La columna que publiqué ayer sobre Salvador Allende inevitablemente llevaba también a Víctor Jara, a esa generación latinoamericana marcada por ideales, contradicciones, confrontaciones y tragedias que hoy resultan imposibles de entender sin recordar el clima político de la Guerra Fría. Allende representó un intento singular de transformación socialista por la vía electoral e institucional; Víctor Jara simbolizó desde la cultura y la música una época de enorme movilización social y terminó convertido, después del golpe de 1973 y de su asesinato, en una de sus figuras más dolorosamente universales.
Pero Chile no se quedó detenido en 1973. Y medio siglo después, otro apellido Jara permite formular una pregunta completamente distinta.
Jeannette Jara no tiene vínculo familiar con Víctor Jara. Tiene, sin embargo, una biografía política que resulta particularmente interesante para observar hacia dónde podría dirigirse una parte de la izquierda latinoamericana. Militante del Partido Comunista de Chile, exministra del Trabajo de Gabriel Boric y candidata presidencial de una amplia coalición de izquierda y centroizquierda, llegó en diciembre de 2025 a disputar la segunda vuelta frente a José Antonio Kast. Perdió con 41.8 por ciento de los votos contra 58.1 por ciento de su adversario, pero reunir más de cuatro de cada diez sufragios detrás de una candidata comunista también dice algo acerca de las transformaciones políticas de Chile (Reuters).
Jara no dejó de ser comunista para competir. Lo que hizo fue algo políticamente más relevante: intentar ampliar su candidatura mucho más allá de los límites tradicionales de su propio partido. Durante la campaña reivindicó reformas que había impulsado como ministra, entre ellas la reducción de la jornada laboral y cambios al sistema de pensiones, y buscó construir una plataforma capaz de dialogar con sectores que difícilmente habrían acompañado una propuesta comunista ortodoxa (Investing.com).
La elección la perdió. Pero la pregunta que deja abierta es bastante más importante que su derrota.
¿Qué izquierda tiene posibilidades de construir mayorías democráticas en la América Latina de hoy?
La respuesta probablemente no está en reproducir los modelos revolucionarios del siglo XX, ni mucho menos en justificar regímenes que, amparándose en un discurso de izquierda, terminaron restringiendo libertades, anulando contrapesos institucionales o cerrando espacios efectivos a la oposición.
Cuba, Nicaragua y, durante largos años, Venezuela representan experiencias muy diferentes entre sí, pero comparten niveles importantes de concentración del poder y restricciones a la competencia democrática. Diversos estudios e instituciones internacionales las ubican dentro de los regímenes autoritarios de la región (CSIS).
Eso plantea una distinción que me parece más útil que la vieja división entre izquierda y derecha: la que existe entre las fuerzas políticas que aceptan plenamente la democracia, la alternancia, las libertades y los contrapesos, y aquellas que solamente consideran legítima la democracia mientras les permite conservar el poder.
Gabriel Boric entendió muy pronto esa diferencia. Siendo inequívocamente un gobernante de izquierda, criticó públicamente las violaciones a los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua y sostuvo que esas materias no pueden relativizarse dependiendo de la afinidad ideológica del gobierno responsable (El País).
Ese quizá sea uno de los caminos que tendrá que recorrer cualquier izquierda latinoamericana que aspire nuevamente a construir grandes mayorías.
No basta hoy con ofrecer redistribución. Tampoco basta con reivindicar las grandes luchas sociales del pasado. Las sociedades latinoamericanas demandan simultáneamente crecimiento económico, seguridad, empleos de calidad, servicios públicos eficaces, libertades individuales y gobiernos que funcionen.
Y allí aparece uno de los problemas que han enfrentado los progresismos de la región. La llamada segunda ola de gobiernos de izquierda encontró sociedades mucho más impacientes, economías con menor margen fiscal, elevados niveles de inseguridad y ciudadanos menos dispuestos a esperar años para percibir resultados. El desgaste de varios de esos gobiernos y el avance reciente de fuerzas de derecha no pueden explicarse únicamente mediante cambios ideológicos; también intervienen la economía, la seguridad, el desempeño gubernamental y la dificultad para construir mayorías estables (El País).
Chile vuelve a ser un buen laboratorio.
José Antonio Kast ganó claramente la elección de 2025 prometiendo mayor seguridad, control migratorio y un cambio profundo respecto al gobierno de Boric. Sin embargo, apenas seis meses después, su administración enfrenta desempleo de 9.5%, inflación superior a la esperada y una previsión de crecimiento para 2026 inferior al uno por ciento. El propio presidente ha reconocido que la situación económica ha sido más complicada de lo previsto (El País).
La política tiene esas ironías. Ganar una elección no resuelve los problemas que llevaron a ganarla.
Y tampoco perder una elección significa desaparecer.
Jeannette Jara sigue participando en la política chilena. Este mismo septiembre fue convocada, junto con otros exministros del Trabajo, para integrar una mesa técnica de partidos opositores que incluye comunistas, socialistas, Frente Amplio, liberales y demócratacristianos, con la intención de elaborar propuestas frente a la agenda laboral del gobierno de Kast (BioBioChile).
Ese dato quizá sea más significativo de lo que parece.
Una dirigente comunista sentada en una misma mesa política con fuerzas socialdemócratas, liberales y democratacristianas habría resultado difícil de imaginar en muchos momentos de la historia chilena. Pero esa es precisamente la lógica de una democracia madura: competir, perder, reorganizarse, negociar, construir coaliciones y volver a competir.
Ahí puede estar también una parte del futuro de la izquierda latinoamericana.
No necesariamente en abandonar sus principios sociales, sino en abandonar cualquier indulgencia frente al autoritarismo. No en renunciar a combatir la desigualdad, sino en comprender que la inversión, el crecimiento y la generación de empleos también son políticas sociales. No en dejar de defender derechos, sino en admitir que la seguridad pública también es un derecho. No en imaginar nuevamente revoluciones, sino en construir mayorías.
Salvador Allende perteneció a otro tiempo. Intentó llevar adelante una transformación socialista por la vía institucional en medio de una Guerra Fría brutalmente polarizada. Víctor Jara expresó culturalmente aquella esperanza y terminó siendo víctima de una barbarie que nunca puede justificarse.
Jeannette Jara pertenece a otro Chile y a otra América Latina.
Su apellido permite el puente, pero no debe llevarnos a confundir las épocas.
Más de medio siglo después, la cuestión ya no consiste en saber si la izquierda puede llegar democráticamente al poder. Eso quedó demostrado muchas veces en la región.
La verdadera pregunta es otra: qué izquierda puede gobernar democráticamente, producir resultados, respetar plenamente las libertades, aceptar la alternancia y convencer a una sociedad que ya no vive de grandes consignas, sino que quiere seguridad, trabajo, bienestar y futuro.
Quizá ahí esté la discusión que realmente importa.
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