sea igual o más contundente. Hay en ella una combinación poco frecuente de disciplina, inteligencia, autenticidad, firmeza y reciedumbre moral que explica buena parte de la admiración que despierta. Su liderazgo es diferente, pero no menor; menos emocional, más estructurado; menos conciliador en las formas, más firme en el fondo. Por eso la pregunta sobre una eventual candidatura presidencial se niega a desaparecer. Año tras año regresa, elección tras elección reaparece y vuelve a surgir ahora con más fuerza después de esta demostración pública de legitimidad social.
Durante años ha rechazado las especulaciones presidenciales. Ha reiterado que no quiere competir. Ha insistido en que no busca la Casa Blanca. Y está en su derecho. Pero la magnitud del reconocimiento exhibido en el Centro Obama vuelve a plantear una pregunta que millones de personas parecen seguir formulando: ¿puede alguien con semejante nivel de influencia simplemente mantenerse al margen? Más aún: ¿puede una sociedad observar semejante liderazgo y resignarse a no aprovecharlo? No se trata necesariamente de que Michelle Obama deba ser candidata presidencial ni de que deba convertirse obligatoriamente en aspirante a la vicepresidencia. La cuestión es más profunda. Se trata de la responsabilidad que acompaña a una influencia extraordinaria.
Porque la historia está llena de personas que buscaron desesperadamente el poder. Mucho más escasos son los casos de personas a quienes el poder parece perseguir. Michelle Obama pertenece claramente a esa categoría. Pero incluso si la respuesta definitiva continúa siendo no, surge una segunda pregunta: ¿quién entonces? Porque el enorme capital sociopolítico acumulado por Barack y Michelle Obama no puede limitarse a contemplarse a sí mismo. No después de una demostración tan contundente de legitimidad social. No después de una concentración tan amplia de reconocimiento. No después de reunir expresidentes, empresarios, artistas, académicos, activistas, líderes comunitarios y referentes internacionales alrededor de una misma visión. No después de demostrar que siguen siendo capaces de convocar sectores que hace tiempo dejaron de encontrarse en una misma sala.
Y allí aparece otra interrogante interesante. ¿Dónde estaban algunos de los nombres que habitualmente aparecen como herederos potenciales del liderazgo demócrata? ¿Dónde estaba Gavin Newsom? ¿Dónde estaban otros gobernadores, senadores y figuras emergentes que suelen ser mencionados como futuros aspirantes presidenciales? No porque necesariamente debieran ser protagonistas del evento, sino porque su menor visibilidad terminó reforzando una conclusión evidente: el acontecimiento no giró alrededor del Partido Demócrata. Giró alrededor de los Obama. Y eso tiene implicaciones enormes. Porque una cosa es tener liderazgo partidista y otra muy distinta poseer legitimidad transversal.
Lo que se vio en Chicago fue precisamente eso: una legitimidad transversal, plural, incluyente, multisectorial y pluriforme, capaz de convocar sensibilidades distintas, capaz de reunir actores que normalmente no coinciden y capaz incluso de trascender fronteras ideológicas. Y ésa es una forma de poder extraordinariamente rara. Porque no depende del cargo, no depende del presupuesto ni depende de las facultades legales. Depende de algo mucho más difícil de construir: la confianza.
Por eso la diferencia con Donald Trump resulta inevitable. Mientras Obama aparecía sonriendo de oreja a oreja rodeado por una extraordinaria diversidad de liderazgos sociales, políticos, económicos y culturales, Trump llegaba al G7 con visibles gestos de irritación e incomodidad. Mientras uno recibía reconocimiento espontáneo, el otro parecía exigir reconocimiento institucional. Mientras uno aparecía validado por la gente, el otro insistía en recordar que ocupa el cargo más poderoso del planeta. Mientras uno convocaba libremente, el otro parecía esperar deferencia automática. Y allí aparece una de las verdades más antiguas de la política: los cargos otorgan autoridad, pero la gente otorga poder. Los cargos pueden convertirte en presidente; sólo las personas pueden convertirte en líder. El poder no se sostiene por los edificios oficiales, ni por los presupuestos, ni por los decretos, ni por las escoltas. El poder se sostiene porque existen personas dispuestas a reconocerlo, legitimarlo y seguirlo. Sin esa relación, el cargo conserva facultades legales, pero pierde profundidad, pierde influencia, pierde legitimidad y pierde capacidad de convocatoria.
Por eso resulta tan significativo observar la diferencia entre quien necesita recordar constantemente que es el jefe y quien ya no necesita decir nada porque otros siguen reconociéndolo como referente. Bruce Springsteen no sale cada mañana a explicar por qué le llaman “The Boss”. La gente lo llama así. No porque él lo reclame, sino porque otros se lo conceden. Y algo parecido parece ocurrir con Obama. La autoridad proclamada y la autoridad reconocida son cosas distintas. La primera depende del cargo. La segunda depende de la gente. La primera puede desaparecer con una elección. La segunda puede sobrevivir generaciones.
Y por eso quizá la pregunta central que deja la inauguración del Centro Obama ya no es qué representa el edificio. La pregunta es qué harán Barack y Michelle Obama con el inmenso capital político, social, cultural y humano cuya existencia acaba de quedar públicamente ratificada. Porque algunas personas terminan una presidencia. Otras comienzan su legado cuando la presidencia termina. Y hay momentos en los que la influencia deja de pertenecer exclusivamente a quienes la poseen para convertirse, de alguna manera, en patrimonio de quienes siguen creyendo en ellos.
Tal vez eso sea exactamente lo que estamos presenciando. Y si así fuera, la pregunta ya no sería si Barack y Michelle Obama desean ejercer nuevamente influencia. La pregunta sería si la historia terminará exigiéndoles hacerlo. Porque cuando una sociedad sigue reconociendo liderazgo, cuando sigue otorgando legitimidad y cuando sigue depositando confianza en determinadas figuras públicas, la influencia deja de ser únicamente un privilegio. Comienza también a convertirse en una responsabilidad, ya que pudiera cuestionarse legítimamente si tienen derecho a no actuar a favor de la reconstrucción de una democracia que vuelva a consolidar la armonía y el empuje socioeconómico de una nación que, por una conducción desastrosa desde la Presidencia, parece avanzar hacia el precipicio.
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