En los últimos años, la discusión pública sobre la violencia sexual infantil ha ganado visibilidad, lo cual es indispensable pensando en que nuestro país encabeza estadísticas mundiales de producción y consumo de este tipo de contenido así como en crímenes. Sin embargo, no toda estrategia de sensibilización logra el efecto que pretende y hacer estrategias de prevención debería tomar en cuenta que no todas las partes de las que hablamos están en el mismo nivel de comprensión o madurez pues las niñas y los niños se encuentran en etapas de desarrollo, aprendizaje y comprensión del mundo mientras que los adultos justamente han aprendido lo suficiente como para valerse por sí mismos, tomar decisiones y asumir obligaciones de cuidado hacia otros.
La Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas ha planteado una crítica relevante a la campaña “Niñas no madres” impulsada por el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, señalando que algunos de sus mensajes podrían resultar problemáticos desde el punto de vista científico, psicológico y de política pública. En esta columna coincidimos y creemos fundamental destacar sus argumentos, pues las campañas que le hablan directo a las niñas para decirles que no sean madres omiten que en el camino, existen adultos que abusaron de su posición de cuidado o manipularon a niñas para participar en actos no adecuados para su edad y desarrollo. El discurso así como el castigo debería estar destinado a esos adultos y la construcción social desarrolló la vergüenza tendría que enfocarse en penalizar a los adultos que forman parte de este tipo de relaciones, no en las niñas que han sido víctimas de esos adultos.
El posicionamiento parte de un reconocimiento de visibilizar la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes es urgente, así como promover acciones que contribuyan a su erradicación. No obstante, ADIVAC advierte que la forma en que se construyen ciertos mensajes puede generar efectos contrarios a los deseados si no se cuida su precisión conceptual.
Uno de los puntos más delicados tiene que ver con la noción de consentimiento en menores de edad. Es interesante esa noción porque en Europa, por ejemplo, la última conversación sobre consentimiento en caso de violación para personas adultas se centró en expresar la voluntad informada sobre hacer algo y hacer esa expresión indubitable cuando se trata de un encuentro sexual. El consentimiento informado implica saber lo que se hace, lo que significa lo que se hace, sus consecuencias y una persona en formación, niña o niño, es imposible que cuente con elementos como para poder dar consentimiento. Simplemente no hay manera de que el cerebro a esa edad pueda contener las cosas básicas para comprender al ser en sí mismo y la sexualidad.
Algunos planteamientos de la campaña parecen sugerir que la prevención depende de la capacidad de niñas y niños para aceptar o rechazar situaciones. Pero la evidencia en desarrollo infantil y neurociencias indica que las personas menores de edad no poseen la madurez necesaria, ni en lo cognitivo, ni en lo emocional, ni en lo neurobiológico, para emitir un consentimiento válido frente a personas adultas, especialmente cuando existe una relación desigual de poder.
Insistir en este enfoque sin matices puede llevar a interpretaciones erróneas e incluso fomentar, de manera indirecta, sentimientos de culpa en las víctimas, al insinuar que no haber dicho “no” equivale a haber participado voluntariamente.
Otro aspecto fundamental es la manera en que realmente ocurre la violencia sexual infantil. Lejos de la idea extendida de la fuerza física como mecanismo principal, múltiples estudios en trauma y criminología muestran que estos abusos suelen desarrollarse mediante procesos graduales de manipulación con seducción, engaño, construcción de vínculos afectivos y aislamiento. A esto se suma que, ante situaciones de amenaza, el cuerpo puede responder con mecanismos como la inmovilidad o la sumisión, lo que limita la capacidad de reacción o de expresar rechazo. Bajo esta perspectiva, reducir la prevención a mensajes como “di no” o “expresa incomodidad” resulta claramente insuficiente para reflejar la complejidad del fenómeno.
La organización ADIVAC también advierte sobre un riesgo particularmente sensible que es el trasladar de forma implícita la responsabilidad hacia las víctimas. Cuando se enfatiza lo que niñas, niños y adolescentes “deberían hacer” como negarse, denunciar o identificar señales sin dejar absolutamente claro que la responsabilidad recae exclusivamente en el agresor adulto, se corre el peligro de imponerles una carga que no les corresponde. Los enfoques contemporáneos basados en el trauma son contundentes al respecto en cuanto a prevenir, evitar y responder a la violencia sexual es responsabilidad de las personas adultas, las instituciones y el Estado.
A esto se suma un problema frecuente en la comunicación pública: la simplificación excesiva. Las campañas dirigidas a grandes audiencias deben evitar ambigüedades y reduccionismos que distorsionen problemas complejos. Conceptos poco claros pueden traducirse en desinformación, malas interpretaciones e incluso en prácticas inadecuadas tanto de prevención como de atención. Además, desde la óptica de las políticas públicas, no basta con sensibilizar, pues es imprescindible acompañar los mensajes con rutas concretas de acción, mecanismos accesibles de denuncia y un fortalecimiento real de las instituciones encargadas de responder.
Finalmente, se subraya la importancia de construir una corresponsabilidad social bien entendida. Si bien es necesario involucrar a distintos sectores de la sociedad, esto no debe hacerse a costa de generar estigmas o generalizaciones. Por el contrario, se requiere una comprensión estructural del problema que atienda las normas sociales, las relaciones de poder y los contextos de riesgo que lo hacen posible.
El llamado de fondo es que las campañas de prevención son necesarias, pero deben diseñarse con rigor técnico, sustento científico y un enfoque especializado en desarrollo infantil y trauma. La precisión no es un detalle menor. Comunicar de forma inadecuada no solo reduce la eficacia de las estrategias, sino que puede generar nuevos riesgos para la comprensión social del problema y la protección de las víctimas. En otros tiempos, las campañas de este tipo eran lanzadas de la mano con especialistas y organizaciones de la sociedad civil con experiencia manejando este tipo de asuntos. Esa forma colaborativa de trabajo debería volver. Las campañas construyen la idea que tenemos sobre los temas y nadie mejor que quienes atienden constantemente estos temas para expresar todos los mensajes y elegir a los destinatarios correctos. Decirle a las niñas que no sean madres es algo misógino cuando vemos que se invirtieron recursos en eso en vez de decir a los hombres que no sean violadores, que no sean acosadores, que dejen de consumir niñas, que dejen de consumir pornografía, que tocar niñas y niños está mal, que a las niñas y niños deberíamos cuidarles, que no está bien la diferencia de edad en las relaciones, que “conquistar” a alguien que tiene quince años de edad menos que tú es una actitud pedófila, que la pedofilia está mal en sí misma porque destruye vidas de otros niñas y niños inocentes solo con el hecho de objetivizarlos o con las consecuencias de otros actos, que la pedofilia es un crimen, que ningún hombre debería aceptar ser pedófilo ni estar en grupos de WhatsApp de pedofilia ni soportar o aceptar al amigo pedófilo mayor de edad que tiene una “novia” de 13 años.
Por ello, se propone incorporar de manera más activa a especialistas en áreas como psicología del desarrollo, neuropsicología, trauma, criminología, derechos de la infancia y políticas públicas en el diseño de estas iniciativas. Solo así será posible garantizar que los mensajes no solo informen, sino que realmente protejan. El comunicado de ADIVAC se encuentra en sus redes sociales y ahí puede consultarse más información también sobre la asistencia que brindan.



