El doctor Bernard Rieux, humanista y ateo, es el personaje principal de La peste, de Albert Camus. Rieux, quien lucha contra la pandemia en la ciudad argelina de Orán, analiza la honestidad en un diálogo con el periodista Raymond Rambert. Reproduzco la conversación:

Rieux: “Tiene usted razón, Rambert, tiene usted enteramente razón y yo no quería por nada del mundo desviarlo de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Sin embargo, es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad”.

Rambert: “¿Qué es la honestidad?”.

Rieux: “No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio”.

En la novela de Camus la peste es un símbolo del mal que emerge contra toda ética, sin justicia, sin sentido, absolutamente absurdo. En efecto, como la ocupación nazi de Francia. También, en otra escala, como lo realizado hace unos días por Estados Unidos en Venezuela.

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¿La nación más poderosa contra Latinoamérica? Después de un año de amagar con sanciones comerciales —los temidos aranceles— y de aplicar durísimas medidas migratorias, el gobierno estadounidense pasó, en los primeros días de enero de 2026, a la acción militar en territorio extranjero, en Venezuela, y ha amenazado, en lo que deseo pensar que todavía es retórica, a Colombia, Cuba e inclusive a las dos naciones latinoamericanas más importantes, México y Brasil.

¿Qué posición debía tomar la presidenta de México en la crisis de Venezuela? En la lógica de los textos de Camus del diario clandestino Combat, evidentemente Claudia Sheinbaum ha estado en una compleja encrucijada que plantea al menos tres enormes desafíos: luchar por la justicia en un tema que polariza, rechazar las mentiras de las partes ideológicamente enfrentadas y darle la espalda al cinismo del más aterrador poder existente en la actualidad.

La presidenta Sheinbaum, con cabeza fría y sin renunciar a sus principios, ha logrado un equilibrio delicado que ha conciliado la tradición de no intervención de México con el rechazo, sin abusar del lenguaje, a lo que EEUU hizo en Venezuela; subrayo, sin abusar del lenguaje, es decir, sin pelear discursivamente ni en forma abierta ni velada con Donald Trump, el hombre que posee la mayor capacidad de modificar, para bien y para mal, el rumbo de los acontecimientos mundiales; todo esto, además, con el mérito de haber dado la espalda a la acostumbrada rimbombancia, cargada de insultos, que caracteriza a las izquierdas latinoamericanas cuando hacen referencia al sistema político estadounidense.

A diferencia del presidente Gustavo Petro, de Colombia, Sheinbaum no ha recurrido a cursilerías y bravatas para enviar, con toda firmeza, un contundente mensaje al gobierno de Estados Unidos: el de que “si el precio de la liberación es el terror, entonces no es liberación” —estas palabras de Camus en Combat sintetizan, en mi opinión, lo dicho por la presidenta mexicana sobre los hechos de Venezuela—. La mandataria tiene razón porque el haber llevado por la fuerza al dictador Nicolás Maduro a Nueva York para que se le juzgue, de ninguna manera puede ser considerado, con seriedad, como el inicio de una era de libertad y democracia en Venezuela, sino como el comienzo de una nueva forma de tiranía: a eso apunta la decisión del gobierno estadounidense de que, sin base legal de ningún tipo, administrará al país sudamericano que tiene las mayores reservas petroleras del mundo “hasta que podamos —dijo el presidente Trump— hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”.

No es correcto que Estados Unidos, solo porque puede, se convierta en el administrador de Venezuela. Es algo que la presidenta mexicana ha expresado con toda claridad, pero cuidando de no chocar con el mandatario estadounidense y, adicionalmente, asegurándose de que no se le perciba como defensora del régimen, innegablemente autoritario, fundado por Hugo Chávez.

Vuelvo al diálogo entre el doctor Bernard Rieux y el periodista Raymond Rambert. La lucha contra la peste —esto es, contra todo mal— no requiere heroísmo épico, sino honestidad cotidiana, que en el caso del médico de la obra de Camus consiste simple y sencillamente en practicar su oficio de la mejor manera posible.

Claudia Sheinbaum es lo que ha hecho: su trabajo, que en la crisis de Venezuela consiste en oponerse a la intervención militar de Estados Unidos en un país soberano. Pero eso, de gran relevancia, no es lo principal en el oficio de la presidenta. Lo más importante es seguir demostrando eficacia en todos los terrenos, como el de fijar aranceles a China para fortalecer al bloque comercial de América del Norte; profesionalizar las fronteras para ordenar la migración; limpiar las aduanas para combatir al huachicol, y por supuesto no dejar avanzar al crimen organizado, tema este último en el que ha habido grandes avances, tal como lo reconoce todo el mundo —incluidas las autoridades estadounidenses cuando se expresan con objetividad y sin politiquería—.

Como se aplica en su oficio prácticamente sin días de descanso, la presidenta Sheinbaum a diario demuestra que entiende las reglas del juego internacional y las aplica basada en los principios fundamentales de la diplomacia mexicana, como el de la autodeterminación de los pueblos.

En la resistencia francesa Albert Camus no fue un héroe, solo ejerció su oficio: escribir. Su trabajo fue muy eficaz.

Dejo enseguida el posicionamiento de la presidenta Sheinbaum sobre la crisis de Venezuela:

La posición de México frente a cualquier forma de intervención es firme, clara e histórica. A raíz de los hechos recientes en Venezuela, donde el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una intervención directa que derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, así como en la pérdida de vidas humanas, México reafirma un principio que no es nuevo y que no admite ambigüedades.

Rechazamos de manera categórica la intervención en los asuntos internos de otros países.

La historia de América Latina es clara y contundente, la intervención nunca ha traído democracia, nunca ha generado bienestar, ni estabilidad duradera.

Solo los pueblos pueden construir su propio futuro, decidir su camino, ejercer soberanía sobre sus recursos naturales y definir libremente su forma de gobierno.

Nuestra posición está claramente consagrada en la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, pero no es solo un principio nacional. La Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional establecen de manera inequívoca el respeto a la soberanía de los Estados, a su integridad territorial y al derecho de los pueblos a la libre determinación.

Por ello afirmamos con toda claridad que para México, y así debe ser para todas y todos los mexicanos, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos no son opcionales ni negociables, son principios fundamentales del derecho internacional y deben respetarse siempre sin excepciones.

La acción unilateral, la invasión, no pueden ser la base de las relaciones internacionales del siglo XXI, no conducen ni a la paz, ni al desarrollo.

George Washington en 1796 llamó a observar la buena fe y la justicia hacia todas las naciones, cultivar la paz y la armonía de todos. El continente enfrenta desafíos nuevos, la competencia económica global, particularmente frente al crecimiento de Asia, no se establece con el uso de la fuerza para someter a otros pueblos, sino con cooperación para el desarrollo, inversión productiva, innovación, educación y bienestar social.

Sostenemos que el continente americano puede y debe avanzar hacia una nueva visión, una visión basada en la cooperación y no en la intervención. Eso implica de manera concreta:

Primero. El respeto pleno irrestricto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos. Cada nación tiene el derecho inalienable de decidir su modelo político, económico y social, sin presiones externas.

Segundo. La inversión productiva orientada al desarrollo en infraestructura, energía, transporte, educación, ciencia y tecnología. El desarrollo se construye.

Tercero. Una integración económica regional basada en cadenas productivas compartidas, comercio justo y beneficio para todos los países del continente que nos permita ser autosuficientes, como región, a la par de competir con el crecimiento de Asia.

Cuarto. El bienestar social como eje central del desarrollo, el crecimiento económico que no reduce desigualdades ni pobreza, no puede considerarse verdadero progreso.

Quinto. El diálogo permanente entre iguales. La estabilidad del hemisferio se construye con entendimiento, cooperación y respeto mutuo.

México sostiene con convicción que América no pertenece a una doctrina ni a una potencia. El continente americano pertenece a los pueblos de cada uno de los países que lo conforman.

Lincoln definió la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Benito Juárez, estableció claramente que “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Esa es la visión que defendemos y seguiremos defendiendo: integración económica del continente y cooperación con respeto a la soberanía.

En lo que respecta a la lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizada. En los últimos meses hemos establecido un entendimiento con Estados Unidos basado en cuatro principios:

  • Respeto a la soberanía y a la integridad territorial.
  • Responsabilidad compartida y diferenciada.
  • Respeto y confianza mutua.
  • Y cooperación sin subordinación.

México coopera con Estados Unidos, incluso por razones humanitarias, para evitar que el fentanilo y otras drogas lleguen a su población, particularmente a las y a los jóvenes. Como lo hemos dicho en otras ocasiones: no queremos que el fentanilo, ni ninguna droga, se acerque a ningún joven, ni en Estados Unidos, ni en México, ni en ningún otro lugar del mundo. Lo hacemos de manera responsable y decidida.

Para México, el objetivo central es reducir la violencia y construir una paz duradera con justicia en nuestro territorio. Los resultados están a la vista: una reducción de 37 por ciento en el homicidio doloso, cientos de toneladas incautadas de diferentes drogas ilegales, decenas de delincuentes extraditados.

Sin embargo, es importante recalcar que cuando hablamos de responsabilidad compartida, respeto y confianza mutua, que esta violencia que se vive en nuestro país tiene entre sus causas, la entrada ilegal de armas de alto poder desde Estados Unidos hacia México, así como el grave problema del consumo de drogas en el país vecino.

De igual forma, hemos señalado que debe combatirse con firmeza a los grupos que distribuyen droga y lavan dinero tanto en México como en los Estados Unidos.

Como lo he expresado en conversaciones con el presidente Trump: la atención a las causas también es fundamental. Hemos incluso coincidido en que los valores, el apoyo familiar, la educación y la comunicación masiva son herramientas indispensables para evitar el consumo de drogas.

Finalmente, es necesario reafirmar que en México manda el pueblo y que somos un país libre, independiente y soberano.

Cooperación, sí; subordinación e intervención, no.