TÚ DECIDES

Defender a los políticos en México es, casi siempre, una causa perdida. No porque no haya talento o preparación, sino porque la realidad los alcanza: promesas recicladas, prioridades torcidas y una constante sospecha de que el ciudadano es lo menos importante en la ecuación.

Por eso sorprende —y sí, hay que decirlo sin rodeos— cuando aparece alguien que decide salirse del guion. Ese alguien es el diputado federal Jericó Abramo Masso.

Mientras muchos en San Lázaro están ocupados en la grilla, el cálculo electoral o la comodidad del cargo, Abramo decidió meterse con uno de los sectores más intocables: aseguradoras y hospitales privados.

Y no por discurso, sino por una razón que millones de mexicanos entienden perfectamente: los abusos.

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Porque quien ha tenido un seguro de gastos médicos lo sabe. Las pólizas suben sin explicación clara. Las coberturas se enredan en “letras chiquitas”. Y cuando llega la emergencia, aparecen los cobros que nadie vio venir. Negarlo sería absurdo.

México tiene una de las inflaciones médicas más altas del continente, y buena parte de ese problema se explica por la opacidad con la que operan muchos actores del sector.

Ahí es donde entra la llamada “Ley Jericó”.

¿De qué se trata? De algo tan básico que debería dar vergüenza que no exista ya:

Reglas claras: transparencia en tarifas, contratos entendibles, límites a los abusos y sanciones para quien se pase de la raya.

Nada revolucionario, nada radical, simplemente justicia para el usuario. Pero en México, lo básico suele incomodar a los poderosos. Por eso no sorprende que ya haya resistencias.

Porque cuando alguien intenta poner orden en un negocio donde el cliente siempre pierde, las alarmas se encienden y aquí hay que decirlo con todas sus letras: esto no es una guerra contra la iniciativa privada.

Las aseguradoras y hospitales tienen derecho a ganar dinero, lo que no tienen derecho es a hacerlo a costa de la opacidad, la desinformación y, en muchos casos, el abuso.

Hoy, el usuario es el último en la cadena, el que paga, el que firma sin entender, el que enfrenta las consecuencias.

La propuesta de Abramo invierte esa lógica, y eso, en este país, es casi subversivo, porque implica algo que muchos políticos evitan: tocar intereses reales, no discursos fáciles.

Aquí no hay aplausos garantizados: no hay clientelas que movilizar, no hay votos inmediatos que cosechar, hay, en cambio, algo más incómodo: responsabilidad.

Si esta reforma avanza, no solo cambiaría el sector salud privado, también pondría un precedente peligroso —para algunos—: que sí se puede legislar en contra de los abusos, aunque vengan de quienes siempre han tenido el control.

Y eso, en un sistema donde la política suele arrodillarse ante el dinero, no es poca cosa, por eso vale la pena subrayarlo, no como elogio, sino como excepción, porque en México, cuando un político decide ponerse del lado del ciudadano… Deja de ser regla y se convierte en noticia.

X: @pablomieryteran