Del canto de Mercedes Sosa al Super Bowl, la memoria volvió a bailar y el miedo retrocedió.

Donald Trump creyó que todavía mandaba. Que aún podía torcer la realidad a fuerza de desprecio. Que bastaba ningunear, insinuar boicot, gruñir desde la caverna del resentimiento para domesticar el mayor ritual cultural del planeta.

Creyó que el idioma era frontera.

Que la identidad latina era adorno.

Que el miedo seguía funcionando.

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Se equivocó.

Y esta vez, delante de todos.

El Super Bowl fue ese instante preciso en que el poder perdió el compás. 135 millones de personas lo atestiguaron. No fue solo un espectáculo: fue un acto colectivo, una vibración compartida, un plebiscito del alma transmitido en vivo.

Bad Bunny no pidió permiso.

No tradujo.

No suavizó.

Cantó en español.

Sostuvo el escenario con el cuerpo, con el ritmo, con la memoria.

No explicó nada porque no había nada que explicar.

Y ocurrió lo impensable para los autoritarios: el estadio respondió. Cantó sin entender cada palabra, pero entendiendo todo. Bailó sin subtítulos. Acompañó sin miedo. Porque la cultura no entra por la cabeza: entra por el pecho.

Ahí estaba todo, sin necesidad de consignas:

anti-Trump,

anti-ICE,

pro-libertades,

pro-derechos,

pro-inmigrantes,

pro-justicia.

Trump creyó que el rechazo a lo latino había crecido.

Lo que creció fue el hartazgo.

La gente miró para que se viera. Miró para inflar el rating. Miró para romper récords. Miró para decir, sin gritarlo: aquí estamos.

Mirar fue votar.

Bailar fue resistir.

Aplaudir fue perder el miedo.

Trump reaccionó como reaccionan quienes ya no mandan: huyendo. No habló del mensaje, ni del idioma, ni de migrantes, ni de ICE. Descalificó. Se victimizó. Se escondió detrás de voceras y silencios, detrás de faldas ajenas, incapaz de dar la cara.

El poder que necesita boicotear la cultura ya está derrotado.

Llegaron las críticas, sí. Pocas. Oxidadas. El mismo libreto gastado de siempre. No hicieron ruido. No pudieron contra la música.

Lo que cayó fue el alud. La ola. El abrazo colectivo. La confirmación de que la cultura popular —esa que no se organiza en partidos ni pide instrucciones— ya dio un paso al frente.

Ahí estaban, en la voz, en el gesto, en la presencia: Bad Bunny, Cardi B, Shakira, Karol G, Billi Elish, SZA, Olivia Dean, Lady Gaga, Green Day, Roger Waters, Bruce Springsteen, Shaboozey; Pedro Pascal, Diego Luna, Gael García Bernal, Natalie Portman, Jessica Alba, Jamie Lee Curtis, Eva Longoria, Jennifer Lawrence, George Clooney, Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Matt Damon, Robert De Niro, Jim Carrey; Jimmy Fallon, Ricky Martin, Antonio Banderas, Carlos Ponce, y tantos más que quizá no hablaron, pero estuvieron. Y estar también es decir.

No es una conspiración.

No es una moda.

Es una mayoría simbólica.

Y hubo algo más, algo que al autoritarismo le duele especialmente: no fue solo lo que cantó Bad Bunny, sino lo que dijo. En un momento del espectáculo se detuvo y habló directo a esos 135 millones:

“Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y si hoy estoy aquí en el Super Bowl es porque nunca, nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas, créeme”.

No era frase motivacional. Era una llamada de dignidad colectiva. Resonó desde Puerto Rico hasta el último sofá del país porque no era espectáculo: era afirmación.

Mientras tanto, los seguidores de Trump montaban su ridículo evento alterno, como si pudiera suplantarse a 135 millones de miradas y a una masa que decidió bailar en vez de obedecer.

Esto ya no es solo cultura. Se refleja en las urnas. Trump pierde distritos que parecían eternos. Bastiones que se agrietan. El daño dejó de ser retórico: es estructural. Porque cuando un proyecto pierde la cultura, pierde el futuro.

Y entonces ocurrió lo inevitable: la masa no solo habló, se movió.

Y cuando la masa se mueve, el mundo baila.

Bailó el estadio.

Bailaron las pantallas.

Bailaron millones en sus casas.

Recordándole a Trump y a sus fascistoides una verdad antigua y luminosa: una masa decidida puede detenerlo todo o empujarlo todo. Puede obedecer… O desobedecer con alegría.

Trump quiso silencio.

La masa respondió con música.

Quiso frontera.

Respondieron con baile.

Y cuando la masa decide bailar, ningún caudillo puede marcarle el paso.

“Seguimo’ aquí”, dijo Bad Bunny.

Y 135 millones lo sintieron.

Y DTMF —DeBí TiRAR MáS FOToS— cerró el círculo. No fue nostalgia: fue memoria organizada. Donde el autoritarismo borra, la cultura recuerda. Donde el poder expulsa, la música afirma presencia. El Super Bowl fue la foto que Trump no pudo romper.

No era una canción.

Era una despedida.

Era historia viva.

El evento fue, además, un punto de inflexión cultural y simbólico. La música y la masa recordaron que el poder se mide por la reacción del pueblo, no por los gestos de intimidación. Aquí, la masa se movió, no obedeció, no cedió, no bajó la cabeza. Bailó. Cantó. Se expresó. Tomó el escenario de vuelta para la historia, y nadie ni nada podía silenciarla.

La masa no nació ayer. Silvio Rodríguez la preguntó. Mercedes Sosa la volvió carne. Shakira la llevó al mundo. El Super Bowl lo recordó: la masa habló. La música y el movimiento colectivo confirmaron que la cultura, cuando es compartida, es imparable.

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