Barcelona.- En la cafetería de la librería Altair, el poeta Bruno Montané muestra al editor Pere Ortin el Atlas de Sonora que creó su padre, Julio César Montané y que sirvió para que su mejor amigo, Roberto Bolaño, inventara los nombres de los pueblos y ciudades en donde transcurren dos de sus mayores obras, Los Detectives Salvajes y 2666.

Bruno vivió en la Ciudad de México de mayo de 1974 a junio de 1976, lapso en el que conoció a Bolaño y participó junto con él y otros poetas en la creación del infrarrelismo, un movimiento poético  equiparado por algunos críticos con el de la Generación Beat estadounidense.

Este poeta nacido en Chile, pero con más de media vida en Cataluña, es poco afecto a las entrevistas, aunque suele mantener largas correspondencias donde despliega recuerdos y reflexiones. “Igual pasaba con Roberto [Bolaño]. Él decía: “ya me cabreé que me entrevisten en micrófono porque luego no paro de hablar”. Prefería contestar por escrito. Y se notan las que están por escrito.”

La relación entre Bruno y Bolaño fue muy intensa. Bolaño le escribió a Bruno el siguiente poema:

Bruno Montané cumple treinta años

 

Vi pasar a B. M. por la ventana

Lo vi amar y caminar

Lo vi emborracharse y ser generoso

Lo vi meter sus ojos azules en el balde del terror

Y ver el paso rápido de la luna

Como si estuviéramos en una calle mexicana

Y oí sus ruegos por la felicidad

De una muchacha desaparecida

Aunque no puedo afirmar a quien se refería

Tal vez a Alejandra

Más posible: Inma

En Los Detectives Salvajes, el personaje inspirado en Bruno se llama Felipe Muller, y en El espíritu de la ciencia ficción, novela póstuma de Bolaño de próxima publicación, Bruno reaparece como personaje. “Roberto era un genio”, sentencia el poeta antes de que comience la entrevista, con micrófono.

- ¿En qué momento supiste que estabas con un genio?

- Realmente a través de la escritura te dabas cuenta. En ese sentido sí había mucha camaradería en el crecimiento que iba, digamos, en paralelo. En término de hacer esto en liga futbolística, él llegó arriba, al mayor campeonato, y yo, te lo digo cagándome de la risa, me quedé a punto de bajar a segunda. El registro del poeta es otro.

- Bueno, finalmente la obra de Bolaño tuvo el reconocimiento que merecía…

- A mí me duele bastante lo que pasó con el retiro de los derechos de su obra a [Jorge] Herralde [editor de Anagrama]. Quiero decir, este juego le llegó mucho a Roberto, porque estaba jugando la liga del mercado, algo muy aparte de su genialidad. Esa paradoja, ¿no? Bueno, al final tenía que triunfar el mercado y ya está. El mal chiste es que si quiero hacer una antología tengo que pagarle a quien tenga que pagarle. ¿Esa camaradería dónde está? Es un extraño final. Cuando se me pregunta por el infrarrealismo digo “pues sí, ya pasó hace más de 40 años”, pero los motivos siguen existiendo, ¿no? Y quizás más que nunca.

-Si tuvieras que encasillarte, como lo pide todo mundo, ¿qué poeta serías hoy en día?

- Uno que hace mala filosofía. No sé. Yo estoy agarrado a la posibilidad del verso. Haría una definición casi imposible, una clase de surrealismo político. A mí me gustaría ser más directo, más social entre comillas. De repente comienzas a ser un escritor de determinada naturaleza. O sea, sabes cuáles son tus recursos y cuáles tus limitaciones. Y te das cuenta cuál es tu modo de hacer las cosas. Sacar partido de tus saberes. Un poeta se tiene que inventar los temas entretenidos porque te los está aventando a la cara todo el tiempo la vida.

- La poesía de por sí es casi clandestina... Salvo excepciones, los poetas viven en mundos muy cerrados y pocas veces el poeta es una figura muy conocida, popular...

- Pues a veces tiene que ver con su contexto. Hay poetas que incluso se construyen su carrera. Obviamente la difusión de sus textos y luego las afinidades, los trabajos, pero hay figuras exageradas. Por ejemplo, ¿cómo construye su puesta en escena como escritor, como político, Pabloe Neruda? , ¿o García Márquez? Yo no digo que esté al otro lado en absoluto, pero yo aquí me dediqué a trabajar y a escribir. Tampoco como un tesón. Yo me comparé en ese sentido con Roberto. Roberto era una fuerza de la naturaleza en ese sentido. La llevaba clarísima. Es decir: yo voy a ser escritor.

- ¿Tú cómo empezaste a escribir?, ¿en qué momento te asumes como poeta?

- Eso fue curioso. Digamos que la voz que me hacía reconocerme como poeta era más bien tácita. Yo lo entendía. No era algo que tuviera que discutir respecto a mí mismo, aunque no lo confrontaba con el contexto, con la estrategia, la puesta en escena, digamos, lo social. Yo sentía más fuerte el hecho de escribir. Lo que interesa es escribir. Curioso es cómo puedes enfocarte en otra cosa. Lo importante era escribir, no publicar. Llegas a una situación en la que ejerces el asunto pero tienes a la vez una extraña resistencia.

- ¿Y cuáles fueron tus primeros temas?, ¿sobre qué escribías? ¿ a dónde te llevaba ese impulso?

- A la chingada… creo que no pensaba en temas. Si no, digamos, en el esfuerzo de llegar a algo. Es decir, bueno… esto es una cosa muy pelotuda. Roberto [Bolaño] decía, de las pocas recomendaciones que me hizo, “bueno, pero tienes que escribir pensando en un tema”. A mí me parecía genial desde su punto de vista, pero era una especie de pedagogía que no me podía autoaplicar por ser tan evidente. Yo escurría el bulto e iba hacia otra cosa. Buscar algo en el poema, quizás una idea romántica, que surja en el acto de escribir. No precisamente la inspiración…

- ¿Crees en la musa?

- Creo en el trabajo que es la musa, pero claro que eso lo digo ahora con 59 años. Siempre había sentido que la escritura era como una resistencia paralela a mi modo de ganarme la vida y como que me resistí a caer en ella como mi forma de subsistencia. Aparte que para un poeta es difícil ganarse la vida como eso. Y aquí está el hándicap, el problema que es el epicentro entre comillas: yo no me licencié nunca.

- ¿A qué edad llegas a México?

- Yo tenía 17 años. Curiosamente en octubre del mismo ‘73 mi padre fue convidado a México por un compañero antropólogo que había conocido en un congreso de americanistas. Y, claro, cuando es el golpe él se queda sin trabajo en la universidad porque todo lo que fuera humanista, estudios sociales, pues ya sabes. Incluso si la universidad hubiera tenido cierta estrategia para mantener a la gente ahí, cooptarla y a su vez reprimirla, probablemente le habría tocado. Por lo tanto mi padre optó por simplemente aceptar el pasaje. Ese pasaje le llegó. El colega mexicano se lo envió sin saber la situación de Julio Montané. Y él simplemente marchó. Nosotros nos fuimos justamente 8 meses después. Se produjo un problema con las visas, no sé qué. Julio no entendió que había que dar una mordidita. Él no iba como exiliado, no tenía un estatus así. Estaba más bien desplazado. El presidente Echeverrería hizo esto de aceptar, pero mientras tanto iban a cuenta gotas 6,000 peticiones de visados.

- ¿Y el golpe del 11 de septiembre de 1973 donde lo viviste?

- En Santiago. Estaba en la casa, fue por la mañana, y desde la ventana vi como bajaban los aviones y cómo atacaban.

- Eras un adolescente…

- En ese momento tenía 16 años. Recuerdo que estuve 4 o 5 meses con el dolor en el pecho. Así una angustia constante. Tuve suerte. Sólo hubo un conocido que lo cogieron un día y le pegaron una paliza, pero amigos directos, digamos, no les pasó nada. A menos hasta el momento que estuve yo.

- ¿Y cómo fue el viaje a México?

- En avión, con una escala en Lima. Era mi primer viaje en avión. Lo que recuerdo es una sensación muy ambivalente porque de chavo quieres viajar y conocer otras cosas pero había unas circunstancias, digamos, traumáticas que lo hacían muy cabrón. De ahí, a los pocos días, fui a ver a Roberto…

- ¿Ya se conocían desde Chile?

- No, no. El conecte fue a través de un amigo de una amiga de mi madre, Jaime Quezada. Tenía, por cierto, un diario sobre un viaje que había hecho a México y luego lo publica como Bolaño antes de Bolaño, aunque Roberto aparece cada cinco páginas. Juan Villoro lo defendía porque sí que es un cuadro interesante sobre la época: un viajero latinoamericano que vive un año en México y cuenta todo el ambiente.

- ¿Qué es lo primero que te impresiona de la Ciudad de México? ¿Qué recuerdas en esos primeros días de descubrimiento de la ciudad?

- La sensación de que ahí está todo. Como que se abre el futuro. Era una cosa así rarísima. La sentí como una ciudad muy desarrollada en comparación con Santiago. También comencé a crecer. Esto de huir con Roberto al café La Habana era como acceder a un mundo un poquito más adulto. Aunque no éramos realmente unos bohemios. Pero en general éramos buenos chavos.

- ¿Tus primeros amigos quiénes son en México?

- Roberto [Bolaño] fue el primero.

- ¿Fue amistad a primera vista?

- Roberto me sacaba con 4 años. Tenía 21 o 22 años. Además tenía y tuvo, después de muchísimos años, esa actitud como de hermano mayor. Aparte que Roberto tenía ese carisma de un tipo muy inspirado, muy capaz de proponer. Era un gran histriónico en el gran sentido de la palabra. Siempre contándole cosas a la gente, chistes; grandes monólogos que si pudieras grabarlo ahora y escribirlos parecerían literatura. Igualitos a su prosa.

Yo venía escribiendo desde allá, pero ahí explota. Yo me sentía un pelele a lado de esa enormidad de mundo. En ese momento el D.F. me pone la página en blanco.

- ¿Y cómo escribías o dónde? ¿En un café?, ¿en tu casa?, ¿bibliotecas…?

- Teníamos esa cosa de escribir juntos, hacer escritorio entre varios. Con el Orlando Guillén mucho, que por cierto aún vive aquí. De hecho está a punto de nacionalizarse. Y, bueno, si no en casa y tal. Yo hice el contacto, y lo traía también por el Jaime Quezada, con el Juan Rejano. Él era un señor que llevaba las hojas del suplemento cultural de El Nacional. Lo menciona Roberto tal cual en Los detectives salvajes. Ahí comenzamos a hacer antologías de poesía joven. Roberto siempre recargaba poesía JOVEN. Evidentemente en ese momento lo éramos. Esto lo hacíamos juntos. Recuerdo que en ese momento Roberto no sabía escribir a máquina. Yo no lo hacía bien, sigo escribiendo con cuatro dedos. Él te dictaba, luego escribías, de repente se ponía un poco apremiante y te equivocabas y a comenzar otra vez. Era una buena escuela en ese sentido.

- ¿Y eran esencialmente poetas?

- Bueno, Roberto venía de haber escrito unas obras de teatro. Me las mostró y eran muy muy curiosas. Estaban llenas de personajes de comics. Eran unas cosas loquísimas. Escribió un texto que apareció en una revista. Villoro lo leyó. No muy largo. Tuve que asistirlo en la quema de eso. Fui incapaz de convencerlo de que no lo hiciera. Tenía muy claro eso. Decía “esto es una mierda” y ahora a juntarse a lo nuevo. Pero en Roberto su verso tendía a la prosa. Creo haber escuchado decir a alguien que ahora la verdadera poesía está en la prosa.

- Su poesía era muy prosaica …

- Sí, digamos, hay más procedimientos de lo mejor y lo peor que llamamos Romanticismo. Pero en ese momento tenía sus maestros estilísticos y tutelares eran Ernesto Cardenal y Parra, obviamente.

- ¿Y los tuyos? ¿Cuáles eran tus maestros?

- En ese momento Vallejo y el surrealismo. Claro que me acabo de dar cuenta ahora.

- Y la militancia política en esa época, ¿existía en ti?

- Intenté entrar en la juventud a algún partido, pero el lado de la literatura, de la poesía, como que me alertó de cierto dirigismo o ideologismo que puedes ver en las orientaciones políticas. Yo creo que también es un modo de ser. En ese sentido mis amigos y yo nos mantuvimos como independientes. Íbamos a los trabajos voluntarios durante la Unidad Popular y Roberto se reía de eso. Él no lo vivió y le parecía poco glorioso. Roberto tenía el imaginario revolucionista. Lo que pasa es que Roberto se asume como un escritor.

- Alguien me había dicho que tú eras trotskista…

- Roberto dijo que era trotskista porque su hermana, que fue muy importante también en su formación, lo era en la preparatoria. Roberto se salió de la prepa no sé en qué año…

- ¿La hermana de Bolaño era la trotskista?

- Sí, sí. Entonces había más o menos ese nexo, pero Roberto en el fondo no podía estar haciendo lo que hacía un grupo, pero eso era clarísimo. De hecho creo que hasta detestaba las multitudes.

- ¿Qué es lo que más recuerdas de tu vida en la Ciudad de México?

- Recuerdo las pateadas que nos poníamos ahí, esas caminatas largas; a las chavas de las que nos enamoramos.

- ¿Muchas?

- Pues... una cada mes… (ríe). Yo qué sé: las lecturas. Cuando tienes 17 años te maravilla todo. Y ahora hablo como viejo. En ese entonces no teníamos internet ni esas cosas, todo era completamente analógico y corporal.

- ¿Tú experiencia más intensa en la Ciudad de México?

- Yo diría la camaradería que teníamos.