A veces los conflictos más graves nacen de algo aparentemente menor: una palabra o una frase mal interpretada. En cierto sentido así ocurrió con el discurso de Luis Donaldo Colosio Murrieta del 6 de marzo de 1994. En aquel mensaje habló de la hora de la confianza para todos, la de traducir las buenas finanzas nacionales en buenas finanzas familiares.

Era una frase que buscaba un objetivo, si no modesto, en absoluto revolucionario; una meta alcanzable a través de la buena fe, el combate a la corrupción y el ajuste de políticas públicas que, entonces, privilegiaban a las grandes fortunas mientras profundizaban la pobreza de las mayorías.

Colosio, un hombre generoso y sensible, pretendía nada más humanizar el modelo económico neoliberal vigente, hacer que la estabilidad macroeconómica se reflejara en la vida cotidiana de las familias.

Pero en la cúpula del sistema priista, el mensaje se recibió de otra forma. Hubo quienes interpretaron la frase como un quiebre con el rumbo neoliberal e, incluso, como el anuncio de un giro radical hacia el populismo o el socialismo.

La palabra traducir fue mal traducida y se leyó como un intento de desmantelar el sistema. Esto ilustra una realidad que no debemos perder de vista: en política, una palabra puede ser escuchada dentro de un juego de significados distinto al que el orador imaginaba.

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¿Por qué recordar a Luis Donaldo ahora? Por un documental de HBO España, para el cual me entrevistaron hace meses. Casualmente, esa misma semana Denise Maerker también me consultó para su serie sobre el PRI, en la que relaté mis vivencias junto al candidato asesinado. El trabajo de HBO está próximo a estrenarse.

En el tráiler deLos asesinos de Colosio digo: “Colosio era incómodo para todos los grupos priistas”. Hoy completaría esa tesis: “Colosio era incómodo para quienes, en el PRI, al no entender su sistema de lenguaje, lo interpretaron erróneamente y lo condenaron a la muerte".

En aquel sistema dominado por Carlos Salinas, traducir a Colosio fue aún más difícil por un hecho clave: dos noches antes de ser asesinado, el sonorense cenó con un joven izquierdista que sí soñaba con la transformación radical del neoliberalismo: Andrés Manuel López Obrador. Es probable que en esa charla hayan abordado, precisamente, la desigualdad que Donaldo pretendía reducir mediante una ingeniería social fragmentaria —según el concepto de Karl Popper—.

Lo importante no es reconstruir aquella historia —HBO seguramente lo hace muy bien—, sino advertir su lección: la política descarrila cuando los actores no comparten el mismo código. El salinismo no comprendió que el colosismo solo buscaba un sistema más justo; creyeron que su ruta era la ruptura por la izquierda y decidieron combatirlo.

Años después, en 2006, convencido del hartazgo social ante la injusticia, AMLO emprendió una campaña presidencial que ya no proponía un ajuste moderado, sino la transformación profunda del sistema por la vía democrática.

Pero López Obrador y su equipo cercano —destacadamente Claudia Sheinbaum— nunca han planteado el socialismo. Su objetivo ha sido transformar las estructuras que privilegian a unos cuantos mientras condenan a millones a la miseria.

A AMLO se le tradujo mal. El poder económico, el PRIAN y la presidencia de Fox interpretaron su rechazo al neoliberalismo como comunismo y lo combatieron a muerte: primero con los videoescándalos, luego con el desafuero y, finalmente, con el fraude electoral de 2006. Ahí reside el origen de la violencia actual. Para legitimar su llegada al poder, Calderón inició una absurda guerra contra el narco sin estrategia y, peor aún, entregó el mando a un empleado de los cárteles: Genaro García Luna, hoy preso en EEUU.

Trump ha escuchado todos los diagnósticos sobre la violencia en México, pero nadie en EEUU les ha dado la correcta interpretación: que la crisis se agudizó cuando Calderón —aliado de las mafias— lanzó la bola de nieve de una guerra fallida. Hoy, esa avalancha es el reto que la presidenta Sheinbaum ya ha comenzado a contener.

Extraje estas ideas sobre las malas traducciones en conflictos graves de Arrival, una película tan inteligente como sapiente que recordé anoche al leer sobre los Óscar. Aunque trata de extraterrestres, su profundidad me llevó al filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein.

Doce naves extraterrestres aparecen sobre la Tierra y los gobiernos reaccionan con su paranoia habitual: miedo y despliegues militares. La humanidad parece precipitarse hacia una guerra inevitable con el invasor extranjero.

La situación se aclara cuando una lingüista descubre que la catástrofe bélica es inminente por una mala interpretación. Ella propone al alto mando que, para entender a los visitantes, no basta la traducción literal; es imperativo comprender el sistema de significados que rige su lenguaje.

Una palabra alienígena es interpretada por los militares como arma, detonando los preparativos para un ataque. Sin embargo, la lingüista descubre que la traducción correcta es distinta: la palabra significa arma, sí, pero también herramienta, y esta es la interpretación adecuada dado el contexto. La falta de entendimiento de este sistema de lenguaje estuvo a punto de provocar una guerra que habría representado el fin de la humanidad.

Wittgenstein diría que el significado de las palabras depende del juego de lenguaje en el que se utilizan. Estas no poseen un sentido fijo; adquieren su significado real solo dentro de las costumbres y la moral de cada comunidad.

Es decir, para entender lo que alguien dice, hay que entender el juego en el que habla.

El verdadero mérito de Arrival no es cinematográfico, sino intelectual: propone que el lenguaje describe al mundo y, al mismo tiempo, lo organiza. Antes de interpretar indebidamente a las otras personas, debemos esforzarnos por comprender exactamente en qué están pensando cuando se expresan.

Arrival proporciona claves para entender la estrategia de Claudia Sheinbaum frente a Donald Trump.

El discurso de Trump nos asusta —aunque haya quienes, por traición, lo aplaudan—, especialmente cuando menciona enviar ejércitos contra el narco. Sin embargo, si comprendemos el sistema de lenguaje del presidente de EEUU, quizá no se trate de las amenazas de un invasor. La presidenta Sheinbaum con certeza analiza cada una de sus palabras desde su dimensión wittgensteiniana.

Claudia sabe que el lenguaje de Trump pertenece a un juego de negociación agresiva, el mismo de sus desarrollos inmobiliarios en Nueva York. En ese tablero, la amenaza no es un arma de guerra, sino una herramienta para un fin político: elevar su aprobación ante unas elecciones intermedias que su partido podría perder.

Sheinbaum, como la lingüista de Arrival, no responde a las amenazas de Trump con impulsividad. Con la paciencia de Kalimán, se toma el tiempo para interpretar el juego de palabras del presidente de EEUU. Sus respuestas, centradas en la soberanía y la cooperación, subrayan un hecho: comprender el código de Trump no es someterse a él, sino evitar una catástrofe para México por una interpretación equivocada.

En la película, la humanidad se salva porque alguien decide escuchar antes de disparar. México ha superado la compleja relación con Trump porque la presidenta Sheinbaum ha interpretado serenamente al otro antes de envolverse en la bandera y lanzarse al vacío. El mundo, por cierto, ya lo reconoce.

Claudia Sheinbaum ha elegido descifrar el código de Donald Trump antes de actuar. Al final, como en la película, la paz no depende de quién grite más fuerte, sino de quién entienda mejor el juego del otro.

Posdata de otro tema: Dejo aquí, por emocionante, el momento en que el Himno Nacional se escucha en Italia después de que Isaac del Toro ganara la Tirreno-Adriático y se llevara a su casa —a su cocina, dijo— el Tridente de Neptuno.

Agrego otro video del momento culminante de la carrera: