Hay personajes en la política que, con el paso del tiempo, terminan volviéndose predecibles. Donald Trump es uno de ellos. Cada vez que enfrenta un revés judicial, una crítica internacional o simplemente un mal día, su reacción es siempre la misma: golpear la mesa, despotricar en sus redes sociales y firmar un decreto con aires de venganza.

La más reciente ocurrencia del magnate transfigurado en presidente no es la excepción. Este sábado, Trump anunció que incrementará los aranceles globales del 10% al 15% para todos los países. La medida, según sus propias palabras en Truth Social, será “efectiva de inmediato”. ¿La razón? Un día antes, la Corte Suprema de Estados Unidos tuvo la osadía de recordarle que no está por encima de la ley y tumbó su política arancelaria previa, aquella que impuso al amparo de poderes de emergencia que, resulta, no tenía.

La escena es de un aire circense. Trump, herido en su orgullo, responde con el único libreto que conoce: el del autoritarismo disfrazado de patriotismo. En su publicación, acusa a otros países de estafar a Estados Unidos durante décadas y se presenta a sí mismo como el salvador que finalmente pondrá orden.

Pero lo que realmente cansa no es solo la medida en sí, sino la forma. Cansa la soberbia con la que anuncia decisiones que afectan cadenas de suministro globales, encarecen productos y, al final del día, terminan pagando los consumidores. Cansa la retórica incendiaria contra jueces de la Corte Suprema —a los que no dudó en calificar de “antiestadounidenses” por atreverse a disentir— y contra aliados históricos a los que trata como enemigos. Cansa, en fin, la infantil incapacidad de aceptar una derrota sin convertirla en un berrinche con consecuencias globales.

Lo más preocupante es que esta no es una actuación aislada. Es un patrón. Cada vez que Trump se siente acorralado, responde con más confrontación. La Corte le dice que no puede imponer aranceles vía poderes de emergencia; él responde subiendo la apuesta con un nuevo decreto. Los mercados reaccionan con incertidumbre; él promete más aranceles en los próximos meses. Los demócratas celebran el fallo judicial; él los ignora y redobla la agresividad.

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Provoca cansancio este tipo de reacciones de Trump. Tanto que los derechistas mexicanos se quejaban de dictaduras y derivas autoritarias y ahora la tenemos, peligrosamente, al lado.

A estas alturas, la actitud de Trump cansa hasta a sus más fieles seguidores. Porque si bien el discurso de “poner a Estados Unidos primero” suena bien en los mítines, la realidad es que estas políticas terminan fragmentando alianzas, aislando al país y, paradójicamente, debilitando la economía que dicen proteger.

La pregunta que queda en el aire es: ¿Hasta cuándo?... ¿Hasta cuándo el mundo tendrá que soportar esta montaña rusa de decretos impulsivos, amenazas vacías y berrinches presidenciales?