Recibí una crítica por haber bromeado en una columna utilizando como referencia a Don Giovanni de Mozart, el más sombrío, cruel y miserable de entre todos los donjuanes narcisistas patológicos, destructores del alma y hasta de la economía de las mujeres, que la humanidad ha conocido en la historia y la ficción.

Me preguntaron si no encontraba despreciable —por obra maestra que sea, y lo es— el Aria del Catálogo en la que Leporello, el criado de Don Giovanni, burlándose lee frente a una de las víctimas la larguísima lista de todas las amantes que su jefe ha tenido, y de las que sin duda ha abusado en todos los sentidos: en Italia, 640; en Alemania, 23; en Francia, 100; en Turquía, 9, y en España 1003 —in Ispagna son già mille e tre—.

Me defendí recordando que, al final de la ópera, Don Giovanni recibe un castigo: una estatua, la del famoso convidado de piedra, lo manda al infierno. La estatua del Comendador llega a un banquete organizado por el protagonista para sí mismo —ya que gasto mi dinero, ¡quiero divertirme!—. El misterioso invitado le exige al misógino galán que se arrepienta, pero este se niega. Como no muestra remordimiento, es enviado a la tortura eterna en el averno.

A última hora trató de salvarlo una de las víctimas, Doña Elvira —la misma que escuchó al criado leerle el catálogo machista—. Ella le suplica a Don Giovanni que cambie de vida, pero el ensoberbecido y económicamente poderoso narcisista no solo la ignora, sino que otra vez la desprecia con actitudes insolentes. Le dice: Déjame comer y ¡que vivan las mujeres y el vino! Humillada, pero valiente, Doña Elvira se despide del macho entre los machos: Quédate en tu inmundo hedor, ejemplo horrible de inequidad.

Don Giovanni era un hombre absolutamente corrompido, como los hay por millones en nuestro tiempo, en México. Me parecería infame conformarnos con que se les castigue en el infierno.

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Las mujeres merecen, en este mundo mortal, una vida sin que los maridos las lastimen; en la que ya no sean víctimas de violencia vicaria —no hay peor delito que ellos les quiten a los hijos y a las hijas—; exigen, y si no se rinden alcanzarán, una vida sin que les roben todo lo que tienen solo por atreverse a exigir el divorcio hartas de engaños y de maltratos físicos.

Lo justo sería que las mujeres se defendieran en una realidad institucional, judicial y de ministerio público en la que a ellos sí se les sancionara, pero ocurre lo opuesto: salen victoriosos y hasta compran acusaciones de extorsión contra ellas solo porque piden respeto a sus derechos elementales. Demandan las mujeres mexicanas vivir en un país en el que no les caiga encima todo el peso del Estado cuando enfrentan a exmaridos económica o políticamente poderosos.

Las cosas han empezado a cambiar con la presidenta Claudia Sheinbaum: hay mujeres en las fiscalías —Ernestina Godoy, Bertha Alcalde—; se ha renovado el sistema judicial, que tiene una mayoría de ministras en la corte suprema, presidida por Hugo Aguilar, un indígena culturalmente partidario de la causa de la igualdad de género; se respira un nuevo clima en la judicatura capitalina: el magistrado Rafael Guerra ha escuchado de viva voz las justificadas quejas de ellas.

Se viven tiempos mejores con Clara Brugada en la CDMX, Rosa Icela Rodríguez en Gobernación y Citlalli Hernández en la Secretaría de las Mujeres. Pero no es suficiente con lo que se ha hecho.

He descubierto el gaslighting judicial. Es una forma de violencia institucional en la que el agresor, narcisista o psicópata, utiliza a su favor el aparato de justicia —tribunales, fiscalías y peritos en psicología—. En este sentido, llega a ser cómplice en la construcción de percepciones manipuladas para convencer a una víctima de que las cosas no pasaron como ella cree que pasaron.

Con dinero, porque por lo general son ellos quienes han robado el patrimonio dejándolas en la calle, logran que fiscales y personas juzgadoras duden de la cordura de las víctimas, y así ignoran sus demandas o las condenan en tribunales porque, piensan, están locas, o porque suponen que alguien las manipula con propósitos de extorsión al honesto y enriquecido exmarido.

A pesar de los avances, aún no hay justicia rápida para las mujeres. Solo la presidenta Sheinbaum puede lograr que deje de ser verdad que con dinero baila la justicia.

Con dinero, los agresores invierten los roles: sus buenos abogados e influencias los convierten de victimarios en víctimas.

El violentador, tras haber cometido violencia física, patrimonial o vicaria, denuncia a la mujer por extorsión o robo. Y con dinero paga para que a ella se le castigue.

Fiscales y personas juzgadoras con frecuencia no ven a la mujer maltratada como víctima, sino como una despechada conflictiva y aun como delincuente. Los peritajes sesgados son lo peor: con dinero, los maltratadores consiguen que peritos reconocidos tachen a la mujer de histriónica, paranoica o inestable.

La otra gran arma del agresor es la de retrasar los procesos judiciales; así, la mujer que denuncia se agota por la falta de recursos —¡él se los robó!— y abandona los juicios. Esta tortura procesal busca que ella se rinda y acepte condiciones injustas, como renunciar a su patrimonio o a sus hijos.

Con dinero la maquinaria es veloz o lenta, al gusto del que paga: el narcisista logra que sus demandas procedan en tiempo récord, mientras que las medidas de protección para la mujer se retrasan meses y hasta años.

Han cambiado las cosas, pero deben cambiar mucho más. Sheinbaum puede lograrlo. Podría la presidenta crear un gabinete femenino, informal, en el que participaran mujeres con poder —Alcalde, Rodríguez, Hernández, Godoy, Brugada, otras gobernadoras— junto a hombres y mujeres con poder de decisión en los tribunales. Se debería invitar a abogadas competentes, como Fabiana Estrada y Vanessa Romero Rocha; también a activistas feministas como Gabriela Pablos, Frida Gómez y Dulce Gómez Martell y, desde luego, escuchar, ahí en la sala de juntas de Palacio Nacional, a las víctimas.

Urge diseñar protocolos de detección de narcisismo procesal y elaborar antídotos contra este veneno. Se debe dotar a las personas juzgadoras de herramientas para identificar cuándo una demanda de extorsión es represalia, y desecharla; cuándo un abogado alarga los juicios para agotar económicamente a una mujer, y castigar al inmoral litigante; cuándo un peritaje de inestabilidad emocional de una madre es simple y sencillamente corrupción, y corregirlo de inmediato con perspectiva de género.

Ha habido avances. Pero se puede y se debe ir más lejos. Ninguna mujer de hoy esperará que llegue un invitado de piedra y se lleve al infierno a los pésimos y más perversos imitadores de Don Giovanni.

Posdata: No critico a Don Giovanni, una obra maestra de su tiempo que seguimos admirando. Cuestiono que, en el siglo XXI, el único castigo a los narcisistas maltratadores de mujeres se dé en el inframundo. Estos miserables deben ir a la cárcel ahora mismo, y ya después que el diablo haga con ellos lo que se le pegue la gana.