La ciencia cumplió una promesa antigua. Vivimos más años que cualquier generación previa, con padecimientos que ayer eran sentencia y hoy se administran como crónicos pero con tratamientos que incrementan año con año la esperanza de vida a pesar de las pandemias o de la inseguridad y la violencia. Y sin embargo, a medida que la medicina alarga la vida, crece una inquietud paralela, la de morir pronto y cómo queremos irnos, fundada por un miedo a convertirse en carga o perder la autonomía. Volví a México y me sorprendió que al tomar el metro en alguna estación de la línea 12, hay una campaña abierta sobre lo necesario para decidir cómo poder morir dignamente.

Largos pasajes informan sobre la voluntad anticipada y la diferencia con la muerte digna, lo necesario para que aquella pueda ser válida como tener padecimientos irreversibles y tomar la decisión acompañados de profesionales de la salud.

El mismo saber que nos retiene en el mundo despierta la pregunta por la salida. La expectativa de la “muerte digna” es que podrá aliviar el miedo al dolor de morir pues la palabra “digna” esconde entre líneas el hecho de quedarse en un sueño profundo del que no hay retorno, sin dramas ni asfixia o desesperación. Nunca antes tantas personas exigieron decidir el final, la razón probable es porque nunca antes ese final se pospuso tanto. Vivir más implica el miedo a no vivir bien y curiosamente, un instinto hacia elegir adelantar aquella muerte antes que alargar un sufrimiento.

Dos modelos europeos ordenan hoy ese deseo, vale la pena mirarlos juntos porque marcan los extremos de una misma línea.

Francia acaba de incorporarse al mapa. Este agosto, Macron promulgó la ley del “derecho a la ayuda a morir”, avalada por el Consejo Constitucional y prevista para operar en enero de 2027. El texto es deliberadamente estrecho. Reserva el acceso a personas mayores de edad, francesas o residentes, con una enfermedad grave e incurable en fase avanzada o terminal, un sufrimiento físico insoportable y plena capacidad de discernimiento. Francia se vuelve el quinto país de la Unión Europea que lo admite. Países Bajos representa el otro extremo, el del país que ya recorrió esa pendiente y se instaló en ella. Desde 2002 no exige terminalidad. Basta un sufrimiento insoportable y sin perspectiva de mejora, físico o psíquico. En 2025 se registraron 10.341 casos, un 3.8 por ciento más que el año anterior. La cifra sube cada año con la naturalidad de un indicador sanitario más.

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Entre uno y otro modelo cabe toda la discusión, porque el estándar de la buena muerte no es fijo. Se ensancha. Empieza donde casi nadie objeta, la enfermedad incurable y dolorosa, el cuerpo que se apaga entre tormentos, y avanza hacia territorios donde el consenso se deshace. En Países Bajos el sufrimiento psíquico ya es causa suficiente. Los casos psiquiátricos siguen siendo una fracción menor del total, pero crecen. Se ha concedido la eutanasia a personas jóvenes sin enfermedad terminal alguna, con depresión resistente, trastornos de la personalidad, autismo. El horizonte del debate neerlandés incluye incluso la “vida cumplida”, la de quien, sin patología, considera que su biografía terminó. Hay matrimonios de adultos mayores que lo eligen conjuntamente como un desenlace seguro para el amor de la vida.

La duda que es flagelo es que nunca nos decimos la verdad para no lastimarnos en humanos. Es difícil saber cuando un sistema social desecha a un grupo poblacional que ya no quiere cuidar y es difícil también aceptar que este tipo de decisiones tiene mucho que ver con no querer afectar la vida de los demás con nuestras dolencias. Cuando un psiquiatra le dice a su paciente que ya no puede ayudarla y firma, en cambio, su acceso a la muerte, algo se ha desplazado en la medicina. El sufrimiento psíquico, a diferencia del terminal, admite muchas veces otra respuesta como sanar el sistema, cambiar los hábitos, tiempo, tratamiento, vínculo, condiciones materiales distintas. La depresión crónica no es un pronóstico cerrado del mismo modo que un cáncer en fase final. Y aun así, en algunos sistemas se ha vuelto una causal más. Uno intuye que el mundo donde enfermamos prefiere desecharnos antes que abrir espacios de cambio donde podamos sanar. Sale más barato ofrecer una salida que reconstruir una red de cuidado. La muerte digna corre el riesgo de volverse la coartada elegante de un abandono.

Hasta este punto, la crítica. Y sin embargo…

Y sin embargo, me atrevería a decir que no hay más remedio que ser radicales soportadores de la libertad. Si alguien decide morir tendría que poder hacerlo en las mejores condiciones y es cierto que a veces, el egoísmo de los que sienten demasiado amor pretende impedir que los pacientes guarden su autonomía. Algunas familias quisieran retener a cualquier precio a su ser querido. La objeción anterior, por legítima que sea, esconde una tentación peligrosa: la de que alguien más, el médico, el Estado, el legislador, el moralista, decida por el otro cuándo su dolor es bastante y cuándo no lo es. El garantismo enseña que los derechos limitan el poder y no nos tutelan hasta la asfixia. La dignidad tiene dos rostros que en este tema chocan. Uno la entiende como valor inherente que el Estado debe proteger, aun de nosotros mismos. El otro la entiende como autodeterminación, como el señorío último sobre la propia existencia. Quien defiende el primero termina por decidir sobre la vida ajena en nombre de cuidarla. Quien defiende el segundo carga con el vértigo de una libertad sin barandal.

No tengo la solución, y desconfío de quien la ofrece con demasiada seguridad.

El intríngulis es real. Ampliar el estándar sin freno convierte la buena muerte en una política de descarte para los más frágiles. Cerrarlo con mano dura convierte al garante en carcelero del propio cuerpo. La muerte digna es un enigma, y difícilmente otra persona esté facultada para dictar cuándo es válido morir y cuándo no. Ninguna estadística sanitaria ni ningún decreto cargan ese peso por nosotros. Cada quien lo carga solo. Ahí está el intríngulis.

Aún así, confieso que sospecho de que el caso mexicano es distinto a la Unión Europea. Hace un par de años, la política de salud deliberadamente anunció el cierre de hospitales psiquiátricos y la carga sobre el sistema de salud rebasa la capacidad de atención, el empobrecimiento por padecimientos deja sin bienes a las familias que apenas con algo intentaban salvar a su ser querido por medios privados, para los que menos tienen, solo hay una condena obvia. Ojalá morir dignamente implique también el derecho a elegir vivir y los medios para poder hacerlo dignamente.