El dos de junio no será un día fácil para las y los últimos perredistas; ese domingo acudiremos a las urnas en los trecientos distritos electorales del país.
Ya ha quedado claro que el electorado sólo decidirá entre dos opciones: la continuidad del proyecto iniciado por Andrés Manuel López Obrador o la amalgama de proyectos neoliberales priistas y panistas; entre la vuelta a la vieja manera de hacer política, a los usos y costumbres y las inercias idiosincráticas de la dictadura perfecta; o la continuación de la búsqueda de nuevos mecanismos de relaciones políticas entre quienes gobiernan y quienes son gobernadas y gobernados.
También, es claro que no es sólo una disputa entre dos partidos; aunque Claudia Sheinbaum emergió de las filas del Movimiento de Regeneración Nacional también es candidata del Partido Verde Ecologista y del Partido del Trabajo; ambos atinaron a una alianza conveniente que les ha permitido gozar de muchos de los privilegios que por sí solos no hubieran conseguido jamás.
Xóchitl Gálvez, candidata de la otra coalición, quien emergió del panismo pueblerino más conservador, también es candidata de los restos del PRI, de la clase política que no pudo renovarse, de quienes dirigieron de manera equivocada la economía del país y que lo único que representan ahora son los privilegios que aun explotan hasta donde les es posible.
El otro partido parte de esta coalición es el Partido de la Revolución Democrática; de los tres es el que menos figura, pero el que más depende de la votación nacional y de la Ciudad de México para sobrevivir.
Xóchitl Gálvez, gane o pierda, aportará un porcentaje importante al Partido de la Revolución Democrática, siempre y cuando el electorado nacional se decida cruzar el recuadro del sol azteca.
El Partido de la Revolución Democrática se juega en esta elección su existencia legal, su registro como partido político nacional y por supuesto el uso de los millones de pesos qué aun disfruta como prerrogativa.
Pero, pierda o no el registró, el Partido de la Revolución Democrática se acabó. Ha dejado de ser la opción que se construyó hace treinta y cinco años en Oaxtepec, Morelos; aun con los cientos de reformas y miles de páginas anexados a sus documentos básicos, antes del arranque del calendario electoral, todavía aparecía en el imaginario político como un atisbo izquierdista.
Sin duda habrá cientos de estudios, que explicarán con mucho detalle cómo un partido que pudo haber gobernado el país, que tuvo en sus manos la posibilidad del cambio democrático y económico se dejó llevar por sus conflictos internos, sus intereses de grupo, sus sinergias arribistas pero, o sobretodo, por sus dirigencias ambiciosas, entreguistas y falsas. Tuvo la posibilidad real de hacerse del poder y solo tuvo una vida de treinta y cinco años.
Los que hoy entierran al partido aprendieron muy temprano cómo ser una izquierda a modo del poder político priista; los Chuchos que, desde el Partido Socialista de los Trabajadores, se ofrecían como mercenarios del poder, se fueron apropiando paulatinamente de la estructura, de las prerrogativas y de la vida orgánica del partido del sol azteca a nivel nacional.
No se puede exculpar a las otras corrientes que también hicieron de este instituto político una gran e inacabable mina; los Chuchos los Amalios, los Bejarano, los Bautista, todos y todas buscaron siempre beneficiarse individual o familiarmente antes que hacer del partido un instrumento popular.
El pragmatismo político se hizo necesario y después indispensable, en el ánimo de posicionar al partido en municipios y gobernaturas se aceptó que ex dirigentes priistas, no sólo formaran parte de las candidaturas en común y de los acuerdos legislativos, también, empezaron a ser parte de las dirigencias locales y hasta nacionales.
El pragmatismo hizo que un día el sol azteca gobernará varios estados y muchos, muchísimos municipios, pero la falta de discusión interna, la débil formación política y, sobre todo, la distribución facciosa de los espacios del partido y las candidaturas entre las corrientes desdibujaron la plataforma que la izquierda había diseñado en el congreso fundacional de 1989.
Ya no había diferencias con el PRI o el PAN, no se percibían los cambios. Los nuevos gobiernos democráticos, los congresos, y hasta las instituciones que el partido impulsó como autónomas se volvieron un fin y no el medio que el pueblo había buscado para transformar y modificar sus condiciones económicas.
Los dueños del partido un día convocaron a un congreso para modificar los principios y estatutos y así realizar todas las alianzas políticas, aun cuando fuera abiertamente con priistas; después, aun cuando el calderonismo dejó clara la diferencia entre proyectos, también hubo un congreso que permitió hacer alianza con los panistas.
Cuando Andrés Manuel López Obrador dejó de ser el candidato del Partido de la Revolución Democrática y se volvió el de Morena, la base orgánica, las mujeres y hombres qué mantenían sus anhelos en un proyecto de izquierda abandonaron las filas de uno para trasladarse al otro, pero también muchas dirigencias, que a tiempo vislumbraron que el nuevo espacio político y económico a disputar ahora estaba en el nuevo partido, emigraron y se enquistaron en la endeble estructura del naciente partido.
Así, hace seis años el PRD en una gran alianza con el PAN y Movimiento Ciudadano se enfrentaron al candidato que tenía el apoyo popular. No importaba, quienes se mantenían en el partido de la revolución democrática así lo habían calculado, el partido podía seguir siendo una franquicia atractiva para mantener las costosas vidas de los, ahora sí, únicos dueños del partido: los Chuchos y sus incondicionales de alguna otra corriente menor.
Hoy en un mismo mitin, en un solo semblante propagandístico, Jesús Zambrano (quien a sí mismo se llama “heredero de la lucha guerrillera de los sesentas”) se toma de la mano con Alito y Marko Cortés sin ningún rubor, sin el menor titubeo ideológico. El perredismo, que nació para combatir al PRI, ahora lo toma de la mano para colgarse de la derecha más vieja del continente: el partido del Yunque.
A sus treinta y cinco años el PRD ha sido enterrado, sus sepultureros esperan que las migajas que caigan de la mesa alcancen para hacerlos senadores, diputados, regidores o concejales pluris; de mayorías relativas mejor ni hablar.






