El discurso sobre el Estado de la Unión del presidente Donald Trump no fue simplemente una pieza retórica para consumo de sus gobernados. Fue una reafirmación de poder. Y eso (el poder ejercido sin complejos) es precisamente lo que incomoda a buena parte de la comentocracia mexicana.

Trump volvió a colocar sobre la mesa una premisa que en ciertos círculos progresistas se considera casi herética: la paz no es producto de la debilidad, sino de la fuerza. “Peace through strength is not a slogan; it is policy”, sostuvo. No es una frase nueva en la tradición estratégica estadounidense, pero sí una que hoy marca contraste con una etapa internacional caracterizada por ambigüedades, vacilaciones y retrocesos. El mensaje es claro: Estados Unidos no renunciará a su capacidad disuasiva ni a su liderazgo hemisférico. Nunca lo ha hecho, simplemente a veces, lo disimula.

En materia migratoria, el presidente insistió en una idea que sintetiza su visión soberanista: “A nation without borders is not a nation”. Más allá de simpatías o antipatías, los datos muestran que el endurecimiento de los controles fronterizos y la presión política han modificado los flujos irregulares y el tono del debate público en América del Norte. La frontera dejó de ser un tema moral abstracto para convertirse nuevamente en una cuestión de seguridad nacional y orden institucional. Ese cambio de marco es, en sí mismo, un triunfo político. No se trata solo de Trump; todos, todos los países, ya sean gobernados por izquierdas o derechas, desde monarquías hasta democracias consolidadas, defienden sus fronteras. Ninguno ha ofrecido desparecerlas en aras del libre tránsito o de bloques geoeconómicos.

En el plano económico, Trump reivindicó el uso estratégico de los aranceles como herramienta de defensa productiva. Durante años, el libre comercio fue tratado como dogma incuestionable; hoy, la relocalización industrial y la protección de sectores estratégicos son parte del consenso emergente. Los ingresos derivados de aranceles (que su administración ha presentado como instrumento de presión y recaudación simultánea) forman parte de una narrativa más amplia: recuperar capacidad manufacturera, fortalecer la base fiscal y reducir dependencias críticas. Puede discutirse el método, pero el giro estratégico es innegable.

Sin embargo, el elemento más profundo del discurso no fue económico ni migratorio, sino cultural. Trump habló de libertad religiosa, familia, trabajo, identidad nacional. En otras palabras, habló de civilización. Y ahí radica la dimensión hemisférica del mensaje. En un contexto donde el crimen organizado transnacional, las dictaduras latinoamericanas y las tensiones geopolíticas erosionan la estabilidad regional, el énfasis en valores occidentales funciona como ancla política y simbólica.

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¿Por qué incomoda tanto este liderazgo en ciertos sectores mexicanos? Porque obliga a definir posiciones. La narrativa cómoda, la que reduce todo a caricatura ideológica en la que toda forma de discernir es válida (aunque carezca de elementos formales y argumentos), se vuelve insuficiente cuando la realidad muestra capacidad de acción: control fronterizo efectivo, presión diplomática, reconfiguración comercial, influencia cultural. Reconocer eficacia no implica adhesión acrítica; implica honestidad intelectual.

El problema es que buena parte de la comentocracia mexicana, que pasa por exfuncionarios convertidos en politólogos, analistas “expertos” reciclados en medios de comunicación masiva, intelectuales ávidos de hacerse escuchar, y un largo etcétera, opera en clave reactiva. Prefiere el gesto moral a la evaluación estratégica. Minimiza el liderazgo estadounidense cuando no coincide con su sensibilidad ideológica, aun cuando ese liderazgo impacta directamente la seguridad, la economía y el entorno político de México. En un mundo interdependiente, ignorar el peso específico de Washington no es un acto de soberanía: es un error de cálculo.

Trump no solo habló para el Congreso. Habló para el mundo. Y en el hemisferio occidental, su discurso marca un ritmo distinto: firmeza en sus fronteras, presión económica selectiva, reivindicación cultural explícita. Se podrá disentir, es absolutamente válido, pero no se puede negar que hay dirección, intención y coherencia.

En tiempos de volatilidad global, el liderazgo —cuando es claro— genera orden. Y el orden, aunque incomode, sigue siendo condición básica para la estabilidad y la prosperidad.