Lo ocurrido en la sede del Senado mexicano este 27 de agosto no puede ni debe pasar inadvertido. Alejandro “Alito” Moreno, dirigente nacional del PRI, y Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva, protagonizaron una escena vergonzosa: una riña física, a golpes y empujones, en plena sesión de la Comisión Permanente. Todo esto, mientras se entonaba el Himno Nacional.
La violencia fue directa y brutal. Moreno irrumpió reclamando la palabra, y al no ser concedida, desató una agresión física que incluyó golpes y amenazas. Su propio colaborador terminó en el suelo, pateado y humillado. Noroña, lejos de calmar la situación, respondió con furia, completando el lamentable espectáculo. La tribuna se convirtió en un ring, el Senado en un circo.
Esto no es política: es barbarie institucional. Lo que presenciamos no fue un intercambio de ideas, ni una legítima confrontación parlamentaria. Fue la expresión más baja de una clase política que ha perdido el sentido del límite, del respeto y de la función pública.
El Senado debe ser espacio de razón, no de agresión. De leyes, no de puños. De debates, no de amenazas. Y sin embargo, ambos personajes lo han transformado en una arena donde impera la testosterona y se anula el prestigio del Poder Legislativo.
Por eso, desde aquí alzamos la voz: exigimos la renuncia inmediata de Alejandro Moreno y de Gerardo Fernández Noroña. No se trata de colores, ideologías ni partidos: se trata de valores mínimos de convivencia democrática. Ninguno de los dos está ya moral ni políticamente habilitado para representar al pueblo mexicano.
Si nuestra democracia todavía pretende tener legitimidad, debe comenzar por poner orden dentro de sus propios muros. Lo ocurrido no merece disculpas ni posturas tibias: merece consecuencias.
Y sobre todo, merece memoria: porque la próxima vez que uno de estos personajes hable de paz, legalidad o dignidad, tendremos derecho a recordarles que ese día, en el Senado, la violencia habló por ellos.