AMLO siempre pretendió destruir al Instituto Nacional Electoral. Lo buscó desde un principio. Fiel a su espíritu de populista autoritario, se dirigió hacia el desmantelamiento de la misma institución que hizo posible que llegase a la presidencia en 2018. Sin embargo, no se trató de un caso exclusivo mexicano, sino que es un fenómeno que se ha presentado en distintos países, donde un líder carismático, tras alzarse a través de los organismos democráticos, decide torpedearlos una vez alcanzado el poder. La 4T no ha sido ni siquiera original en sus vulgares pretensiones antidemocráticas.
El tabasqueño buscó destruir al INE con su Plan A, que no era otra cosa que una reforma constitucional para desterrar al organismo, sustituirlo por otro y que sus consejeros fueran electos por voto popular; idea que se reproduciría más tarde con la nefasta reforma judicial. Sus planes fracasaron pues no contaba con la mayoría calificada en el Congreso.
En el Plan B, a pesar de ser de un calado menos ambicioso, AMLO y sus legisladores pretendían reducir al INE, mediante una reforma a las leyes secundarias, a su mínima expresión, lo que habría obstaculizado, en opinión de especialistas en materia electoral, el propio funcionamiento de la institución. Fue una nueva embestida pero sin cambio a la Carta Magna. Tampoco le salió bien, pero no derivado en ese momento de no sumar los votos necesarios en el Congreso, sino por la decisión de la Suprema Corte de Norma Piña de invalidar una reforma que contravenía la constitución.
Tras sus dos sucesivos fracasos, el obradorismo optó por no buscar más una reforma jurídica, sino mediante la apropiación del organismo desde adentro mediante una operación dirigida a colocar a Guadalupe Taddei y, más tarde, a que ésta contase con plenas competencias para el nombramiento de funcionarios de alto nivel. Fue, en otras palabras, una acción que aspiraba a entrar por la retaguardia del INE con los mismos objetivos perseguidos por los planes A y B: destruir la independencia de las autoridades electorales.
México vive su momento más oscuro en términos de democracia electoral. El obradorismo, de manos de AMLO, de Sheinbaum y de sus oscuros legisladores, ha aniquilado lo poco que había resultado exitoso como fruto de la transición democrática iniciada hacia finales del siglo XX.
