La tecnología se ha convertido en una prisión abierta de la que es imposible escapar. La hemos elegido encandilados, pensando en que nuestras vidas serían más sofisticadas y sencillas, pero en realidad cada cosa relacionada con ella nos ha hecho algo de daño. Ver demasiados videos atrofia nuestra capacidad de atención y daña la corteza prefrontal, causándonos mayor impulsividad. La luz de los dispositivos móviles atrofia nuestra mirada y puede acelerar el desgaste de nuestra visión al punto de necesitar lentes más pronto. Escribir demasiado en computadoras daña las articulaciones de nuestras manos. La forma del dedo pulgar podría cambiar evolutivamente con el paso de los años solo por el uso de celulares y tal vez la próxima generación evolutiva incluya seres encorvados cuyas columnas vertebrales se adaptaron a estar agachados.

Las calles están llenas de cámaras con capacidad de identificarnos; nuestras etapas erráticas, humanas, confundidas, melancólicas o ardientes dejan una huella digital. Nunca podrás librarte de los errores del pasado, por más que hayas cambiado. Y encima, todo eso debe vincularse a líneas telefónicas personales, según las disposiciones que hacen obligatoria en México la CURP biométrica a partir de julio de 2026.

Tendrán el registro de nuestra voz, nuestras huellas dactilares, nuestro iris y nuestros perfiles genéticos. Es curioso que cada semana hay noticias de nuevos hackeos, pero al mismo tiempo aseguran que nuestros datos estarán guardados de manera segura. Hay rumores sobre cómo los dispositivos son capaces de espiar, escuchar, grabar y geolocalizarnos.

Existir en cárceles abiertas donde todo el tiempo somos observados. Nuestros empleos son observados, nuestros desempleos también. Nuestros impuestos, en definitiva, lo son. Nuestro comportamiento bancario, si preferimos algo o no. Las personas sin hogar serán los seres más libres, los victoriosos triunfantes excluidos de un sistema asfixiante.

Pero entregar los datos no es asunto voluntario. Se siente como una violación simbólica, como un agente mucho más fuerte y poderoso obligándonos a hacer algo que no queremos. No quiero que el gobierno entre en mi ADN, ni que conozca mi huella del iris, ni que tenga registrado el perfil de mi voz y puedan después sufrir una pérdida de datos. No quiero que alguien pueda utilizar esa información para hacerse pasar por mí y crear contenidos o hacer llamadas o fingir delitos cuando mi voz llegue a ser incómoda.

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No quiero seguir existiendo en ese México carcelario y profundamente invasivo de la intimidad biológica. No quiero una CURP biométrica y, entre todos los argumentos técnicos y serios para oponerse, la peor tragedia sea no poder manifestarlos, porque oponerse a lo que sea que quiera hacer este gobierno significa hablar con la pared, convertirse en enemigo y antagonista, desaparecer del mapa dialéctico.

Todo el mundo escribe igual. La capacidad creativa literaria ha muerto. Escriben IA’s, y estoy segura que los que gobiernan esperan que nos comportemos justo como una IA: dándoles la razón por todo, exagerando las bondades de sus propuestas, ofreciendo pequeños cambios para mejorar y colaborar con su gran idea, como que también entreguemos los datos de nuestras células, tal vez un banco de cordones umbilicales y placentas para las células madre o muestras de orina cada cierto tiempo para que verifiquen nuestro estado de salud y puedan saber quiénes son consumidores de qué cosas.

Seguro esas iniciativas fueron hechas por alguna IA, no sería novedoso. Cada vez más discursos de diputados y otros funcionarios tienen la misma sintaxis típica de ChatGPT y simplemente, la CURP biométrica junto con todas sus restricciones a los enemigos que nos neguemos a tramitarla hace que México sea, simplemente, asfixiante.