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Canto épico al Usumacinta, río más grande y caudaloso de México; Carlos Pellicer y Manuel Pérez Merino, cantores (Video)

Carlos PellicerINBA

I.

Aunque Carlos Pellicer, poeta hispanoamericano verdaderamente extraordinario, estructuró el bellísimo poema “El canto del Usumacinta”, he considerado que Manuel Pérez Merino, en su “Canción del Usumacinta” (registrada originalmente sólo como “Usumacinta”; L y M), entrega un verdadero canto de alcances épicos sobre el río más grande y caudaloso de México. El compositor narra su nacimiento en Guatemala, su prolongación a tierra mexicana, el curso por municipios, lugares y geografías, y el desemboque final al mar al imbricarse, un poco antes de llegar al Golfo de México, al río Grijalva (que tendría que llamarse Tabasco, como antaño; ya volveré sobre el tema).

Sería un hecho natural que el compositor haya leído al poeta. En Tabasco, si se va a la escuela, se lee algo de Pellicer (y acaso de Gorostiza y Becerra); si no, se escucha su poesía en la radio, la TV o en los discursos de los políticos. Tal vez el joven Pérez Merino (1918-1993) leyó al precoz Carlos Pellicer (1897-1977), que desde muy temprano escribió y publicó poesía. El poema de Pellicer sobre el Usumacinta es de 1947. La canción es posterior; grabada en voz del compositor en el Teatro Esperanza Iris, de Villahermosa, durante el primer semestre de 1988 (Thomas Stanford, Grabaciones al piano del Cantor del Grijalva; Gobierno del Estado de Tabasco/INAH; no hay dato de la fecha de composición).

II.

Carlos Pellicer es el tabasqueño más universal desde la perspectiva literaria y artística en general; y acaso desde cualquier perspectiva. Su poesía es amplia, florece ambiciosamente auténtica y fértil en muchos terrenos. Difícil que algún poeta o escritor mexicano no lo reconozca, incluyendo a Octavio Paz, el crítico más beligerante. “El canto del Usumacinta” es un poema prolongado y posee conocidos versos de recóndita, perdurable y perturbable belleza: “El agua, con el agua a la cintura/ dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido”/; “Agua de las primeras aguas, tan remota,/ que al recordarla tiemblan los helechos”/; “Y el agua crece y habla y participa.”/; “Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.”/ “Junto a mí tramaba la noche/el complot de la soledad.”/ “Y éste es el canto del Usumacinta/ que viene de muy allá”/ “Yo era un gran árbol tropical./ En mi cabeza tuve pájaros,/ sobre mis piernas un jaguar.”/ “Ésta es la parte del mundo/ en que el piso se sigue construyendo”.

Prolongado poema, pero vale la pena colocarlo completo en esta nota (quienes gusten pueden saltar su lectura; o saltarme a mí y leer la belleza del poema):

EL CANTO DEL USUMACINTA

Al Doctor Atl

De aquel hondo tumulto de rocas primitivas,

abriéndose paso entre sombras incendiadas,

arrancándose harapos de los gritos de nadie,

huyendo de los altos desórdenes de abajo,

con el cuchillo de la luz entre los dientes,

y así sonriente y límpida,

brotó el agua.

Y era la desnudez corriendo sola

surgida de su clara multitud,

que aflojó las amarras de sus piernas brillantes

y en el primer remanso puso la cara azul.

El agua, con el agua a la cintura,

dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido,

y era como el rumor de una escultura

que tapó con las manos sus aéreos oídos.

Agua de las primeras aguas, tan remota,

que al recordarla tiemblan los helechos

cuando la mano de la orilla frota

la soledad de los antiguos trechos.

Y el agua crece y habla y participa.

Sácala del torrente animador,

tiempo que la tormenta fertiliza;

el agua pide espacio agricultor.

Pudrió el tiempo los años que en las selvas pululan.

Yo era un gran árbol tropical.

En mi cabeza tuve pájaros,

sobre mis piernas un jaguar.

Junto a mí tramaba la noche

el complot de la soledad.

Por mi estatura derrumbaba el cielo

la casa grande de la tempestad.

En mí se han amado las fuerzas de origen:

el fuego y el aire, la tierra y el mar.

Y éste es el canto del Usumacinta

que viene de muy allá

y al que acompañan, desde hace siglos, dando la vida,

el Lakantún y el Lakanjá.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van,

que no se irán!

¿En dónde está mi corazón

atravesado por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.

Porque el árbol de la vida,

sangra.

Y la noche herida,

sangra.

Y el camino de la partida,

sangra.

Y el águila de la caída,

sangra.

Y la ventaja del amanecer, cedida,

sangra.

¿De quién es este cuello ahorcado?

Oíd la gritería a media noche.

Todo lo que en mí ya solamente palpo

es la sombra que me esconde.

Empieza a llover

en el tablado de la tempestad

y la anchura del agua abandonada

disminuye la nave de su seguridad.

Es la gran noche errónea. Nada y nadie la ocupan.

Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo.

La gran boa del viento se estranguló en la ceiba

que defiende energúmena, su cantidad de tiempo.

Se canta el canto del Usumacinta,

que viene de tan allá,

y al que acompañan, dando la vida

el Lakantún y el Lakanjá.

En una jornada de millones de años

partió el gran río la serranía en dos.

Y en remolinos de sombrío júbilo

creó el festival de su frutal furor.

Los manteles de su mesa son más anchos que el horizonte.

Pedid, y no acabaréis.

En el cielo de toda su noche,

una alegría planetaria nos hace languidecer.

Ésta es la parte del mundo

en que el piso se sigue construyendo.

Los que allí nacimos tenemos una idea propia

de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.

Se me vuelven tiendas de campo los pulmones,

cuando pienso en este río tropical,

y así en mi sangre se pudre la vida

de tanto ser energía

en soledad antigua o en presente caudal.

Cuando me llega el ruido de hachazos

de la palabra Izankanak,

me abunda el alma hasta salirme a los ojos

y oigo el plumaje golpe de un águila herida por el huracán.

Un mundo vegetal que trabaja cien horas diarias,

me ha visto pasar en pos de la noche y del alba.

Reconoció en mis ojos el poderoso espejo;

reconoció en mi boca fidelidad madura.

Vio en mis manos la caña que aflautó el aire húmedo

y le mostré mi pecho en que se oye la lluvia.

Mirando el río de aquellos días que el sol engríe,

al verde fuego de las orillas robé volumen

y entre las luces de lo que ríe, lo que sonríe,

es un jacinto que boga al sueño de otro perfume.

El pájaro turquesa

se engarzó en la penumbra de un retoño

y entre verdes azules canta y brilla

mientras la hembra gris calla de gozo.

Mirando el río de aquellas tardes

junté las manos para beberlo.

Por mi garganta pasaba un ave,

pasaba el cielo.

Mirando el río

di poca sombra:

todo era mío.

Todas pintadas, jamás extintas,

son estas aguas, río de monos, Usumacinta.

En tu grandeza

con esplendores reconfortaste savia y tristeza.

Te descubrí,

y en ese instante

tras un diamante

solté un rubí:

de asombro existo,

preclara cosa

sangre dichosa

de haberte visto.

Robé a tu geografía

su riqueza continua de solemne alegría.

El que tumbe así el árbol de que estoy hecho

va a encontrar tus rumores entre mi pecho.

Y es un cantar a cántaros,

y es la nube de pájaros

y es tu lodo botánico.

En las sombras históricas de tu destino

cien ciudades murieron en tu camino.

Atadas de pies y manos

están esas ciudades.

Entre una jauría de árboles desmanes

se moduló la sílaba final de esas edades.

Los hombres de un tiempo del río

la frente se hacían en talud;

y el resplandor terrestre de sus avíos

les dio una honda gracia de juventud.

Sonreían con las manos

como alguien que ha podido tocar la luz.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se irán,

que no se irán!

Lo que acontece ya en mi memoria cunde en mis labios,

con Uaxaktún,

con Yaxchilán.

Después fueron los paisajes sumergidos

y el sagrado maíz se pudrió.

Y en las ciudades desalojadas,

el reinado de las orquídeas se inició.

Así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta,

aun en la corteza de los viejos árboles

se encoge el terror.

El hombre abandonado que ahora lo puebla

fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el amor.

Eres el agua grande de mi tierra.

La tremenda dinámica del ocio tropical.

El hombre en ti es ahora la piedra que habla

entre el reino animal y el reino vegetal.

Por el hueco de un árbol podrido

pasa el verde silencio del quetzal.

Es una rama póstuma.

Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que declarar.

La sapientísima serpiente,

lo llevó un día sobre su frente cenital.

¿En dónde está mi corazón

partido en dos por una flecha?

La garza blanca vuela, vuela como una fecha

sobre un campo de concentración.

¡Ay, las hermosas palabras,

que sí se van...,

que no se irán

deste canto del Usumacinta,

que brotó de tan acá,

y al que acompañan, dando la vida, desde hace siglos,

el Lakantún y el Lakanjá!

Porque del fondo del río

he sacado mi mano y la he puesto a cantar.

9 de mayo de 1947.

III.

A Manuel Pérez Merino se le conoce como “El cantor del Grijalva”, cuando en realidad lo es de Tabasco entero. En la aparente sencillez de su “Canción del Usumacinta”, Pérez Merino pareciera exhibir la influencia de Pellicer. Aunque sin duda él mismo tuvo la “inspiración” personal para cantar a cada uno de los 17 municipios del Estado, sus ríos y su naturaleza; incluyendo el casi himno “Villahermosa” y una bella intimidad, “Luna sobre el Grijalva”. Al igual que en Pellicer, su canto surge en el nacimiento del Usumacinta: “Desde la antigua y legendaria Guatemala/ Por entre selvas y entre piedras milenarias”. Pasa por su incorporación a México, un río sin límites geográficos: “Cruzas la frontera mexicana/ y te internas amoroso/ a mi tierra tabasqueña”. La épica: “Usumacinta, río sagrado”. Después, la pintura del carácter de la geografía que va transcurriendo y acumulando “con su cargamento de peces y estrellas”. Y el desahogo al fin: “Como un gigante que se siente herido/ te rindes al mar”; dejar de ser río, morir agua, torrencial dulce, para ser mar océano. Esa sencillez de canción con versos inspirados se enriquece con el hecho de la música –una realización que suele ser aun mayor al lenguaje de las palabras-, la abstracción acompañando al canto poético: Y así nace la canción. Léanse las líneas del compositor:

Canción del Usumacinta

Desde la antigua y legendaria Guatemala.

Por entre piedras y entre selvas milenarias.

Cruzas la frontera mexicana y te internas amoroso,

en mi tierra tabasqueña.

Usumacinta, río sagrado.

Río que por Tenosique pasas sollozando

por aquel poeta triste que jamás volvió.

Al cruzar por Balancán, hay eco de marimba.

Tienen sus vastas riberas rumor de canción.

El antiguo Montecristo, risueño y tranquilo,

desde sus altivas lomas te mira correr.

Y así pasas por Jonuta,

con tu cargamento de peces y estrellas.

Y después, como un gigante

que se siente herido,

te rindes al mar.

IV.

En ejercicio de cantante, grabé en 2006 el disco De mi tierra y de mi agua. Vol. I. Canciones tabasqueñas con arreglos semi o neo clásicos, para una orquesta de cámara conformada por once músicos integrantes de la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes, Orquesta Sinfónica Nacional y Orquesta Filarmónica de la UNAM; un ensayo distinto e inédito para estas piezas. Entonces, se grabaron dos audios extras sin registro de voz. Una nueva edición y regrabación en 2012 incorporó la voz a uno de ellos, “Canción del Usumacinta”. El archivo mp3 estuvo olvidado hasta que, en este aciago 2020, se editó con imágenes del río para un video de SDPnoticias FB, que aquí presento ya incorporado a youtube. Versión con orquesta de cámara -arreglo de Lev Migachoff, Ángel Rodríguez al piano y dirección de James Demster-, que prefigura la grandiosidad de su sentido si se escucha, con la imaginación del oído, ejecutada por una gran orquesta sinfónica o filarmónica; el resultado vivo sería un canto verdaderamente épico.

https://youtu.be/6Vxf0hYgnn8