La cultura ya no acompaña a la política; la condiciona. Y quien no lo entienda, competirá en un terreno que ya no domina.

Ayer señalábamos que la cultura dejó de ser entretenimiento para convertirse en infraestructura simbólica.

Hoy conviene aterrizarlo.

No es teoría.

Es evidencia.

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Cuando Taylor Swift incentivó el registro electoral en Estados Unidos, los portales oficiales reportaron incrementos inmediatos en inscripciones juveniles. No emitió plataforma. No fundó partido. Movilizó.

Lady Gaga convirtió escenarios masivos en espacios de posicionamiento sobre derechos civiles. No legisló. Pero fijó tono generacional.

En la esfera latina, Ricky Martin ha intervenido en debates migratorios con impacto directo en comunidades hispanas en Estados Unidos.

Shakira ha sido voz pública frente a crisis institucionales, generando conversación que trasciende lo musical.

Rubén Blades dio un paso más allá: pasó del escenario a la candidatura presidencial. La narrativa cultural se convirtió en proyecto político.

En España, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina marcaron durante décadas la sensibilidad democrática de varias generaciones.

En la televisión estadounidense, figuras como Jimmy Fallon han contribuido —entre sátira y normalización— a moldear la percepción pública de liderazgos. La comedia dejó de ser solo entretenimiento: es encuadre.

El patrón es transversal.

La cultura no sustituye al poder formal.

Pero define el clima donde ese poder compite.

Y el clima decide.

Decide participación.

Decide entusiasmo.

Decide legitimidad.

Decide resistencia o tolerancia.

Los partidos suelen reaccionar tarde porque miden estructura: encuestas, territorios, operadores.

Pero el ánimo colectivo no siempre aparece primero en los estudios demoscópicos.

Aparece en canciones.

En tendencias digitales.

En memes.

En estadios.

En foros masivos.

Y eso también está ocurriendo en México.

No como estridencia aislada, sino como síntoma.

La conversación pública ya no es monopolio de los partidos.

Ni de los gobiernos.

Ni de los medios tradicionales.

Es ecosistema abierto.

Cuando la cultura empieza a ironizar al poder, el desgaste ya comenzó.

Cuando comienza a ignorarlo, el desplazamiento está en marcha.

Cuando comienza a confrontarlo, el ciclo entra en fase terminal.

La pregunta para la clase política no es si los artistas “deben” opinar.

La pregunta es si los partidos entienden que el terreno ya cambió.

Porque hoy el poder simbólico puede erosionar legitimidad más rápido que cualquier oposición formal.

Las elecciones se ganan con estructura.

Pero la estabilidad se sostiene con narrativa.

Y la narrativa ya no pertenece exclusivamente a los partidos.

Pertenece a quien logra conectar con el ánimo colectivo.

Quien no lo comprenda podrá conservar el cargo.

Pero no el clima.

Y cuando se pierde el clima, el poder no gobierna: administra desgaste.