Hace 26 años murió Carlos Castillo Peraza. Recordarlo solamente como intelectual, periodista, filósofo, dirigente nacional o candidato sería insuficiente. Para comprender verdaderamente su dimensión política hay que regresar a su relación con el Partido Acción Nacional. Porque Castillo no solamente militó en el PAN hizo que el PAN piense.

Lo discutió, lo defendió, lo transformó, ayudó a prepararlo para gobernar y, finalmente, cuando consideró que necesitaba recuperar su libertad intelectual y personal, se separó del partido al que había dedicado prácticamente toda su vida.

Ahí está la fascinante contradicción de Carlos Castillo Peraza. Fue uno de los hombres que ayudaron a convertir al PAN en alternativa real de poder. Y terminó fuera del PAN apenas dos años antes de que ese partido conquistara la Presidencia de México.

Castillo tenía una manera extraordinaria de explicar su militancia. No era, decía, “hijo de panistas”. Tampoco un “panista de invernadero”. Se definía como un “panista silvestre”. Panista del engrudo. De la barda. Del volante. La expresión encierra toda una concepción de la política.

La política no era de herencia era un formador de instituciones, en palabras de Correa es ella parábola de los. Gómez Morín constructor de instituciones, mas como alumno se entendía como formador de instituciones, su primer cargo fue el instituto de formación

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El PAN que conoció Castillo no era el partido de gobernadores, secretarios de Estado, contratos, presupuestos, nóminas gubernamentales y miles de cargos públicos. Era un PAN que pegaba propaganda. Que pintaba bardas. Que organizaba representantes de casilla. Que denunciaba elecciones inequitativas. Y que, sobre todo, perdía. Perdía mucho. Eso es fundamental para entender a aquella generación. Porque militar en Acción Nacional cuando no existía prácticamente ninguna probabilidad de obtener un cargo público exigía una motivación distinta a la que posteriormente tendría un partido convertido en gobierno. Había que militar por convicción a pesar de las adversidades y no por conveniencia en busca de los privilegios.

El PAN como causa y no como agencia de colocaciones, este es probablemente uno de los contrastes más interesantes con la política actual. Castillo concebía al partido como una comunidad política construida alrededor de principios. No como una agencia para conseguir candidaturas. El PAN tenía que ganar elecciones, por supuesto. Pero ganar no era suficiente. Había una pregunta previa: ¿para qué queremos ganar?

Castillo entendió antes que muchos otros que Acción Nacional tenía que dejar de conformarse con la superioridad moral de quien denuncia desde la oposición. Una oposición permanente puede sentirse muy cómoda. Critica. Señala. Denuncia. Pero nunca tiene que demostrar que sabe gobernar. Castillo quería otra cosa, quería preparar al PAN para sustituir al régimen que combatía.

Eso implicaba pasar de la protesta a la propuesta. De la doctrina a las políticas públicas. Del volante al gobierno.

Pero había un peligro. Castillo sabía que ganar también podía transformar negativamente al PAN. Porque mientras un partido pierde, quienes permanecen en él generalmente lo hacen por convicción. Cuando comienza a ganar aparecen otros incentivos. Llegan las candidaturas. Los cargos. Los presupuestos. Las posiciones. Los intereses. Y también quienes descubren repentinamente que siempre habían compartido los principios del partido vencedor.

Ese tránsito fue uno de los grandes dilemas del PAN de los años ochenta y noventa. Acción Nacional comenzó a ganar municipios. Después gubernaturas. Aumentó su presencia en el Congreso. Y empezó a gobernar. El viejo partido testimonial comenzaba a convertirse en partido de poder. Castillo participó decisivamente en esa transformación. Pero también entendió los riesgos que implicaba. Porque una cosa era conquistar el poder. Y otra muy diferente era impedir que el poder terminara conquistando al partido.

Castillo tampoco pertenecía a la corriente que concebía al PAN como una especie de reserva moral destinada únicamente a denunciar al régimen. Era profundamente doctrinario, pero también profundamente político. Y eso explica su posición frente al gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

Después de la traumática elección de 1988, Acción Nacional tuvo que decidir qué relación mantendría con un gobierno cuya legitimidad de origen era fuertemente cuestionada. Una parte de la oposición consideraba que cualquier negociación con Salinas equivalía a legitimarlo.

Castillo pensaba diferente. Había que combatir al gobierno donde correspondiera.

Pero también negociar las reformas que permitieran avanzar democráticamente. Aquello generó acusaciones. Se habló de concertacesiones. De acuerdos con el régimen. De una relación demasiado cercana entre el PAN y Salinas. Pero detrás de aquella política existía una concepción mucho más profunda: dialogar con el adversario no significa convertirse en su aliado.

La democracia exige reconocer al otro. Incluso cuando uno considera que está equivocado.

El adversario no es el enemigo. Esta fue probablemente una de las mayores diferencias entre la concepción política de Castillo y buena parte de la política mexicana contemporánea. Para él existían adversarios. No enemigos. El adversario debía ser derrotado electoralmente. Debatido. Cuestionado. Vigilado. Pero no eliminado. Porque si solamente existe democracia cuando gobiernan los míos, entonces no creo realmente en la democracia. Creo en mi partido. Y son cosas diferentes.

Castillo comprendía que la pluralidad no era una concesión que la mayoría otorgaba generosamente a las minorías. Era una condición esencial del sistema democrático. Hoy esa idea parece extraordinariamente vigente. México ha vuelto a dividir buena parte de su conversación política entre buenos y malos. Patriotas y traidores. Conservadores y transformadores. Pueblo y enemigos del pueblo. Y desde la oposición tampoco escasean las descalificaciones absolutas.

Hoy Castillo probablemente habría resultado incómodo para ambos lados. Porque pensar siempre incomoda a quienes prefieren las certezas.

Otra de sus obsesiones fue la formación. Castillo creía que un partido político tenía la obligación de formar a sus militantes. No solamente enseñarles cómo ganar una elección. Formarlos políticamente. Historia. Economía. Filosofía. Derecho. Doctrina. Instituciones. Democracia. El político debía saber qué pensaba antes de descubrir qué decía la encuesta. Por eso dedicó tantos esfuerzos a la capacitación de cuadros y a la construcción intelectual del PAN. Entendía que algún día Acción Nacional gobernaría México. Y cuando ese momento llegara necesitaría algo más que buenos candidatos. Necesitaría buenos gobernantes. Ese concepto parece haberse debilitado no solamente en el PAN, sino en prácticamente todos los partidos mexicanos.

Hoy existe mucha capacitación electoral. Mucha comunicación política. Mucho manejo de redes. Mucho posicionamiento. Pero cada vez menos doctrina. Y un partido sin doctrina termina convertido inevitablemente en una maquinaria electoral.

Cuando Castillo llegó a la presidencia nacional del PAN en 1993 encontró un partido completamente diferente al que había conocido de joven. Ya existían gubernaturas panistas, Baja California y Chihuahua. Había alcaldes. Diputados. Senadores. Estructuras. El PAN estaba dejando de preguntarse si algún día podría gobernar México. La pregunta comenzaba a ser cuándo. Y Castillo tuvo que administrar precisamente esa transición. Era necesario conservar los principios del viejo PAN sin condenarlo a permanecer eternamente en la oposición. Había que profesionalizarlo sin burocratizarlo. Crecer sin perder identidad. Ganar sin convertirse en aquello que durante décadas había criticado. Esa probablemente fue una de sus batallas más difíciles.

Después apareció Vicente Fox. Y con él apareció otra forma de entender Acción Nacional. Fox representaba y representa algo muy diferente a Castillo. Era extraordinariamente eficaz electoralmente. Tenía carisma. Entendía los medios. Conectaba con sectores a los que el PAN tradicional difícilmente había llegado. Y tenía una obsesión: ganar la Presidencia.

Castillo provenía de otra tradición. Para él el partido era doctrina, historia, formación, instituciones y militancia. Fox representaba el liderazgo personal capaz de desbordar al propio partido.

Ahí estaba una discusión que posteriormente marcaría profundamente al PAN: ¿el candidato pertenece al partido o el partido termina perteneciendo al candidato? Fox demostró que podía llevar a Acción Nacional a sectores donde nunca había penetrado. Pero también comenzó a modificar la naturaleza del partido. El PAN estaba cada vez más cerca del poder. Y paradójicamente, Castillo comenzaba a alejarse.

En 1998 ocurrió lo que pocos habrían imaginado. Carlos Castillo Peraza renunció al Partido Acción Nacional. Había dedicado aproximadamente tres décadas de su vida al partido. Había pegado propaganda. Había pintado bardas. Había sido candidato. Diputado. Formador. Ideólogo. Dirigente. Presidente nacional. Y se fue. No salió para incorporarse a otro partido. No buscó una candidatura adversaria. No convirtió su ruptura en una operación para destruir a quienes permanecían dentro. Simplemente consideró terminada una etapa. En su carta y en las explicaciones posteriores apareció una idea profundamente castillista: la libertad.

Necesitaba recuperar su independencia. Volver al periodismo. A la reflexión. A los libros. A pensar sin que cada palabra fuera interpretada necesariamente como la posición de un dirigente partidista. Y aquí aparece una diferencia que hoy resulta enorme. Castillo pudo abandonar al PAN sin renegar de lo que había construido dentro del PAN. Porque entendía que una institución es más grande que cualquiera de sus militantes. Incluso que él mismo.

¿Rompió Castillo con el PAN o con el PAN que estaba naciendo? Esta es la pregunta verdaderamente interesante. Formalmente renunció al partido. Pero intelectualmente quizá estaba ocurriendo algo más profundo. El PAN estaba cambiando. De partido de oposición estaba convirtiéndose en partido de poder. Y con esa transformación inevitablemente cambiaban también sus incentivos, sus militantes y sus prioridades. El partido del engrudo comenzaba a ser el partido de las gubernaturas. El partido de la barda comenzaba a administrar presupuestos. El partido del volante estaba cada vez más cerca de Los Pinos. Eso era precisamente lo que Castillo había querido durante décadas. Pero también era el momento en que comenzaba la prueba más difícil. Porque resulta relativamente sencillo conservar principios cuando no hay nada que repartir. La verdadera prueba comienza cuando existen cargos.

Dos años después de su renuncia sucedió lo imposible. El 2 de julio de 2000 Vicente Fox ganó la Presidencia de la República. El PRI perdió por primera vez Los Pinos. El PAN finalmente había llegado. Castillo alcanzó a verlo. Sesenta y ocho días después murió en Alemania. La imagen tiene algo profundamente simbólico. El panista silvestre. El hombre del engrudo. De la barda. Del volante. El intelectual que había dedicado décadas a preparar al PAN para gobernar vio finalmente ganar a su partido. Pero ya estaba afuera. No alcanzó a verlo gobernar. Quizá ahí terminó su fortuna y comenzó la de sus adversarios internos.

Porque nunca sabremos qué habría dicho Carlos Castillo Peraza del PAN en el poder.

¿Qué diría hoy del PAN?. La pregunta resulta inevitable. ¿Qué pensaría Castillo Peraza del partido que ayudó a construir? Sería irresponsable responder por él. Pero sí podemos preguntarnos si reconocería en el PAN actual algunas de aquellas obsesiones que marcaron su militancia. ¿Dónde está la formación política? ¿Dónde está la discusión doctrinal? ¿Dónde están los grandes debates intelectuales internos? ¿Dónde está aquella militancia dispuesta a trabajar aunque no hubiera una candidatura esperándola? ¿Sigue siendo Acción Nacional una comunidad política o corre el riesgo de convertirse simplemente en una maquinaria electoral? Y quizá la pregunta más incómoda:

La falta que hace Castillo. Por eso Carlos Castillo Peraza le hace falta al PAN. No para convertirlo en estatua. Ni para repetir sus frases. Ni para utilizar su fotografía en los aniversarios partidistas. Le hace falta porque obligaría al partido a discutir consigo mismo. A preguntarse qué quiere representar. Para qué quiere ganar. Qué lo diferencia de sus adversarios. Qué principios no está dispuesto a negociar. Y cuáles acuerdos sí debe construir por el bien del país. Pero también le hace falta a México. Porque su concepción democrática partía de algo que estamos perdiendo: se puede tener convicciones profundas sin convertir al adversario en enemigo. Se puede negociar sin claudicar. Se puede perder sin desaparecer. Se puede ganar sin apropiarse de las instituciones. Y también se puede abandonar un partido sin traicionar las ideas que llevaron a militar en él.

Castillo ayudó a transformar al PAN. Pasó del partido del engrudo al partido capaz de disputar la Presidencia. Del volante a las gubernaturas. De la barda a Los Pinos. Pero su historia contiene también una advertencia. Los partidos nacen alrededor de ideas. Crecen alrededor de causas. Llegan al poder gracias a organizaciones. Y pueden comenzar a perderse cuando el poder se convierte en su única razón de existir. Quizá por eso, 26 años después de su muerte, aquella definición continúa siendo extraordinariamente poderosa: “No soy panista de invernadero.”

Era panista silvestre. Del engrudo. De la barda. Del volante. De una época en que pertenecer al PAN significaba muchas veces trabajar para una victoria que probablemente disfrutarían otros. Carlos Castillo Peraza alcanzó a verla. Pero nunca llegó a disfrutarla o a decepcionarse.

Y quizá por eso su legado conserva algo que el ejercicio cotidiano del poder suele desgastar: la autoridad de quien luchó por llegar al gobierno, pero nunca confundió el gobierno con la razón de ser de la política.

Por eso Carlos Castillo Peraza nos hace falta. Y no solamente al PAN. Le hace falta a México. Le hace falta al PAN porque necesita volver a discutir qué significa ser Acción Nacional más allá de ganar elecciones o conseguir candidaturas. Le haría falta a Morena porque una fuerza política tan poderosa necesita interlocutores capaces de discutir intelectualmente los límites del poder. Le haría falta al PRI para recordar que los partidos sobreviven cuando representan ideas y no solamente estructuras. Le haría falta a Movimiento Ciudadano y a las nuevas generaciones porque la modernidad política no consiste únicamente en comunicación, imagen y redes sociales. Y nos hace falta a los periodistas. Porque Castillo también pertenecía a nuestro oficio y entendía que la crítica debe incomodar incluso a aquellos con quienes coincidimos.

Carlos Castillo Peraza fue el constructor de la democracia que hoy le hace falta a México.

A 26 años de su muerte, esa quizá sea la razón por la que Carlos Castillo Peraza nos hace tanta falta.