Hoy celebramos el Día Internacional de la Felicidad, una fecha que desde la comunicación política y el análisis de las emociones debemos rescatar para colocarla en el centro del debate público. La felicidad no es un estado de ánimo azaroso, es el indicador más real de la salud de una democracia.

Quienes nos dedicamos a la política debemos entender que la felicidad no depende sólo de la “buena actitud” de la y del ciudadano, sino de indicadores tangibles que el Estado tiene la obligación de garantizar.

Los pilares de la felicidad colectiva

La ONU y la OCDE han identificado métricas claras que definen qué tan bien vive una sociedad. Estos no son sólo números, son el resultado de la gestión gubernamental:

  • Seguridad y Confianza: No hay bienestar bajo el asedio del miedo. El índice de percepción de la corrupción y la seguridad ciudadana son la base del “contrato emocional”. Sin paz y confianza en las instituciones, el sistema nervioso de la gente vive en alerta, anulando cualquier posibilidad de plenitud.
  • Salud y Esperanza de Vida: Una atención médica integral digna no es un lujo, es el pilar de la tranquilidad mental. Saber que una enfermedad no destruirá el patrimonio familiar permite a las personas proyectar un futuro.
  • Economía y Empleo: El PIB per cápita y la calidad del salario son fundamentales. El trabajo no sólo provee sustento, sino identidad y propósito. Un mercado laboral estancado es una fábrica de frustración social. 
  • Entorno y Balance Vida-Trabajo: Los espacios donde podemos ejercitarnos o convivir, parques, ciclovías, deportivos, son los laboratorios donde se genera la dopamina social. El acceso a la educación y el tiempo libre son los antídotos contra el aislamiento.

La responsabilidad de las y los políticos

En política se suele confundir la comunicación de la felicidad con fotos sonrientes o colores brillantes. Gran error. La verdadera política emocional se basa en la responsabilidad de diseño.

Cuando una o un gobernante ignora que sus decisiones afectan directamente los niveles de cortisol (estrés) o serotonina (bienestar) de la población, está fallando en su misión ética. Diseñar ciudades caminables, garantizar que las niñas y mujeres vivan libres de violencia, asegurar hospitales eficientes y fomentar empleos justos son, en esencia, actos de gestión de la felicidad.

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La política debe dejar de ser una lucha por el poder para entenderse como la herramienta que crea las condiciones de una vida digna. Una ciudadanía que se siente cuidada, educada y segura, es una ciudadanía capaz de ser feliz. Y una sociedad feliz es, irremediablemente, una sociedad más fuerte y democrática.

Juntas y juntos impulsemos menos retórica de conflicto y más políticas de bienestar que permitan contribuir a la felicidad de la población.

Jennifer Islas. Política y conferencista.