Este sábado, se conmemoraron los 250 años de la Independencia de Estados Unidos de América. Como mexicano, me uno con respeto y amistad a esta celebración.

Cuando se piensa en esa gran nación, hay quienes solo ven una frontera, un vecino o un socio. Yo soy de los que vemos primero a las personas. Antes que el comercio y la geografía, compartimos pueblo. Compartimos millones de familias. Compartimos hijas, hijos, nietos y bisnietos con dos nacionalidades.

Hoy viven en los Estados Unidos alrededor de 26 millones de mexicoestadounidenses, mujeres y hombres nacidos en ese país, con derecho a la doble nacionalidad. Pertenecen a dos naciones, honran dos banderas y enriquecen con su trabajo, su talento, su cultura y sus valores tanto a Estados Unidos como a México.

A ellos se suman cerca de ocho millones de mexicanas y mexicanos que hoy viven en EU, contribuyendo todos los días a su grandeza con su trabajo, el pago de impuestos, su cultura y sus valores.

De este lado de la frontera, más de un millón y medio de estadounidenses han hecho de México su hogar. Trabajan, emprenden, forman familias, viven su jubilación y encuentran también un lugar al que llaman casa. Mucho le aportan también al país.

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La gran comunidad mexicoestadounidense no vive de la confrontación. Vive de la prosperidad compartida. Sabe que el bienestar de una nación fortalece a la otra.

Somos dos naciones soberanas, pero también una comunidad humana profundamente entrelazada.

Al celebrar los 250 años de la Independencia de Estados Unidos, vale la pena reconocer sus aportaciones al mundo. Su Constitución marcó un parteaguas para el constitucionalismo moderno; sus instituciones democráticas, sus universidades, su liderazgo científico, la exploración espacial, la innovación tecnológica, sus artes, sus deportes, el desarrollo de las libertades civiles y la fortaleza de su sociedad civil han contribuido de manera decisiva al progreso de la humanidad.

Nuestra historia común tampoco ha estado exenta de episodios dolorosos. Hubo guerras, intervenciones y desencuentros que dejaron heridas profundas. Recordarlas es un deber histórico.

Pero también lo es reconocer que las grandes naciones no quedan prisioneras de su pasado cuando son capaces de construir un futuro mejor. Ese futuro también está lleno de ejemplos de cooperación.

Benito Juárez encontró en Abraham Lincoln a un aliado decisivo durante la intervención francesa. Margarita Maza de Juárez, desde Nueva York, fortaleció los vínculos entre ambas sociedades, convirtiéndose, sin nombramiento oficial, en una extraordinaria embajadora de México ante el pueblo estadounidense.

En 1942, el presidente Franklin D. Roosevelt impulsó el Programa Bracero, gracias al cual millones de trabajadores mexicanos contribuyeron al desarrollo de Estados Unidos.

En 1986, el presidente Ronald Reagan regularizó la situación migratoria de cerca de tres millones de personas, la inmensa mayoría de origen mexicano, transformando la vida de millones de familias.

Hoy compartimos la mayor relación comercial del mundo, millones de empleos, una intensa integración económica y responsabilidades comunes como el combate al tráfico ilícito de personas, armas y drogas, así como el reto de una migración ordenada, legal y con sentido humanista.

Existen voces, en ambos países, que encuentran beneficios en el conflicto. No representan a la mayoría. La inmensa mayoría de nuestras familias sabe que la cooperación produce más prosperidad que la confrontación.

Por ello es justo reconocer la forma en que la presidenta Claudia Sheinbaum ha conducido la relación con Estados Unidos mediante el diálogo, el respeto y la defensa de la soberanía nacional.

Asimismo, merece reconocerse la disposición del embajador de los Estados Unidos en México, Ron Johnson, para fortalecer una relación basada en la comunicación y el entendimiento.

Basta observar nuestras ciudades fronterizas, las empresas binacionales o simplemente cualquier vuelo entre ambos países para comprender una realidad evidente: millones de vidas transcurren entre México y Estados Unidos con absoluta naturalidad.

La historia nos hizo vecinos. La economía nos hizo socios. Pero el pueblo nos hizo familia. Porque compartimos pueblo. Y cuando dos naciones comparten pueblo, ya no pueden pensar su futuro por separado.

Esa ha sido la gran historia de estos primeros 250 años. Estoy convencido de que también será de los próximos 250 años.

¡Felicidades al pueblo de Estados Unidos de América!