México gasta hoy casi 800 mil dólares diarios en OnlyFans. No es una metáfora: son 291 millones de dólares en 2025, lo que coloca al país como quinto consumidor mundial de la plataforma y líder absoluto en Latinoamérica. Ciudad de México, por sí sola, supera a Chicago o Roma en gasto total. Las cifras no describen una anécdota tecnológica; describen un orden cultural.
La pornografía dejó de ser un consumo marginal para convertirse en infraestructura cotidiana. Está integrada al flujo de pagos digitales, a la economía de plataformas y al imaginario aspiracional. Se normaliza como “elección individual”, “empoderamiento” o “libertad de mercado”. Pero el feminismo crítico lleva décadas advirtiendo que la pornografía no es un espejo neutral del deseo: es un dispositivo político.
Como ha señalado Angela Davis, la violencia sexual no es un exceso del sistema, sino una de sus tecnologías de control. La pornografía industrializa esa tecnología: estetiza la dominación, mercantiliza la desigualdad y convierte el consentimiento en una ficción contractual bajo condiciones materiales profundamente asimétricas. No es casual que prospere en contextos de precarización femenina y masculinidades socializadas en el derecho al acceso sexual.
Las feministas radicales —de Andrea Dworkin a Catharine MacKinnon— lo dijeron con crudeza: la pornografía no representa sexo, representa violación erotizada. Su narrativa central no es el placer compartido, sino la disponibilidad irrestricta del cuerpo femenino. El éxito económico de OnlyFans no desmiente esa tesis; la actualiza. Cambió el formato, no la lógica: la cámara sustituye al set, el algoritmo al productor, la suscripción al proxeneta. El producto sigue siendo el mismo.
Los defensores del modelo celebran la “autonomía” de las creadoras. Pero esa autonomía se ejerce dentro de un mercado que premia la humillación y penaliza el límite. El crecimiento mexicano —19% anual, casi diez veces el de Estados Unidos— coincide con salarios insuficientes, cuidados feminizados y una pedagogía social que enseña a las niñas que su capital más rentable es el cuerpo. El mensaje implícito es brutalmente simple: si quieres dinero, desnúdate; si no, consigue un marido que pague. La modernidad digital recicla la moral más antigua.
Aquí aparece otra contradicción: convivimos con una cultura pronatalista que exige maternidad, pureza y sacrificio femenino, mientras expande una economía que consume mujeres como entretenimiento. La misma sociedad que vigila el vientre, monetiza la exposición. El resultado es una pedagogía de la exhibición: aprender a ser vista, medida, puntuada; aprender a agradar. La educación sentimental de una generación ocurre en pantallas que confunden deseo con dominación y mercado con libertad.
No es casual que México concentre el 35% del gasto latinoamericano en OnlyFans. La desigualdad, la violencia sexual normalizada y la falta de horizontes laborales dignos para mujeres jóvenes son condiciones de posibilidad del negocio. No hablamos de moral privada, sino de política pública y responsabilidad colectiva. Cada dólar diario sostiene una narrativa que erotiza la desigualdad y la presenta como elección.
Cerrar los ojos ante estos datos es aceptar el retroceso. El feminismo no propone censura ingenua, sino lectura crítica del poder. Preguntarnos qué educa este consumo, a quién beneficia y a quién sacrifica. Porque cuando una economía necesita que las mujeres se exhiban para sobrevivir, no estamos ante libertad: estamos ante un fracaso social que decidió llamarse progreso.



