Arturo Ávila, diputado morenista, ha iniciado precipitadamente una campaña electoral con el propósito de batir a Alessandra Rojo de la Vega en la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México.
Si bien había originalmente pretendido presentarse como candidato a la gubernatura de Aguascalientes, quizás su “vara” política en el seno de su partido no ha sido suficientemente alta como para aspirar a una candidatura de esa envergadura, o tal vez, se auto percibe con mayores probabilidades en la Ciudad de México.
Ávila, privado de todo carisma o simpatía, lo que le ha generado una auténtica animadversión en la oposición y en la opinión pública, ha colgado recientemente en sus redes vídeos donde supuestamente anda por las calles de la Cuauhtémoc y recoge “testimonios” de residentes que le llaman “el diputado del pueblo”, en una clara manipulación del contenido con fines propagandísticos.
En adición a la probable contravención de la ley electoral, la demagogia del petulante legislador es insultante. Debe recordarse que, de acuerdo a un reportaje dirigido por Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, y confirmado por el propio Ávila, posee una residencia de millones de dólares en San Diego, California.
En palabras del morenista, esa y otras propiedades han sido el resultado de “largos años de trabajo” como cabeza de una exitosa empresa dedicada a la venta de vehículos blindados a las Fuerzas Armadas mexicanas y a ejércitos extranjeros. Ávila se jacta, en cada debate en que sale vapuleado, de haber sido un “empresario exitoso”, en su intento de justificar el origen de su fortuna.
Lo que también ha sido señalado es que uno de los clientes de Ávila cuando fungía como director de su empresa fue la Sedena bajo la gestión del general Salvador Cienfuegos. Sí, efectivamente, ese secretario de Defensa detenido en Estados Unidos por cargos relacionados con el crimen organizado, y más tarde, liberado y condecorado por el gobierno de AMLO. ¿Puede sospecharse sobre el pasado de Ávila y la procedencia legítima de su fortuna? El lector tendrá su propia opinión.
En todo caso, lo que resulta un hecho irrefutable es que Arturo Ávila está lejos –muy muy lejos- de encarnar a un “legislador del pueblo”. Por el contrario, se trata de un político millonario y oportunista que, desde la cúpula del poder económico, fue capaz de penetrar en el círculo cercano de Adán Augusto López, que se ha abierto espacios por sus consabidas relaciones personales con miembros conspicuos del partido, que ha adoptado la demagogia obradorista y que hoy es una figura reconocible del partido oficial. ¿Legislador del pueblo? ¡Ajá, claro!



