El presidente nicaragüense Daniel Ortega ha cruzado una nueva frontera. Por primera vez en la historia de su gobierno, declaró hace unos dias que no habría más elecciones en su pais. Lo justificó con el argumento peregrino de siempre, que quiere evitar la llegada de la derecha extrema que sirva a los intereses de Estados Unidos.

La pequeñez política de Ortega era bien esperada. Sin embargo, y con el debido respeto a todos los nicaragüenses, se trata de un pais cuyo futuro de ninguna manera podría impactar considerablemente sobre el resto de América Latina. Si el dictadorzuelo ha decidido condenar a su paupérrimo país al ostracismo, no hay nada que se pueda hacer en apoyo a su pueblo.

No obstante, lo que sí que resulta condenable es el silencio del gobierno mexicano. La presidenta Claudia Sheinbaum, ante el comentario expresado por uno de los reporteros en la mañanera, se limitó a mencionar la cantada autodeterminación de los pueblos. Es decir, recurrió a la salida fácil para evitar pronunciarse sobre cualquier asunto incómodo. ¿Qué significa la autodeterminación de los pueblos a juicio de la jefa del Estado y de la diplomacia mexicana? Sencillo. Lo que convenga que signifique cuando se trate de un gobierno ideológicamente cercano o lejano.

El canciller Roberto Velasco ha optado por lo mismo. Mientras un presidente latinoamericano declara sin ambages el tránsito hacia una abierta dictadura de corte dinástico, la diplomacia mexicana se inclina hacia el silencio; como si el mundo no mirase, como si México no participara en el concierto de las naciones o como si este país brindase su respaldo tácito el régimen del pequeño Ortega.

¿En serio vale la pena mostrarse como un gobierno que apoya -o que no condena- al dictador nicaragüense, sólo por demostrarle la simpatía del obradorismo? ¿Qué tanto puede contar Nicaragua para una economía como la mexicana cuyas prioridades deberían estar dirigidas al fortalecimiento de las relaciones con sus socios comerciales, o en el seno de organismos internacionales dónde aún prevalecen los valores democráticos?

El silencio de Sheinbaum y la complicidad de Velasco no han sido más que dos nuevas e innecesarias pifias de una agenda de relaciones exteriores que no tiene ni pies ni cabeza, que no aporta nada al bienestar de la nación y que parece siempre colocarse del lado incorrecto de los acontecimientos.