Hoy se conmemora el 32 aniversario luctuoso de Luis Donaldo Colosio, asesinado cobardemente tras atreverse a pensar fuera de la caja: pensar en la democracia, en la pluralidad, en el respeto a la diversidad. Cuando asumió la presidencia del PRI mostró con claridad su vocación democrática. Entonces afirmó:

“El PRI enfrentará sin temor los retos de la competencia y de la pluralidad. Como partido mayoritario asumimos nuestra responsabilidad en la transformación de México. Daremos sentido a la lucha por el poder y fortaleceremos la democracia electoral. Nuestro partido se pondrá a la vanguardia de la práctica política que reclaman los tiempos actuales”.

Sus principios no cambiaron. Ya como candidato presidencial, en el histórico discurso del 6 de marzo de 1994, delineó con nitidez los cambios que impulsaría al llegar al poder:

“Sabemos que el origen de muchos de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder. Concentración que da lugar a decisiones equivocadas; al monopolio de iniciativas; a los abusos, a los excesos. Reformar el poder significa un presidencialismo sujeto estrictamente a los límites constitucionales de su origen republicano y democrático”.

Colosio cuestionaba las atribuciones del PRI como partido hegemónico y buscaba una auténtica reforma del poder:

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“Reformar el poder significa fortalecer y respetar las atribuciones del Congreso federal. Reformar el poder significa hacer del sistema de impartición de justicia una instancia independiente, de la máxima respetabilidad y certidumbre entre las instituciones de la República”.

Lamentablemente, aquello que Colosio quiso corregir hoy se revierte con las propuestas y el control centralizado impulsado por el gobierno actual, con la complacencia de advenedizos en la oposición —como los dirigentes del PAN, Jorge Romero, Álvarez Maybez de MC, y del PRI, Alejandro Moreno— quienes, lejos de defender la democracia, la legalidad y el respeto a la ciudadanía, se pliegan a las reglas regresivas que propone Morena. Participan en el teatro, juegan al engaño y permiten que una élite mantenga el control partidario en beneficio de un solo grupo.

Tras el asesinato de Colosio, Ernesto Zedillo retomó y materializó buena parte de la agenda democrática que el candidato presidencial había planteado.

Impulsó dos grandes reformas: la del poder judicial, que fortaleció su independencia y profesionalismo, y la reforma político-electoral que ciudadanizó al árbitro electoral mediante el IFE, abriendo paso a la alternancia y a los gobiernos divididos. Por ello fue acusado de “traidor” por personajes que hoy integran la élite de Morena: Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Monreal, José Murat —y ahora su hijo Alejandro—, Manuel Bartlett y otros que hoy regresan al poder con los privilegios de una élite autoritaria.

La política mexicana parece atrapada en un bucle donde la innovación es la gran ausente. Lejos de representar alternativas reales, los partidos han optado por la comodidad: alinearse, de facto, con el oficialismo para no alterar las reglas que les permiten sobrevivir. Lo preocupante no es solo la falta de propuestas distintas, sino la renuncia colectiva a imaginar otra forma de hacer política.

El llamado “Plan B”, con todas sus implicaciones para el sistema electoral, fue asumido sin resistencia significativa por las principales fuerzas políticas. Más aún: partidos que históricamente se presentaban como contrapesos han comenzado a replicar prácticas impulsadas por el partido en el poder. El ejemplo más evidente es la adopción de mecanismos de selección de candidaturas que privilegian la popularidad mediática o la cercanía con el liderazgo, por encima de la institucionalidad y la vida democrática interna.

Ni el PRI, MC ni el PAN han ofrecido una respuesta creativa o disruptiva frente al avance de Morena. En lugar de construir una alternativa que convoque a la ciudadanía desde nuevas ideas, han decidido copiar el modelo y someterse a las reglas impuestas. La búsqueda de “perfiles” mediante procesos opacos, la centralización de decisiones y el debilitamiento de los órganos internos son síntomas de una política que ha dejado de pensar fuera de la caja.

La competencia ya no es por quién propone un mejor país, sino por quién controla con mayor eficacia las estructuras del Estado.

Este mimetismo político tiene consecuencias profundas. Cuando todos los actores relevantes juegan bajo la misma lógica, la democracia se vacía de contenido. La pluralidad se vuelve simulación y la alternancia pierde sentido. Lo que debería ser un espacio de confrontación de ideas se reduce a una disputa por cuotas de poder dentro de un mismo esquema autoritario.

En este contexto, resulta llamativo que sean pocas las voces que se atrevan a cuestionar de raíz esta deriva. Entre ellas destaca el esfuerzo de movimientos como Somos México, que han puesto sobre la mesa la urgencia de recuperar principios democráticos básicos: transparencia, participación ciudadana efectiva y límites claros al poder.

Mientras los partidos sigan replicando modelos que privilegian el control sobre la representación, el país continuará atrapado en una dinámica que favorece el autoritarismo, aunque se disfrace de procesos electorales.

Porque esa es la tragedia: México no está dividido, está alineado. Oficialismo y oposición comparten la misma lógica, los mismos incentivos y, cada vez más, los mismos vicios. Simulan diferencias para justificar su existencia, pero en lo esencial marchan en fila. Colosio quiso romper ese pacto de silencio; hoy, quienes deberían honrarlo lo han convertido en manual de operación.

El país no carece de futuro: carece de opciones. Y mientras todos jueguen para el mismo lado, la democracia seguirá siendo un escenario sin actores dispuestos a cambiar la obra.