Las guerras modernas ya no se sienten únicamente donde caen los misiles.
Se sienten en los mercados, en los precios de la energía, en la incertidumbre de los inversionistas y en las decisiones políticas que se toman a miles de kilómetros del campo de batalla.
Por eso, aunque México no esté involucrado militarmente en la creciente confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, sería un error pensar que estamos fuera del radio de impacto.
No lo estamos. México no participa en la guerra. Pero puede terminar pagando parte de la factura.
Y es ahí donde vuelve a aparecer una de las frases más citadas —y quizá más certeras— de la historia política mexicana.
“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.
Más de un siglo después, la frase atribuida a Porfirio Díaz sigue describiendo con inquietante precisión la realidad geopolítica del país.
Cuando Washington toma decisiones estratégicas de gran calado, México inevitablemente siente sus efectos.
Y hoy Washington se está sacudiendo.
La escalada militar en Medio Oriente, con la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, ha abierto un escenario de enorme incertidumbre global.
El ataque contra la cúpula visible del aparato militar iraní ha generado titulares espectaculares. Pero conviene no caer en la simplificación.
La eliminación de líderes o mandos estratégicos no significa automáticamente el colapso de un régimen.
Irán no es una estructura improvisada. Es un sistema político-religioso profundamente organizado, con redes militares, ideológicas y regionales que van mucho más allá de sus figuras visibles.
La desaparición de algunos de sus jefes no desmantela de un día para otro la arquitectura del poder chiita que gobierna el país desde la revolución de 1979.
Por el contrario, puede provocar lo opuesto: una reacción feroz.
En la narrativa del régimen, la confrontación puede presentarse como una defensa existencial frente a enemigos externos.
Y cuando ese discurso se activa, la respuesta puede adquirir tintes de guerra santa, de yihad política y militar que trascienda el campo de batalla convencional.
El otro frente es económico.
Si la tensión escala y se afecta el tránsito marítimo en el estrecho de Estrecho de Ormuz —por donde circula una parte crítica del petróleo mundial— el impacto global sería inmediato.
Los mercados energéticos reaccionarían de forma brutal.
Los precios del petróleo se dispararían.
La inflación volvería a presionar a muchas economías.
Y México no sería una excepción.
Aunque el país exporta petróleo, también depende de importaciones de combustibles refinados y está profundamente integrado al sistema económico norteamericano.
Cualquier sacudida fuerte en la economía estadounidense termina reflejándose en México.
Inversiones que se frenan.
Mercados que se contraen.
Volatilidad financiera.
Todo eso cruza la frontera con rapidez.
La pregunta inevitable es otra.
¿Todo esto fue calculado con precisión estratégica por Donald Trump?
¿O estamos ante una decisión precipitada tomada en medio de un ambiente político interno cargado de ruido, presión y escándalos?
La historia demuestra que, cuando la política interna se vuelve explosiva, algunos gobiernos recurren al frente externo para intentar reordenar el tablero.
Pero jugar con fuego geopolítico rara vez es un movimiento controlable.
Hoy el mundo entra en una fase donde las consecuencias reales aún son imposibles de medir.
Irán sigue intacto en su estructura estatal.
La región permanece extremadamente volátil.
Los mercados observan con nerviosismo.
Y México, una vez más, observa desde la proximidad incómoda de su geografía política.
Porque cuando Washington se sacude, México tiembla.
Salvador Cosío en X: @salvadorcosio1
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