Conocí a Luis Enrique Mercado hace poco más de 30 años, siendo yo un muy verde arquitecto que trabajaba para una de las mayores desarrolladores de vivienda del país, y él un ya muy reconocido periodista y líder en aquel momento del proyecto encaminado a dar vida a un nuevo periodico especializado en economía, negocios y finanzas.

Quiso la suerte que quienes entonces eran mis jefes me dieran la oportunidad de participar en la transformación de lo que alguna vez fuera un edificio de departamentos con una panadería en planta baja, para convertirlo en la nueva sede del periódico que habría de llamarse El Economista.

Tiempos apasionantes, bajo el liderazgo de un incansable Luis Enrique, que lo mismo participaba en reuniones para definir el diseño del nuevo periódico, que en otras para seleccionar al grupo de jóvenes que habrían de formar su primera redacción y en muchas más para supervisar el avance de las obras.

Le apasionaba lo mismo la línea editorial, que los perfiles de quienes serían sus reporteros o la definición de colores de muros, sistemas de iluminación o mobiliario.

Recuerdo muy bien un día en que todo giraba en torno a la instalación de una subestación eléctrica, situación que se complicó, porque quienes habrían de instalarla pedían que estuviera colocada una tierra física que ellos no tenían contemplada en sus actividades.

No era tema mayor, se trataba solo de tomar una varilla y clavarla en el piso, con el único inconveniente de que, al parecer, no había nadie para hacerlo...

Bueno, al parecer, porque para cuando me di cuenta, Luis Enrique ya estaba dándole duro con un marro para clavar la varilla...Y pues ni hablar, ya no teniendo para dónde hacerme, entre los dos superamos el reto y, aunque ya no lo recuerdo, es muy posible que de ahí nos fuéramos a celebrarlo comiendo y tomando algo.

Recuerdo que para tener a tiempo la flamante sede de El Economista se tuvieron que hacer montones de planos y notas, trazados y escritas sobre manteles de restaurantes y cantinas.

Y de pronto nació El Economista y con él una gran escuela de periodismo de negocios, cuyos egresados aún siguen marcando la pauta en muchas redacciones del país.

Desde el primer día Luis Enrique y yo nos hicimos amigos. Compartimos proyectos y aventuras y tuve oportunidad de acompañarlos varias veces a su querida Zacatecas...

Por eso sencillamente no puedo creer que el lunes pasado se muriera mi Amigo.

No puedo con la tristeza, pero me llena de ánimo y orgullo ver las redes sociales llenas de mensajes que lamentan su muerte y celebran su vida.

Luis Enrique es una leyenda del periodismo mexicano, que marcó un antes y un después para la forma de llevar a medios todos los temas relacionados con economía, negocios y finanzas.

Sus columnas y participaciones en medios electrónicos eran imprescindibles.

El trabajo que hizo El Economista bajo su dirección marcó una época, con logros tan importantes como el tan comentado en estos días, reportaje sobre el “pase de charola” que hizo el entonces Presidente de México a un grupo de destacados empresarios.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que era hiperactivo... Bien hiperactivo y lo que hoy llamarían multitask..

Alguna vez,mientras estábamos comiendo papas con salsa súper picante en la casa de su mamá, en Fresnillo, Zacatecas, ella me decía que de niño, lo mismo dedicaba su esfuerzo y atención a entender las labores del campo, que al estudio y la lectura.

Con él podías platicar de lo que fuera; lo mismo de música, que de literatura o lo que estaba de moda en la tele.

A todo le entendía... Por eso no me sorprendió que un buen día se metiera a la política y llegara a ser diputado.

Tampoco me sorprendió que tomara un pequeño periódico local y lo convirtiera en el grupo de comunicación más importante de Zacatecas.

Debo decir que Luis Enrique me abrió la puerta para mis primeras participaciones en medios y acompañó buena parte del proceso que nos llevó a formar lo que hoy es Centro Urbano.

Era un amigo extraordinario y solidario, y era también un hombre de ideas, trabajo y pasiones...

Era, y se lo pueden preguntar a cualquiera de sus reporteros, un gran maestro.

Y era también un amante de los caballos... De la buena mesa... Y de navegar.

Por eso, al lamentar su muerte, le decía el periodista David Páramo, uno de los integrantes de aquella primera redacción del Economista: “Súbete a un velero que te lleve al Cielo”.

Porque quienes tuvimos el honor de ser sus amigos, sabemos que podía dedicar la mañana a preparar su velero, el Santo Niño, para después tomar una hielera debidamente abastecida para pasar la tarde navegando.

No puedo con la tristeza. Y menos al recordar cualquiera de tantas tardes en que Luis Enrique salía a buscar el viento, sabiendo muy bien que en ello, como en la vida misma, el chiste no era encontrar viento a favor, sino saber ajustar las velas.

Mi solidaridad con su familia y sus incontables amigos, y muy en especial con sus cuatro queridos hijos: Nelly, Gema, Alejandrina y Luis Enrique.

Querido Luis Enrique; GRACIAS POR TANTO. Te quiero mucho y siempre estarás conmigo.

* Horacio Urbano es fundador de Centro Urbano, think tank especializado en temas de desarrollo urbano, sector inmobiliario y vivienda.

@horacio_urbano