“Seguimo aquí”
No fue una frase lanzada al vacío. Fue una declaración política. Benito la soltó al final de su show de medio tiempo, después de haber pasado lista, uno por uno, a los países de América Latina. Y no la dijo con suavidad ni con diplomacia. La dijo lanzando con fuerza el balón de football contra el piso, como quien rompe un símbolo prestado para dejar claro que el escenario también le pertenece.
“Seguimo aquí”
Aquí estamos. Aquí seguimos. Aquí no nos borran.
Detrás de él, mientras un grupo extenso de personas le hacía valla, apareció otro mensaje igual de incómodo para el poder: “La única cosa más poderosa que el odio es el amor”. No era una frase decorativa. Era la misma que Benito había pronunciado días antes al recibir el Grammy, dirigida directamente al ICE y al gobierno de Donald Trump, como reclamo frontal por el maltrato sistemático a los migrantes, por la criminalización del desplazado y por la política del desprecio como método de Estado.
El mensaje no se quedó solo en palabras. Benito no estuvo solo. Lady Gaga y Ricky Martin aparecieron como invitados especiales del show, reforzando el sentido político del momento. No fue una coincidencia ni un guiño comercial. Fue una alineación simbólica. Voces globales, con trayectorias distintas, pero con una coincidencia clara: no callar frente al abuso de poder.
Ricky Martin interpretó “Lo que le pasó a Hawaii”, una canción que no es metáfora ligera, sino denuncia directa. El tema habla de un territorio absorbido, explotado y vaciado de identidad bajo la lógica del poder económico y político estadounidense. Hawaii como ejemplo de colonización moderna: desplazamiento de poblaciones originarias, turistificación salvaje, pérdida de soberanía cultural y abandono cuando llegan la tragedia o el desastre. Cantada en ese escenario, la canción fue un mensaje transparente al gobierno de Trump: así tratan al territorio que consideran propio, así se ejerce el dominio cuando el otro estorba.
No fue un show. Fue una toma de posición. Y ocurrió en el escenario mediático más grande de Estados Unidos: el Super Bowl.
Donald Trump volvió a cometer el mismo error que lo ha acompañado desde siempre: creer que la cultura se intimida. Que basta un desplante, un gesto de desprecio, un intento de boicot o una burla desde el púlpito para desactivar el evento más poderoso del país. Pensó que podía minimizarlo, desacreditarlo, reducirlo a “ruido liberal”. Y volvió a equivocarse. No solo no logró su objetivo: aceleró su propio desgaste.
El Super Bowl de este año no fue únicamente un partido ni un espectáculo de medio tiempo. Fue algo más incómodo para Trump: un espejo. Un punto de inflexión cultural y político que dejó claro que ya no marca la agenda. Ahora la persigue, y además lo hace mal. Intentó restarle importancia al evento, descalificar a sus artistas, sembrar sospechas ideológicas. El resultado fue exactamente el contrario: récords de audiencia, conversación masiva, ratings históricos y un desafío explícito a su figura.
El mensaje fue brutal en su sencillez: Trump ya no intimida. Provoca rechazo
Mientras millones miraban el partido —muchos de ellos incluso con la intención expresa de contrariarlo— el autoproclamado hombre fuerte hacía lo que mejor domina cuando pierde control: esconderse. No dio la cara. Se refugió detrás de voceras, de comunicados tibios, de silencios calculados. Detrás de Kim, de Caroline, de cualquier figura que pudiera amortiguar el golpe. El líder que presume mando terminó reducido a espectador rencoroso, mascullando desde la orilla.
El intento de boicot fracasó, como han fracasado tantos otros. Porque Trump sigue sin entender algo esencial: la cultura no se gobierna con miedo ni se disciplina con insultos. La cultura no obedece órdenes. Responde a identificación, pertenencia, emoción compartida. Y cuando el poder político se vuelve autoritario, excluyente y vengativo, la cultura hace lo único que puede hacerle: lo deja atrás.
Lo que ocurrió alrededor del Super Bowl no es una anécdota. Es un síntoma. El rechazo a Trump dejó de ser exclusivamente político para convertirse en algo más profundo: social, generacional y cultural. Se expresa en hábitos de consumo, en audiencias masivas, en playlists, en referentes simbólicos.
Bruce Springsteen, Green Day, Roger Waters, Bad Bunny, SZA, Olivia Dean, Shaboozey. Lady Gaga y Ricky Martin. Voces del cine y la cultura como Jamie Lee Curtis, Diego Luna, Gael García Bernal, Natalie Portman, Jennifer Lawrence, George Clooney, Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Matt Damon, Robert De Niro, Jim Carrey, Eva Longoria, Antonio Banderas. No pertenecen al mismo mundo ni comparten público, pero convergen en algo básico: Trump representa un problema ético.
No es una conspiración liberal. Es un termómetro social. Demasiadas voces, de demasiados universos distintos, para reducirlo a una moda ideológica. Públicos incompatibles, generaciones opuestas, lenguajes que no dialogan entre sí. El único punto común es Trump. Y eso dice más de Trump que de todos ellos juntos.
El Super Bowl no lo derribó por sí solo. Pero lo exhibió. Lo mostró pequeño frente a una sociedad que ya no le teme. Lo dejó claro: Trump no marca el pulso del país. Corre detrás de él, con rencor, miedo y resentimiento.
“Seguimo aquí”, dijo Benito
Y ese mensaje —amplificado por Gaga, por Ricky Martin, por millones de miradas— explica por qué el poder que necesita boicotear la cultura para sentirse fuerte ya está derrotado.
Cuando la derrota se vuelve visible, la caída final deja de ser una hipótesis.
Es solo cuestión de tiempo.




