Descanse en paz Francisco Garfias, columnista de Excélsior, quien a diferencia de muchos otros, jamás publicó nada cuya veracidad no pudiera demostrar.
Hay algo que huele mucho muy mal en ciertos ataques periodísticos contra la secretaria de Energía, Luz Elena González, como el de hoy domingo en el El Universal de Claudio Ochoa —número dos de Latinus, después de Carlos Loret de Mola—. Ha habido otros en distintos medios.
No me refiero necesariamente a la veracidad de la información que se publica, algo de lo que no tengo la menor idea. Hablo de la posibilidad de que el periodismo esté siendo utilizado para apoyar a contratistas del gobierno que se sienten desplazados por otros empresarios, específicamente por un señor llamado Jack Landsmanas, a quien no conozco ni estoy interesado en conocer. Ni siquiera puedo pronunciar con propiedad su apellido.
Así lo huelo y, en estos asuntos, mi nariz suele funcionar muy bien. No tengo pruebas de que esté ocurriendo y, por lo tanto, no acuso a nadie. Pero sospecho que la motivación no es periodística. Mi sospecha se ha fortalecido después de leer algunos comentarios, bastante hostiles, contra Landsmanas y Luz Elena.
Hoy, al analizar la columna de Claudio Ochoa, lo primero que me pregunté fue si podría tratarse de una disputa entre proveedores del gobierno que se libra en los medios de comunicación: ¿habrá empresarios que consideran que merecen contratos que hoy tiene Landsmanas y que buscan, mediante publicaciones supuestamente periodísticas, generar un problema suficientemente grande para que la presidenta Claudia Sheinbaum dé una orden muy sencilla: ¡a ese señor ya no le den nada!?
No lo sé. Pero es lo que me parece que podría estar ocurriendo. Reitero que no conozco a Jack Landsmanas. Me dicen que no es un personaje particularmente agradable ni amable. La verdad, no me importa. Si es un tipo sangrón, mejor no tratarlo: ya bastantes mamilucos hay alrededor de mis actividades como para sumar a uno más.
Tampoco conozco a Luz Elena González, secretaria de Energía del gobierno federal. Conozco, sí, a Claudia Sheinbaum, una mujer ciento por ciento honesta, y si Luz Elena goza de la confianza de la presidenta, me atrevo a decir que es una funcionaria de principios.
A Luz Elena González le han dado duro en los últimos meses. Ahora tocó el turno a Ochoa, de Latinus, en El Universal: “Los contratos que mancharán a la amiga de la presidenta”.
El periodista destaca la cercanía de Luz Elena con Claudia Sheinbaum, una relación profesional y personal de más de 25 años. También señala que la actual secretaria de Energía trabajó en algún momento para el empresario Landsmanas. Todo dentro de la legalidad de las relaciones personales y del mercado de trabajo, ¿o no?
Claudio Ochoa afirma algo que yo desconocía: que Landsmanas es un proveedor importante del gobierno federal desde los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, y después añade que nunca había obtenido tantos contratos como durante la administración de Andrés Manuel López Obrador.
¿Y eso qué demuestra? En mi opinión, solo significa que Landsmanas ha crecido como empresario. Algo perfectamente lógico: la suya es una empresa que ya vendía bienes o servicios al gobierno durante las administraciones del PAN y del PRI y continuó haciéndolo con Morena.
¿Es eso una irregularidad? Ochoa no la demuestra. Tendría él que exhibir los contratos, los procedimientos de adjudicación y los servicios efectivamente prestados.
Ochoa dice también: “El empresario ya recibió la llave para entrar a Pemex y eso es gracias a Luz Elena González, en servicios de arrendamiento y alimentación”.
Esa es otra afirmación que exige pruebas. ¿Qué hizo exactamente Luz Elena González para favorecer a Landsmanas? ¿Intervino en alguna licitación? ¿Dio instrucciones? ¿Presionó a funcionarios? ¿Existe algún documento que lo demuestre? ¿Alguien acusa?
No basta para condenar a Luz Elena decir que trabajó para un empresario y que es amiga de la presidenta. Resulta brutalmente injusto decir, solo con estos datos, que ella queda bajo sospecha de corrupción.
Desde luego, no estoy diciendo que los contratos de Landsmanas no deban investigarse. Que se investiguen todos, absolutamente todos: los suyos y los de sus competidores chillones. De plano, huele a que detrás de algunas publicaciones contra Landsmanas hay intereses de otros proveedores del gobierno.
Insisto: no acuso a Claudio Ochoa de trabajar para competidores de Landsmanas. No tengo elementos para hacerlo. Simplemente, al leer su columna y otros comentarios publicados anteriormente en la prensa, percibo un olor que no me gusta.
Por otra parte, dice Claudio Ochoa que Jack Landsmanas contrató a Pablo Escudero, yerno de Manlio Fabio Beltrones, para que le maneje sus relaciones con los medios de comunicación. Peor para el empresario.
No considero que Escudero sea precisamente un gran operador de medios. Pero bueno, este tipo es arrogante y seguramente apantalla al empresario con sus poses de casi júnior consentido de la política. Pero eso tampoco me importa demasiado. Es problema del empresario contratar a quien quiera para defenderse de los ataques que recibe.
Lo que sí me importa, y mucho, es la utilización del periodismo para resolver disputas entre empresarios.
El periodismo debe investigar los contratos públicos, denunciar irregularidades y exhibir actos de corrupción cuando existan pruebas. Es una de sus obligaciones fundamentales.
Pero otra cosa muy distinta sería que empresas interesadas en obtener contratos utilizaran a periodistas para desprestigiar a sus competidores. ¿Está ocurriendo eso en el caso Landsmanas? No puedo asegurarlo, pero apesta a caca empresarial.


