Las elecciones presidenciales brasileñas del próximo 4 de octubre serán una prueba no solo para Brasil, sino para toda América Latina. Su resultado tendrá repercusiones mucho más allá de la política interna de la mayor economía de la región y una de las potencias más influyentes del Sur Global. Lo que está en juego es también la posición latinoamericana frente a la competencia cada vez más intensa entre Estados Unidos y China.
Los dos principales contendientes son el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador conservador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Las encuestas anticipan una contienda cerrada: Lula mantiene ventaja en algunos estudios de primera vuelta, pero ambos aparecen prácticamente empatados en una eventual segunda ronda.
Lula aspira a un cuarto mandato —el segundo consecutivo y el cuarto en total— con una fórmula conocida: reducción de la desigualdad, recuperación del poder adquisitivo y ampliación de los programas sociales. Su principal respaldo se concentra entre los votantes de menores ingresos, las mujeres y la población del nordeste brasileño. En muchos sentidos, se trata del mismo Lula y de la estrategia política que lo ha acompañado durante más de dos décadas.
Flávio Bolsonaro representa la continuidad del movimiento construido por su padre. Busca consolidar el voto conservador y evangélico, especialmente en el sur y el sureste del país, mediante una combinación de conservadurismo social, políticas económicas de derecha y un discurso severo en materia de seguridad. Su candidatura constituye una alternativa ideológica clara a Lula, aunque también deja abierta una pregunta: hasta dónde llegaría un nuevo gobierno bolsonarista en la reorientación de la política interna y exterior de Brasil.
No pretendo defender aquí a ninguno de los candidatos. Me interesa examinar una estrategia específica seguida por Lula: el llamado “no alineamiento activo”, concepto desarrollado por Carlos Fortín, Jorge Heine y Carlos Ominami. Su propósito consiste en evitar la subordinación permanente a una gran potencia y, al mismo tiempo, mantener relaciones activas con actores rivales de acuerdo con los intereses económicos, políticos y estratégicos del país.
El no alineamiento activo no equivale a la neutralidad ni al aislamiento. Permite que Brasil coopere con Estados Unidos, China, Rusia, India y otras potencias en distintos ámbitos sin depender excesivamente de ninguna. De ahí la importancia que Lula concede a los BRICS y a sus vínculos con China, principal socio comercial de Brasil, sin romper por ello con Estados Unidos.
En teoría, esta estrategia amplía la autonomía brasileña. El problema aparece cuando las potencias con las que Brasil pretende relacionarse se vuelven cada vez más antagónicas. La rivalidad entre Estados Unidos y China, inicialmente concentrada en el comercio y la tecnología, ha adquirido dimensiones políticas, estratégicas y militares. Si la tensión aumentara drásticamente, Brasil podría verse obligado a tomar partido.
En ese escenario, el país quedaría atrapado entre sus dos socios más importantes. Ya no se trataría únicamente de sufrir perturbaciones comerciales, sino de enfrentar presiones diplomáticas, restricciones tecnológicas, sanciones o exigencias de alineamiento. La libertad de maniobra que hoy parece una ventaja podría convertirse entonces en una vulnerabilidad.
Existe, además, un desafío regional más inmediato. Argentina se ha acercado claramente a Washington bajo Javier Milei; Chile sigue una trayectoria semejante con José Antonio Kast, presidente desde marzo de este año, y Colombia abandonó recientemente su primera experiencia de gobierno de izquierda. Si más gobiernos sudamericanos optan por estrechar sus vínculos con Estados Unidos, Brasil podría encontrarse en un entorno regional menos favorable para su estrategia de equilibrio.
Ese cambio limitaría su margen de maniobra, debilitaría su liderazgo regional y dificultaría la construcción de una política exterior latinoamericana más autónoma. La viabilidad del no alineamiento activo no depende únicamente de las relaciones de Brasil con las grandes potencias, sino también de la orientación geopolítica de sus vecinos.
Una victoria de Flávio Bolsonaro supondría, con toda probabilidad, un acercamiento considerable a Washington. Si Lula ganara, en cambio, es previsible que intentara mantener la misma estrategia. La pregunta decisiva es si esta política responde verdaderamente a los intereses de Brasil o si refleja, ante todo, las preferencias ideológicas y las ambiciones internacionales del propio Lula.
La comparación con México resulta reveladora. Ambos países pertenecen al hemisferio occidental, pero México ha reconocido, con gobiernos de distintas orientaciones, el peso estructural de su relación con Estados Unidos. Su integración económica hace imposible fingir una equidistancia que no existe. Brasil dispone de mayor autonomía, aunque tampoco puede ignorar los intereses económicos y estratégicos de Washington ni su creciente dependencia comercial de China.
El equilibrio puede ofrecer ventajas mientras las potencias acepten que existen espacios intermedios. Pero esos espacios se reducen cuando la rivalidad se transforma en confrontación. Lula apuesta a navegar entre dos grandes corrientes sin dejarse arrastrar por ninguna. El riesgo es que Brasil descubra demasiado tarde que ya no se encuentra entre dos aguas, sino entre dos fuegos.



