Leyendo El deseo de cambiar, de Bell Hooks durante la Copa Mundial de Futbol, con un saldo de al menos dos mujeres asesinadas en México, el día en que Inglaterra le ganó a nuestra selección de futbol, reflexiono sobre la misma pregunta que introduce este texto feminista: ¿qué podemos hacer ahora con los hombres?
Las mujeres que sufrieron feminicidio por el contexto futbolístico tienen un patrón compartido. La primera de ellas fue asesinada en Puebla, en el municipio de Venustiano Carranza, cuando su pareja volvió en estado de ebriedad a su casa. Al ofrecerle cena, el frustrado aficionado respondió con un machetazo.
Su nombre era Mónica Sáenz, tenía 40 años de edad y su agresor se llama Rafael González. Otro feminicidio ocurrió en la Ciudad de México, en el barrio de Tepito, en condiciones similares. El enfurecido y alcoholizado marido mató a su pareja después de un episodio relacionado con la cena, la fiesta, la madrugada, la hora, la pérdida.
En ambos casos había alcohol de por medio, pero también había una realidad que se repite: después del feminismo, de la teoría y de las leyes, siguen existiendo los hombres. Existen ahora con una especie de rechazo adicional hacia las mujeres; una sensación de rencor o despecho por el avance de los derechos en la ley y las mujeres que gobiernan; con malos sentimientos por lo que dicen las mujeres con voz en redes sociales y la prensa; por la manera en que, cada vez más, mujeres evitan relacionarse con cierto tipo de hombres o, explícitamente, evitan continuar en vínculos que muestran las famosas red flags.
Dice Bell Hooks que en el debate del feminismo contemporáneo, aquellas pensadoras que se atrevieron a intentar abordar el tema de los hombres fueron vistas como traidoras por la idea de que el centro del feminismo debían ser otras mujeres. Algunas feministas escribieron listas completas de episodios en los que los hombres cometieron atrocidades, y el argumento era odiarlos: condenarlos al ostracismo, a la exclusión y a la nada. Bell Hooks menciona a Phyllis Chesler y su libro About Men. Los recortes de atrocidades sobran. La crueldad descubre nuevos límites por desafiar diariamente, y la prensa de todo el mundo lo demuestra en noticias que ni la misma ficción se hubiera atrevido a imaginar.
Bell Hooks también habla de la manera en que los hombres representan un misterio al que las mujeres le temen al tiempo que no pueden descifrar. Al final, henos aquí: con la profunda necesidad de encontrarnos en alguien más y, al mismo tiempo, de apostar a la solitud como un recurso de autocuidado ante la crueldad masculina. Henos aquí con la mitad del mundo cuestionando si desea estar en pareja o descubrir la maternidad, al tiempo que vemos en redes sociales que los discursos conservadores antimujeres se recrudecen.
Algunos hablan de la energía femenina y las tradwives; otros hablan de los incel, del odio que merecen las mujeres por negarse a servir, de que las mujeres no deberían votar porque sus maridos las representan, y de la manera para manipularlas y obtener de ellas lo que se busca. Eso en Occidente. En Oriente, algunos países restringen más y más las libertades, derechos y oportunidades de las niñas y mujeres.
El hecho es que los hombres amenazan, al mismo tiempo, su salud y vida con la manera de ejercer la masculinidad. Me explico mediante el futbol como recurso inmediato, con escenas que seguramente todos podremos tener en la mente: ellos asisten a partidos en los que hay otros hombres. En ellos expresan su masculinidad ante otras masculinidades. Lo hacen expresando el extremo posible de lo que entienden por ser hombres ya que como dice Rita Segato, no hay mayor espacio de necesidad para la expresión de masculunidad que aquellos frente a otros hombres. Beben de más, muestran a las chicas de su algoritmo con menos ropa y los pechos más grandes. Festejan duro, porque ser hombre en clave patriarcal implica eso: gritar fuerte, expresar la furia y la frustración mediante la violencia, ser duros en la victoria y duros en el fracaso. Tomar muchísimo alcohol, porque ser hombre implica resistir eso. Divertirse al extremo nihilista posible porque preocuparse o cuidarse es cosa de molestas mujeres. Aunque beber les coloque en riesgo de chocar; aunque beber implique aumentar el riesgo de riñas, de golpizas que los maten. Algunas mujeres que están enganchadas por alguna razón a ellos, a veces piensan que eso es lo mejor que les podría pasar, que esos tipos que son sus figuras de autoridad simplemente mueran.
Dice Bell Hooks que la verdad más dolorosa de la dominación masculina es “que los hombres ejercen el poder patriarcal en la vida cotidiana de formas que ponen en peligro su vida, que las mujeres y las criaturas se acobardan por el miedo y por varios estados de impotencia, creyendo que la única forma de salir de su sufrimiento, su única esperanza es que los hombres mueran, que el padre patriarcal no vuelva a casa. Mujeres, niños y niñas dominados por hombres, los han querido muertos porque creen que estos hombres no están dispuestos a cambiar. Creen que los hombres que no son dominadores no las protegerán. Creen que los hombres son una causa perdida”.
Yo no los quiero muertos, pero debo confesar que tampoco me atrevo a descifrarlos vivos. Sin justificar sus comportamientos ni pretender que se sienta algo de empatía, creo que cuanto más machista es un hombre, más herido por el patriarcado se encuentra. Aquel que solo halla en la violencia un camino de expresión está manifestando que su cerebro no tiene un vocabulario para nombrar las emociones y que su vida no le ha permitido tener contextos para otras maneras de procesar lo que siente, de nombrarlo, de sanar. Es decir, que son menos sofisticados porque aún no pueden explorar su parte racional en la misma dimensión que su parte animal. Que son salvajes, dominados por la ausencia de juicio y de autocontrol y que tal vez, no son tan sofisticados como para poder sentir amor pues esa energía contiene la máxima expresión de cuidado, nunca la de destrucción.
Todas las distracciones, desde el alcohol hasta la violencia, exhiben sujetos que almacenan un letal potencial dentro de la complejidad para procesar el lado emocional.
Buscan tantas respuestas como nosotras, pero a diferencia de nosotras, que tenemos el feminismo, la palabra, la amistad, a Bell Hooks y Rita Segato, a las mujeres que escriben y el desahogo, ellos tienen grupos de fifas, alcohol, pérdida de conciencia, grupos superficiales en los que no se habla de lo profundo. Tienen espirales de vacío, tienen aislamiento colectivo que los hace blancos de interpretaciones digitales misóginas.
Entonces, ¿qué hacer con los hombres ahora que no habrá más Mundial de futbol? ¿Qué hacer con el retorno a las rutinas? ¿Qué hacer con los avances de sus agendas conservadoras y con las complejidades de los tiempos? ¿Qué hacemos con los hombres que son agresores y seguirán estando en todos los espacios conocidos? ¿Servirá de algo condenarlos al ostracismo? ¿Servirá de algo condenarlos a la cancelación y a la muerte civil? ¿Son capaces de cambiar? ¿Quieren hacerlo? ¿Qué hacer con los que ya son diferentes, con los que leen y con los que intentan relacionarse desde otro lugar y están cargados de miedo hacia otros hombres y también hacia nosotras?



