Durante las últimas horas, miles de usuarios de redes sociales nos hemos convertido en la última tribuna que analiza la decisión de una joven que pidió la eutanasia a los 24 años de edad tras quedar parapléjica en un intento de suicidio tras saltar de un quinto piso. Hoy tiene 25 y en unas horas, dejará este plano de vida convirtiéndose en la persona más joven que accede a la eutanasia por sufrimiento psicológico y físico, la sexta catalana que como paciente psiquiátrica puede recibir apoyo del Estado para terminar con su vida.

En columnas y publicaciones, algunos reclaman a la justicia española y otros cuestionan que el mismo sistema que permitió la impunidad tras las agresiones sexuales en contra de Noelia sea el que ahora concede la eutanasia como si aquello fuera un problema menos. Hay noticias acerca de una violación dentro de un centro de acogida, una vida con distintos cuidadores y una entrevista final que ella brinda con intención de que su padre, asesorado por Abogados Cristianos, una agrupación ultraconservadora, pueda entender su decisión y dejar de pelear en tribunales para que la inyección final no llegue. En aquella entrevista, ella cuenta un largo camino de agresiones que le han provocado un sufrimiento psicológico extremo. Una pareja que abusó sistemáticamente de ella bajo sumisión química, tras darle pastillas; un abuso sexual tumultuario dentro de algún centro de acogida; un grupo de chicos que la agredieron después, también de manera tumultuaria, en una discoteca; y cualquier otro sinfín de episodios que motivaron aquel momento en que ella quiso terminar con su vida.

La paraplejía es una parálisis que inmoviliza parte inferior del cuerpo y conlleva lesiones en la médula espinal que son dolorosas y que provocan sufrimiento crónico físico, nervioso. Algo que por sí mismo, podría justificar la eutanasia en términos de las legislaciones españolas que permiten esta decisión pues la Ley Orgánica 3/2021 reconoce la eutanasia como un derecho y lo incluye como prestación dentro de los servicios del Sistema Nacional de Salud. La muerte asistida permite que el entorno de partida sea seguro y lejos del estigma del suicidio. Mientras que el suicidio se relaciona con algo oculto, algo que la iglesia propagó como idea de pecado y un episodio vinculado con lo negativo, la vergüenza, un episodio de crisis o métodos que conllevan dolor previo a morir, la muerte asistida es distinta. Prepara un espacio, conecta por vía intravenosa un catéter que puede suministrar la dosis que termina con la vida por parte de alguien más o que activa el mecanismo por la misma persona que solicitó la eutanasia y la partida se da en un contexto acompañado. Puede elegirse si tan solo está presente algún familiar junto con el personal médico o tan solo aquel personal sanitario que por ley también debe acompañar el proceso.

No creo que los completos desconocidos y ajenos a Noelia tengamos derecho alguno a juzgar la decisión de los tribunales que han revisado su caso, que ya pasó por un juzgado contencioso administrativo, por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC), por el Tribunal Supremo, por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha rechazado las medidas cautelares solicitadas para frenar el proceso, por el Tribunal Constitucional y originalmente por la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña (CGAC). Finalmente, el tribunal de Estrasburgo completó el aval de todo el sistema jurídico y médico español y europeo que supo de este caso por la férrea oposición del padre de Noelia.

Pero más allá sobre pronunciarnos o no, sí me parece importante hablar de que las personas a menudo son cuestionadas sobre su capacidad sobre decidir por sí mismas. Si eres mayor, tu cerebro tal vez te juega una pasada y si eres demasiado joven, o demasiado deprimido, o demasiado diagnosticado con trastornos, tampoco puedes decidir sobre ti. Ahí yo encuentro una contradicción para los ultracatólicos: si es que nacer es un derecho y el que puede lo más, puede lo menos, morir también podría ser un derecho. Si es que morir en un suicidio implica riesgo y mayor sufrimiento, el contexto de dignidad se agrega en hacerlo de manera consentida y controlada. No me parece correcto hablar de todos los “hubiera” en la historia de Noelia.

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El “hubiera”, como tiempo imperfecto e hipotético está basado en cosas que no sucedieron. No sucedieron espacios seguros, no sucedieron cuidadores permanentes, no sucedieron justicia y un montón de cosas no sucedieron pero basarnos en lo que no pasó es absurdo justamente porque no pasó. Creo que ante las víctimas, la forma de reparación ideal no es la que un juez piensa o la que todos los demás pensamos sino la que la víctima elige. Noelia busca como forma de reparación, terminar con el sufrimiento que tiene.

La teoría causalista del delito sí va persiguiendo a quienes provocaron situaciones determinantes en lo que va sucediendo y creo que la oposición férrea de su padre lleva aparejada la culpa que no ha logrado procesar de todo lo que salió mal, de lo que no pudo hacer, de la forma en que no pudo cuidar, pero aun al día de su entrevista, Noelia dice que su padre no la visita ni le habla y ni siquiera ella sabe nombrar para qué quisiera verla con vida.

No creo que sea sencillo abandonar la ilusión de que la vida, por el simple hecho de existir, es siempre un bien incuestionable. La vida es valiosa, sí, pero su valor no puede desligarse de las condiciones personales, psicológicas, materiales, emocionales y corporales en las que se vive. Defender la vida sin atender al dolor que la atraviesa es, en el fondo, una forma de indiferencia moral y también es una imposición. Y en ese sentido, reconocer la posibilidad de elegir la muerte no niega el valor de la vida sino que tal vez, lo radicaliza porque implica tomar en serio a la persona como sujeto moral autónomo. Quienes no pudieron protegerla antes hoy intentan hacerlo de manera alejada, mediante litigios y en el fondo, proteger no puede significar obligar a permanecer. Cuidar no puede traducirse en prolongar el sufrimiento en nombre de valores que ya no son compartidos por quien los padece. Si la autonomía tiene algún sentido real, debe incluir también las decisiones difíciles, incluso aquellas que duelen y que cuestionan nuestras propias creencias.

Noelia me duele porque acumula agresiones machistas y estoy convencida de que el contexto patriarcal que abusó de ella es el mismo que quisiera mantenerla aquí pues tanto el abandono original como las agresiones sexuales y el litigio del padre acumulan la voluntad de un montón de hombres que ejercieron y ejercen sus distintas posibilidades de fuerza y poder para imponerse sobre ella.

Noelia duele porque exhibe que España falla estructuralmente, que todo falló desde proteger a una infante hasta ahora. Pero por ninguna razón me atrevería a afirmar que Noelia no puede decidir. Tampoco me atrevería a decirle que salga a mirar el sol o que intente encontrar una nueva pasión, sería completamente irresponsable y egoísta hacerlo desde el lugar en que habito mi propio cuerpo y entonces creo que vivir no sólo se trata de la posibilidad biológica de que el cuerpo reaccione de forma orgánicamente correcta sino de habitarnos.

De cómo habitamos nuestro cuerpo, nuestra memoria, nuestra historia, nuestra conciencia. ¿Quién tiene la autoridad última sobre una vida? La respuesta no es sencilla, pero sí revela algo fundamental: vivir no es solo estar, sino poder habitarse con un mínimo de sentido. Cuando ese sentido ha sido erosionado sistemáticamente por la violencia, por el abandono, por el dolor físico y psíquico, la decisión de partir puede dejar de ser un acto de desesperación para convertirse en un acto de coherencia con la propia experiencia. Una autonomía no sencilla de explicar o de entender.

Quisiera abrazar a Noelia y desearle un camino de descanso, decirle que su vida no ha sido en vano y que esto abierto por ella, esta posibilidad de hablarlo, es valiosa. Habitarnos dignamente es tan derecho como lo es morir dignamente cuando no podemos habitarnos más.

Sin romantizar la muerte ni la eutanasia, también creo que debemos dejar de romantizar el mandato de luchar. Dejar de romantizar nuestra profunda necesidad arquetípica de mirar historias en las que hay un problema superado con éxito y una enseñanza llena de honor. Aprender a respetar a las víctimas en su profundo margen de decisiones.

Si Gisele Pelicót decidió luchar en litigios y escribir un libro, es enorme y si Noelia Castillo decidió detener el sufrimiento, renunciar a ser mártir y renunciar a ser ejemplo de algo, como ella misma ha dicho, también debemos respetarla, honrarla y mirarla como la enorme que es. Decidir irse no creo que sea cuestión sencilla. Conlleva un montón de valentía el tomar la decisión de abandonar la vida y hoy, que es dependiente, que ha perdido la movilidad en un 74% y vive encerrada en un lugar de cuidados, no podría hacer más que honrarla, admirarla, reconocerla y aún sin celebrar o sin aplaudir, decir que cuando se trata de derechos, los derechos se tratan de cómo una persona decide ejercerlos aunque a los demás no nos guste o nos interpele o nos duela o nos provoque lo que nos provoque.

Quizá lo más doloroso de todo esto no sea la muerte asistida en sí, sino lo que evidencia y es que fallamos antes. Que hubo múltiples momentos en los que la vida de Noelia pudo haber sido otra, y no lo fue. Por eso, más que juzgar su decisión, la verdadera exigencia ética recae en nosotros, en exigir países que dejen de ser infiernos patriarcales, machistas e impunes, en erradicar a los que violan, erradicar a los que agreden, erradicar a los que piensan que los cuerpos de las mujeres son para su disfrute, construir un mundo donde elegir morir no sea la única forma de reparación imaginable. Mientras eso no ocurra, el respeto a decisiones como la suya no es una concesión, sino un mínimo de honestidad frente a un sufrimiento que no supimos o no quisimos evitar, como sociedad y especialmente, como reclamo a esa España que tiene tantísimas fallas y esta, tal vez, de sus más grandes fracasos.

Vuela alto, Noelia y perdona a tu entorno que no te supo cuidar.