Para muchos, seguidores o críticos de Morena, la intervención de la presidenta Sheinbaum en España fue espléndida, reivindica una forma de ver la historia nacional a manera de acreditar al morenismo que nació en 2018 y ratificado en 2024. Es posible que también la recibieran con satisfacción y alivio los mandatarios presentes por las dificultades de los gobiernos de izquierda. No hay nada mejor que asumir que el mandato presente tiene su origen en la historia, y como dijera Luis Donaldo Colosio, en aquel memorable mensaje de aniversario del PRI, solo los proyectos autoritarios hacen de la historia mandato.
La izquierda en Hispanoamérica vive una severa crisis después de un repunte que le dio acceso al gobierno en muchas naciones. El problema no solo es perder el poder, sino perder el rumbo, y en buena parte sucede porque al gobernar se impuso la deriva autoritaria y la corrupción. Una venalidad de nueva factura, no es aquella asociada a la desviación de recursos públicos para el clientelismo, no, ahora es vil enriquecimiento personal y familiar. Desde luego que no es exclusivo de los gobiernos de izquierda, pero hoy es desproporcionado.
A la luz de lo que sucede en el mundo, particularmente con el arribo de Trump, es un acierto que la izquierda convoque a la defensa de la democracia. Sin embargo, por la historia propia en el ejercicio del poder, debiera iniciar con una seria y honesta autocrítica. Los llamados movimientos progresistas no solo se han alejado de la democracia, sino que han conspirado contra ella; el mejor y más acabado ejemplo está en México.
Perder el poder por haber perdido el rumbo expone a la izquierda a un problema mayor. Por una parte, la derecha va ganando espacio. Hay casos dramáticos como que en España, Vox cada día crezca con una oferta xenofóbica, intolerante y revisionista de su pasado. Igual que en Argentina, donde el peronismo fue derrotado por un proyecto libertario de inciertas consecuencias y peligrosas propuestas. Ante la corrupción y la violencia, el bukelismo cada vez se vuelve más sugerente. Chile fue derrotado por la derecha; Brasil y Colombia hacia allá se encaminan. Sin embargo, la cuestión no es de ideologías, sino de democracia e imperio de la legalidad. Reclamo que vale contra Trump, Netanyahu, Putin o Viktor Orbán o incluso para el chavismo venezolano, ahora protegido por el presidente de EU.
La lección que deja Hungría con Péter Magyar y Venezuela con María Corina Machado es que el voto puede derrotar al proyecto autoritario en el poder. Pero no es una victoria final. Magyar tiene que desmantelar todo el complejo blindaje autoritario de Orbán y en Venezuela el régimen pudo mantenerse en el poder, incluso a pesar de que Trump detuvo por la vía militar a Nicolás Maduro para llevarlo a la justicia norteamericana.
Si se trata de relaciones públicas, la presidenta Sheinbaum nada bueno ganó frente a gobernantes que están por terminar su gobierno o que se encuentran en serias dificultades por razones poco honrosas, caso del anfitrión hispano Pedro Sánchez. Pero tampoco el encuentro progresista pudo emitir un mensaje claro en defensa de la democracia, no su democracia que es una farsa, sino de la democracia liberal, la democracia de las libertades, de la legalidad, de la coexistencia de diferentes y de la división de poderes, que es la única que vale y como tal es digna de defender y existir. Para ser consecuentes con el propósito que animó la convocatoria, en lugar de defender el régimen autoritario cubano y dar alivio a una población que padece serias dificultades por causa de la dictadura castrista, debió plantearse la necesidad del tránsito de ese país a las libertades y la democracia, como también deben hacerlo de manera urgente Venezuela y Nicaragua. La declaratoria sobre Cuba anula la proclama por la democracia del encuentro.
Triste espectáculo porque ahora más que siempre es necesaria una izquierda democrática, que se acredite no por su narrativa, no por sus intenciones, sino por sus resultados. No es gratuito que lo más honroso está en el campo liberal y en estos difíciles y azarosos tiempos sobran figuras para acreditarlo, Mark Carney en Canadá, Volodímir Zelenzki en Ucrania, Sanae Takaichi en Japón, Péter Magyar en Hungría y María Corina Machado en Venezuela. La izquierda se queda sin causa, sin referentes y sin nombres. Explicable se recurra a la historia para legitimarse en el poder.



