Protestas masivas, canciones de Bruce Springsteen, Billie Eilish y Taylor Swift, las voces de Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Robert De Niro, Antonio Banderas, George Clooney, Lady Gaga, Brad Pitt y decenas —cientos— de referentes culturales pesan hoy más que la política formal. La brutalidad de ICE, las muertes de Pretti y Good, la detención de niños, de migrantes legales y de ciudadanos estadounidenses, y la tibieza de la clase política exhiben un vacío de liderazgo que ya no puede maquillarse. La voz de la gente se convirtió en árbitro, y Trump y su corte celestial saben que la derrota anticipada existe, aunque intenten sofocarla con ruido.

Conviene decirlo con claridad: no estamos frente a un presidente fuera de control ni ante un improvisado. Trump no es un tonto. Es un operador frío, un genio del spin, un político que entiende como pocos que quien controla el caos controla la agenda. Gobierna desde la provocación permanente porque sabe que el escándalo continuo desgasta más a quien reacciona que a quien lo produce.

Juega a la caja china en varios frentes. Venezuela fue un expediente útil que dejó congelado. Irán es una amenaza calculada sin intención real de guerra. Groenlandia funciona como mensaje geopolítico hacia China y Rusia. Los aranceles son garrote retórico para negociar sin cumplir. Y mientras tanto, en casa, empuja el experimento más peligroso: la normalización del autoritarismo cotidiano.

ICE, DHS y CBP operan como fuerza de choque. Entran sin órdenes judiciales, invaden casas y vehículos, rompen propiedad privada, golpean, amarran, humillan. Actúan sin identificación, en autos sin marcas oficiales. Ignoran órdenes judiciales. Se llevan a personas que luego resultan ser ciudadanos estadounidenses o migrantes legales, obligándolos a pagar abogados para recuperar derechos que nunca debieron perder. Incluso funcionarios electos, regidores, legisladores locales, han sido golpeados o detenidos. Y no pasa nada.

El caso de Liam Conejo Robles terminó con su liberación y su regreso a casa. La presión social funcionó. Artistas, indignación pública, visibilidad global. Pero sería una trampa moral quedarnos ahí. Por cada niño liberado hay cientos aún detenidos. Y miles de adultos. Y familias separadas. Y menores cuyos padres siguen presos. Incluso delincuentes condenados tienen derechos; aquí se trata como animales a personas que son, en el mejor de los casos, presuntamente inocentes.

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¿Qué pasó con la Guardia Nacional convocada en Minnesota por el gobernador Tim Walz? ¿Cómo están actuando realmente las policías locales en los estados demócratas y las ciudades santuario? ¿Dónde están los gobernadores coordinando una defensa frontal, conjunta y sostenida? ¿Qué legisladores federales demócratas están liderando una ofensiva parlamentaria real y no solo discursos para redes sociales?

Hay excepciones. Barack Obama ha hablado con claridad. Gavin Newsom se ha colocado como una de las pocas figuras políticas con peso nacional real y capacidad de arrastre. Michelle Obama asoma, aunque todavía con cautela. Algunos gobernadores y legisladores han levantado la voz. Pero no hay bloque. No hay acción monolítica. No hay una estrategia que jale a los republicanos arrepentidos, que los hay, que lo dicen en privado, pero que no actúan. No hay costo político para el abuso.

Y entonces surge la pregunta que incomoda: ¿a qué le temen? ¿A represalias? ¿A que ICE toque sus casas? ¿A auditorías selectivas? ¿A perder privilegios? Porque información hay. Pruebas sobran. El cálculo político, incluso por conveniencia electoral, indicaría que este es el momento de actuar. Y aun así, la clase política observa, mide, duda, se esconde.

Mientras tanto, la sociedad va muy por delante. La reacción a Springsteen —a sus más de setenta años— encabezando con música lo que muchos políticos no se atreven a encabezar con acciones es una señal brutal. Los líderes culturales están haciendo el trabajo que la política abandonó. Pero no basta con unos cuantos. Hacen falta más springsteens, más obamas, más figuras dispuestas no solo a hablar, sino a estar en la calle, a poner el cuerpo, a asumir riesgos.

Y hay un silencio que también pesa: ¿dónde está el Papa León? ¿Dónde está la voz moral global frente a niños detenidos, ciudadanos golpeados y jueces ignorados? A estas alturas, el silencio ya no es prudencia diplomática: es omisión histórica.

Marchar ya no alcanza. Denunciar ya no alcanza. Indignarse ya no alcanza. Cuando el poder deja de obedecer la ley, la desobediencia civil deja de ser una opción y se convierte en un deber democrático. Paros nacionales reales. Plantones masivos. Ocupación pacífica del espacio público. Acción coordinada de líderes sociales, culturales, religiosos y políticos, no desde el confort del discurso, sino desde la incomodidad del compromiso.

Trump apuesta a que el miedo gane. A que la dispersión desgaste. A que la tibieza paralice. A que el ruido oculte el fondo.

La pregunta ya no es si esto es autoritarismo. La pregunta es si la sociedad está dispuesta a aceptar que se normalice.

Porque si la política no lidera, la gente lo hará. Si las instituciones fallan, la calle ocupará su lugar. Y si incluso eso no basta, la historia será implacable con quienes callaron, miraron hacia otro lado o calcularon demasiado.

Y entonces el paso clave no admite medias tintas: esto no se detendrá solo, no se corregirá con prudencia ni se resolverá esperando; o la sociedad organizada pone un límite ahora, con todo el costo que implica, o mañana ya no estaremos discutiendo excesos, sino explicando —tarde— cómo dejamos que la democracia se desmoronara sin atrevernos a defenderla.