Vivimos un auténtico proceso de transformación, de eso no hay margen de duda. De igual manera, se percibe la enorme diferencia entre un proyecto y otro. En retrospectiva, sabemos, los gobiernos neoliberales siempre le apostaron a la privatización que imperó durante muchos años, básicamente en los gobiernos de Calderón y Peña Nieto, que si hubiese justicia social deberían ser acusados de traición a la patria por facilitar reformas constitucionales que ponían en bandeja de plata la entrega de recursos naturales a empresas transnacionales. Ellos, que fueron tan generosos y sumisos con otras naciones, jamás se preocuparon por aprovechar el potencial con el que contamos ni mucho menos de construir lugares propicios de educación. Ambos expresidentes, de hecho, criticaron la educación que se impartía en los ambientes de aprendizaje público. Felipe Calderón, por ejemplo, acusó de que muchas universidades fueron un semillero de grupos subversivos y, de paso, ambientes de adoctrinamiento de corrientes leninistas.

Fue, de plano, un pretexto más para abrir la brecha al sector privado. El Pacto por México, que puso contra las cuerdas la democracia en nuestro país, fue uno de los programas de reformas más punitivos, especialmente con los cambios al sector educativo. De hecho, duró meses la resistencia magisterial porque, además de la segregación a las plantillas institucionales, los ajustes constitucionales de aquel entonces acortaron y limitaban el acceso gratuito a miles de jóvenes que, a lo largo y ancho del país, truncaron sus esperanzas por la falta de oportunidades. De ese modo, una de las enormes diferencias que puso sobre la mesa el proyecto de transformación, desde luego, es el acceso sin distinciones a espacios de niveles superiores. Recordemos que, con anterioridad, una de las problemáticas que marcó fue la estricta estrategia de diseño de entrada. De eso no habló la prensa neoliberal; sin embargo, fue siempre una de las grandes preocupaciones desde la llegada de la 4T.

La Ciudad de México, en los tiempos que gobernó Claudia Sheinbaum, fue un ejemplo y un modelo que trascendió por el abanico de oportunidades, especialmente para el sector educativo. La presidenta, en aquel entonces, supo que el número de estudiantes rechazados por los estrictos controles creció a niveles exorbitantes. El enorme reto, siendo así, fue generar una alternativa que, sin distinción alguna, adentrará al mundo del conocimiento a hombres y mujeres a fin de cubrir sus necesidades o, de plano, sus metas que se han propuesto. Por eso nace la Universidad Rosario Castellanos. Fue, en efecto, una de las grandes obras de infraestructura para garantizar el derecho constitucional del artículo tercero. Eso, simplemente, significó, además de un gesto de justicia social, un trampolín para favorecer ambientes culturales y formativos que, a la postre, sean el hilo conductor para encontrar trabajos mejor remunerados, en especial por la calidad del contenido curricular y el compás amplio de carreras que se ofertan.

Todo eso, desde luego, sería parte del diseño presidencial en el momento en que llegó Sheinbaum a Palacio Nacional. Por supuesto que la Universidad Rosario Castellanos llegará a más rincones del país. Para el arranque, gracias a las gestiones de los gobernadores de Chiapas y Michoacán, se valoró y, en su defecto, se aterrizó el proyecto en ambas entidades. El sur fue pionero y, por fortuna, los resultados son muy positivos en términos de aprovechamiento. De hecho, los diseños curriculares son altamente competitivos a comparación de otras instituciones. La dicha que tienen Chiapas y Michoacán, que son gobernadas por la cuarta transformación de forma significativa, están poniendo muy en alto uno de los grandes compromisos de Sheinbaum como académica e investigadora.

Con un sistema así, en efecto, los estudiantes se adaptan a la perfección a los cambios vertiginosos, pero sobre todo a la calidad de la plantilla de docentes que, con actuaciones de primer nivel, también propagan el humanismo desde una formación integral. Eso, que a la par de la función de formar profesionistas, es una obra que hace justicia social ante el malestar acumulado que existió antes, cuando los gobiernos neoliberales frenaban la educación pública. Lo que antes era eso, hoy se revierte aumentando espacios de formación y cultura, que tiene relación con nuestra raíces, lo mismo que usos y costumbres. Por eso y por muchas razones obvias, tenemos mucha presidenta que logrará llevar más educación a través de la Universidad Rosario Castellanos. Qué dicha para quienes tienen una oportunidad como esa, pues ello, que alimenta el espíritu de salir adelante, muestra lo eficientes que son los gobiernos emanados del movimiento de la 4T. Hablamos de un modelo integrador, laico, integral e incluyente.