‘El disco más asombrosamente terriblemente maravilloso: cómo The Shaggs se convirtieron en la banda más polémica del rock’.
Eso lo leí en The Guardian. Vaya trío el de The Shaggs. Lo integraban las hijas de Austin Wiggin, de New Hampshire, EEUU —Dorothy, Betty y Helen—. A finales de los años sesenta grabaron uno de los discos más lamentables de todos los tiempos, Philosophy of the World. Su historia es curiosa: el padre se tomó en serio la predicción de una vidente que aseguraba que sus hijas serían famosas. Para empujar la profecía, las obligó a formar una banda sin que tuvieran talento ni estuvieran calificadas de ninguna manera.
El resultado fue una música bastante fea, cacofónica: ritmos desarticulados, guitarras desafinadas y una forma de cantar de plano boba y hasta infantil. Pero, precisamente en su pésima calidad radica la fascinación que ejercieron las The Shaggs —que podría traducirse como Las desgreñadas, Las despeinadas o Las greñudas—; fascinación no entre el gran público, sino en algunas figuras de primer nivel como Frank Zappa y Kurt Cobain. Zappa dijo que eran mejores que los Beatles y Cobain incluyó el álbum entre los más destacados que conocía. Otro músico, Jesse Krakow, las comparó en genialidad con Igor Stravinsky.
Por malas —suenan como si no supieran tocar ni cantar, y es que en verdad no sabían—, The Shaggs representan para ciertas personalidades una forma de pureza musical absoluta, libre de influencias, tradiciones y tecnicismos. Ser peor que mediocres las convirtió en un fenómeno de culto. Por absurdo que parezca, y lo es, su torpeza ha sido considerada —mitad en broma, mitad como provocación— una forma de autenticidad.
¿Mejores que los Beatles? Imposible. No fue serio Zappa al decirlo. ¿Favoritas de Cobain? Muy su gusto, pero se percibe falso o expresado solo con ganas de joder. ¿Semejantes a Igor Stravinsky? Esta afirmación quizá tenga alguna base musical: el creador de La consagración de la primavera era un maestro de la dislocación rítmica. Y sí, de alguna manera a eso suenan las canciones de The Shaggs, pero no por geniales, sino por ignorantes. En sus interpretaciones, la batería va por un lado, la guitarra por otro sin ninguna intención y la voz se escucha en una dimensión distinta.
Conste, no las critico por ser mujeres. Hay bandas femeninas excelentes, como la mexicana The Warning, integrada por las hermanas Daniela, Paulina y Alejandra Villarreal Vélez.
¿Periodismo stravinskiano en México?
Que The Shaggs pudieran ser un fenómeno de culto me recuerda que existe gente en nuestro país —informada e influyente— que elogia como gran periodismo lo que hacen articulistas sin ética, basados en mentiras e insultos contra la 4T, sobre todo contra la presidenta Claudia Sheinbaum y el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Pero el periodismo stravinskiano solo está en la cabeza de quienes, en las clases medias y altas, aplauden cualquier cosa que atente contra el proyecto de la izquierda.
La disonancia cognitiva explica el fenómeno: cuando una persona sostiene una creencia política muy profunda, su cerebro rechaza instintivamente cualquier dato que la contradiga y apoya de forma dogmática todo aquello que la refuerce.
En la música, la disonancia es un choque de notas que, en manos de un genio como Stravinsky, puede resultar brillante; en el periodismo actual, es un choque con la realidad que el lector despistado puede resolver otorgando validez a la mentira, algo éticamente inaceptable.
Al igual que los fans de The Shaggs llaman vanguardia al ruido por el puro placer de la provocación, la oposición y los sectores empresariales inconformes con la 4T elevan la calumnia al rango de investigación periodística solo porque satisface la urgencia de confirmar sus propios prejuicios.
Perdonará Stravinsky la comparación. El ruso escandalizó por audaz, pero rompió las reglas para aportar un nuevo orden estético. Celebrar a los periodistas como geniales solo pasa como estrategia de golpeteo político.
En el periodismo mexicano abundan las opiniones fallidas e investigaciones que no se sostienen —de Carlos Loret, el diario Reforma, Raymundo Riva Palacio, Héctor Aguilar Camín o Mario Maldonado—. Pero a estos en la oposición y en el sector empresarial se les ve como periodistas valientes, como críticos necesarios.
Lo cierto es que tales periodistas no construyen nada: sustituyen la verificación por la fabulación, la argumentación objetiva por el adjetivo fácil, y el legítimo cuestionamiento del poder por el insulto. Encuentran eco en sectores que los apapachan no por su calidad, sino por su utilidad política.
Pero…, quienes tanto aplauden al periodismo irresponsable, pues, ni hablar, en el pecado empiezan a llevar la penitencia. Hoy en El Financiero, Riva Palacio acusa al CCE, la cúpula del sector privado, de estar infiltrada por el narco y afirma que en EEUU se investiga a buena parte del empresariado del país. ¿Qué harán ahora los hombres y las mujeres de negocios que tanto lo halagaban por sus inventos contra la 4T? ¿Lo descalificarán por mentiroso o le seguirán dando crédito?
La verdad es que el periodismo debe incomodar al poder, sí, pero solo cuando existan bases para hacerlo, y siempre con rigor, ética y datos verificados. No es lo que hace esa prensa mexicana que hoy muerde incluso a quienes aplauden sus falsedades cuando dañan al gobierno de izquierda que tanto desprecian porque les ha arrebatado privilegios históricos.
¿Privilegios? Robarse el agua para venderla en pipas. O para aumentar el valor de fraccionamientos, como el de Querétaro, con lago para esquiar, y también para regar canchas de polo fifís, ese deporte que es como una especie de futbol con bastones arriba de yeguas y caballos que, me parece, sufren de esa manera un claro y reprobable maltrato.
Por fortuna, dijo ayer la presidenta Sheinbaum, el director de Conagua, Efraín Morales, empezará a cobrarles el agua que indebidamente han comercializado en forma gratuita, engañando al decir que es para uso agrícola. También se pondrá en orden a empresas embotelladoras de agua, como la Santa María —propiedad del gigante Nestlé— que explotan manantiales en zonas donde las comunidades sufren la terrible sed generada por el desabasto.



