Esta semana, la carretera México–Querétaro se convirtió, una vez más, en noticia nacional. Una pipa que transportaba gas explotó a la altura del kilómetro 80. Fuego, caos, incertidumbre. Familias detenidas sin saber qué estaba pasando. Automovilistas observando una escena que nadie espera encontrar en su trayecto cotidiano.

Afortunadamente, no hubo víctimas que lamentar. Pero que no haya muertos no significa que todo esté bien. Significa, más bien, que tuvimos suerte. Y gobernar o legislar no puede depender nunca de la suerte.

Para quienes vivimos en Querétaro, esta carretera no es solo una vía de comunicación. Es parte de nuestra rutina diaria. Por ahí pasan quienes trabajan, quienes estudian, quienes vuelven a casa cansados después de un día largo. Es una arteria vital del estado y del país. Por eso, cuando algo así ocurre, no es un incidente aislado: es una señal de alerta.

Como diputado federal, no puedo ni quiero mantenerme al margen. Mi responsabilidad no termina en el Congreso ni empieza cuando el tema se vuelve tendencia. Empieza cuando entendemos que detrás de cada accidente hay vidas en riesgo y decisiones que pudieron tomarse antes.

La explosión de esta pipa nos obliga a hablar con seriedad de seguridad vial, de movilidad responsable y, sobre todo, de prevención. Nos obliga a revisar cómo se supervisa el transporte de materiales peligrosos, cómo se coordinan las autoridades y qué protocolos existen, o faltan para evitar tragedias.

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Protección Civil municipal, estatal y autoridades federales tienen un papel clave, pero ese papel debe ejercerse con coordinación real, con información compartida y con una lógica clara: anticiparse, no solo reaccionar. Llegar a tiempo no siempre es suficiente cuando el daño ya está hecho.

La política también es esto, hacerse cargo de los riesgos que otros prefieren ignorar. Tener la voluntad de poner temas incómodos sobre la mesa y convertirlos en soluciones concretas. Defender la idea de que la movilidad segura no es un lujo, es un derecho.

Querétaro ha crecido, y seguirá creciendo. Pero ese crecimiento debe ir acompañado de infraestructura segura, de controles estrictos y de autoridades que entiendan que cada omisión puede costar una vida.

Mi compromiso es claro: impulsar desde el ámbito federal las acciones necesarias para que nuestras carreteras sean espacios de tránsito, no de peligro. Para que volver a casa sea una certeza, no una apuesta.

Porque cuidar las carreteras es cuidar a la gente. Y en eso, no podemos permitirnos fallar.

Agradezco a Federico Arreola, por este espacio semanal, para hablar de lo que importa cuando la urgencia no puede esperar.