Estados Unidos acaba de aceptar que el llamado “Cártel de los Soles” nunca existió. Y con ello confirma algo todavía más grave: fabricó una organización criminal para secuestrar a un jefe de Estado.

Así, sin rodeos.

Durante años, el gobierno estadounidense sostuvo que Nicolás Maduro encabezaba una estructura narcoterrorista. Con esa mentira justificó sanciones, asfixia económica, persecución diplomática y, finalmente, su captura. Hoy, el propio Departamento de Justicia de Estados Unidos borra esa figura del expediente. La acusación fue reescrita. El cártel desapareció. El relato se cayó.

Pero el secuestro ya ocurrió.

Estamos frente a un patrón clásico del imperialismo contemporáneo: inventar al enemigo, repetir la mentira, judicializarla y convertirla en arma geopolítica. Exactamente lo mismo que ocurrió con las supuestas “armas de destrucción masiva” en Irak. Con una diferencia inquietante: ahora ni siquiera hubo la coartada de una guerra formal. Hubo una operación encubierta, legitimada por un expediente falso.

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Ni la DEA, ni la ONU, ni los informes internacionales sobre drogas reconocieron jamás la existencia de ese cártel. Incluso The New York Times documentó que se trataba de un término coloquial, mediático, sin estructura criminal real. Aun así, Donald Trump lo convirtió en organización terrorista. Lo elevó a dogma. Lo usó como coartada.

Lo verdaderamente obsceno es que, tras admitir la inexistencia del cártel, figuras como Marco Rubio sigan repitiendo la mentira en televisión nacional. Ya no es ignorancia: es cinismo de Estado. Es la confesión abierta de que la verdad no importa cuando se trata de disciplinar a América Latina.

Hoy Estados Unidos reconoce que el delito central no existía. Lo que no reconoce —porque implicaría admitir un crimen— es que secuestró a un presidente usando una ficción judicial. Eso no es justicia internacional. Es piratería política.

La pregunta ya no es qué hizo Venezuela. La pregunta es quién controla a un país que se arroga el derecho de inventar cárteles para capturar gobiernos.

Porque si esto se normaliza, ningún país del sur global está a salvo.