El presidente Donald Trump se empecina en superarse a sí mismo. Sin buscarlo ha dejado muy atrás a políticos estadounidenses del pasado. Mientras hace unos años Richardo Nixon era considerado como el símbolo de la mentira, de la corrupción y del conflicto de interés, el protagonista de Watergate hoy sería un crío lactante en comparación con quien hoy ocupa la Casa Blanca.
Lo que sucedió hace dos días no tiene precedente en la historia del deporte internacional. Por primera vez un presidente estadounidense ha reconocido abiertamente haber llamado a la cabeza de una organización deportiva para pedirle que revise una decisión arbitral. Como se sabe, fue en el contexto de una expulsión aplicada al futbolista Folarin Balogun en el partido contra Bosnia-Herzegovina.
Acto seguido, según trascendió, la FIFA de Gianni Infantino reculó, y Balagon jugó el partido de octavos de final contra Bélgica. Sin embargo, para la algarabía de medio planeta, incluidos muchos estadounidenses indignados ante los actos de Trump, la selección de Estados Unidos resultó avasallada contra los belgas y quedó eliminada del Mundial.
A pesar de que terminó saliéndole mal a Trump, el hecho ha quedado enmarcado como el episodio más bochornoso, patético, lamentable y corrupto del torneo. El presidente estadounidense, en un clarísimo abuso del poder de su investidura, se atrevió a inmiscuirse en un asunto deportivo que nada tiene que ver con sus facultades constitucionales. Lo hizo, como se espera del dictadorzuelo gringo, como resultado de su narcisismo delirante.
La FIFA, por su parte, ha encajado el golpe mayor. No contentos con haber sufrido el descrédito provocado por los escándalos de corrupción de la era de Joseph Blatter, han dado un paso más hacia la desvergüenza. ¿Cómo podrá ahora sacudirse la sospecha de favoritismo que se le imputa en relación con Argentina? ¿O que favorezca a Lionel Messi con penales? ¿O las pausas de hidratación? ¿Cómo puede justificar haber reculado ante una presión política desde Washington?
Trump y su gobierno corrompen lo que tocan. Lo han hecho con funcionarios, gobiernos extranjeros, empresas, jueces, ministros, y ahora, con una de las más importantes organizaciones internacionales del planeta.
