Si viviera, creo, estás serían las recomendaciones de Nicolás Maquiavelo a los detractores y críticos de la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum:

Aunque los príncipes y los pueblos sigan siendo los mismos que conocí. A ustedes, los llamados críticos que se sienten jueces de la nueva Princesa de México, Claudia Sheinbaum; a los que claman con voz aguda que rompa con Andrés Manuel López Obrador, su mentor y artífice de su ascenso; y a los que exigen que entregue a Rubén Rocha Moya como ofrenda para aplacar a los lobos extranjeros y a la oposición interna, escuchen a quien estudió el arte de mantener y conservar el poder, no con ilusiones de virtud aparente, sino con la fría realidad de los hechos.

Una princesa nueva, como lo es Sheinbaum, hereda un Estado que no es enteramente suyo. Su fuerza reside en la continuidad de la fortuna que la elevó: el apoyo popular, la lealtad de los suyos y la percepción de que representa algo mayor que su persona. Romper públicamente con quien la precedió y la legitimó sería tanto como declarar que su propia casa está dividida. Y una casa dividida, como bien saben, no se sostiene.

Los hombres olvidan pronto los favores, pero recuerdan la traición. Quien traiciona a su padre político ante el primer viento adverso será visto no como prudente, sino como débil e ingrato. Y la ingratitud es veneno para el pueblo que aún venera al viejo león.

¿Quieren que entregue a Rocha Moya? Pregunto primero: ¿Qué gana y qué pierde con ello? Un príncipe no sacrifica a sus aliados por el mero gusto de parecer justo ante sus enemigos. Si Rocha es culpable, que la ley (la propia, no la impuesta desde fuera) lo juzgue; pero si lo arroja a los perros extranjeros sin pruebas concluyentes y sin necesidad imperiosa, demostrará que su gobierno es frágil y que cualquiera de los suyos puede ser sacrificado cuando la presión externa apriete.

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Hoy es Rocha; mañana será otro gobernador, un secretario, o incluso ella misma. Ningún capitán sigue con lealtad a un general que abandona a sus soldados en la primera escaramuza.

El arte de gobernar consiste en parecer misericordioso, justo y leal, mientras se actúa según lo exija la conservación del Estado.

Sheinbaum sabe que México no es un convento de frailes, sino un reino rodeado de ambiciones, cárteles poderosos como ejércitos privados y un vecino que siempre ha deseado influir en los asuntos internos.

Ceder ante acusaciones venidas de fuera, sin manejar el ritmo y el momento, sería someter la soberanía al capricho ajeno. Un príncipe prudente deja que los hechos maduren, investiga con sus propias instituciones y, cuando actúa, lo hace de tal modo que parezca que obedece a la necesidad y no a la debilidad, ustedes que tanto gritan por la ruptura y la entrega, actúan como aquellos florentinos que pedían pureza republicana mientras conspiraban con reyes extranjeros.

Desean que Sheinbaum se suicide políticamente para satisfacer vuestras pasiones o los intereses de ustedes patrocinadores. Pero un gobernante que los complazca perdería el apoyo de su base, fracturaría a Morena y entregaría el poder a los que esperan ansiosos su caída.

Recuerden lo que escribí en El Príncipe: “Es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas”. Pero también es cierto que un príncipe debe evitar ser odiado. Sheinbaum camina sobre esa cuerda: debe mostrarse firme ante la injerencia externa, leal a su linaje político y, al mismo tiempo, dueña de su propio destino.

No romperá con López Obrador porque hacerlo sería romper consigo misma. No entregará a Rocha precipitadamente porque hacerlo revelaría que su gobierno es rehén de presiones foráneas.

Si son verdaderos consejeros y no meros agitadores, aconséjenle que fortalezca sus propias instituciones, que mantenga la unidad de su facción y que actúe con la virtud necesaria: decisión cuando llegue el momento, pero nunca por pánico ni por aplausos de sus adversarios. El que gobierna por complacer a sus enemigos nunca gobierna por mucho tiempo.

Quien desea que un príncipe nuevo fracase para volver a los viejos vicios, que sepa esto: la historia juzga a los príncipes por los resultados, no por las buenas intenciones de sus críticos. ‎