Hace apenas unos días, buena parte de la clase política mexicana se permitía ironizar sobre la posibilidad de una acción directa de Estados Unidos contra Nicolás Maduro. Se habló de bravatas, de alardes, de una supuesta incapacidad (o falta de voluntad) de la administración Trump para actuar en Venezuela. Se insinuó que Washington no se atrevería a cruzar ciertas líneas por temor a las consecuencias internacionales.

Hoy, esa lectura no resiste el archivo.

El problema, sin embargo, no es haberse equivocado en el cálculo. El verdadero problema es que la equivocación no ha provocado ninguna rectificación. Ni en el diagnóstico, ni en la narrativa, ni en la posición de México frente a un reordenamiento hemisférico que ya no admite ambigüedades cómodas.

Durante años, Morena y su gobierno han defendido una política exterior que se presenta como neutral, soberana, prudente. En los hechos, esa neutralidad ha sido consistentemente funcional a los regímenes de izquierda autoritaria del continente. Cuba, Venezuela, Nicaragua. No por casualidad, no por omisión, sino por afinidad ideológica.

El problema es que ese tipo de neutralidad ya no es leída como neutralidad por los Estados Unidos.

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En el contexto actual, esa postura no te vuelve árbitro, te vuelve adversario.

Trump lo ha dicho con una claridad que incomoda, pero que no admite demasiadas interpretaciones: México es un país donde los cárteles gobiernan amplias regiones. Ha llamado a la presidenta Sheinbaum “un adorno”, y ha descrito al crimen organizado como los verdaderos rulers del territorio. Algunos han querido leerlo como insulto retórico. Es un error. Es un diagnóstico político condensado en lenguaje directo. Lo que está diciendo, en el fondo, es que México se parece cada vez más a un narco-Estado.

En ese contexto, la posición mexicana frente a Venezuela se vuelve especialmente delicada. No solo por la defensa política del régimen chavista en foros internacionales, sino porque México se ha convertido en una pieza clave para sostener a otra dictadura: Cuba.

Hoy, el apoyo petrolero y económico mexicano a La Habana es más relevante que el venezolano. En términos prácticos, México ha pasado de observador distante, a baza crítica para la supervivencia del régimen cubano, casi suplantando el rol que durante años jugó Caracas.

Desde la óptica de Washington, esto no es un matiz ideológico. Es un dato de seguridad hemisférica.

Si Estados Unidos ha decidido que Venezuela ya no es tolerable como enclave hostil en el continente, ¿por qué habría de aceptar sin reacción que México financie, sostenga y legitime a Cuba mientras, al mismo tiempo, es incapaz de controlar su propio territorio frente a los cárteles?.

Aquí hay otro error de fondo: seguir leyendo el mundo con categorías de la Guerra Fría. Aquella permitía equilibrios ambiguos, juegos de doble discurso, neutralidades tácticas. El mundo actual no funciona así.

El nuevo acuerdo tácito de bloques tiene límites regionales claros. Ucrania es Europa. Venezuela es el hemisferio occidental. Venezuela por Ucrania, verbi gratia.

En ese esquema, México no es un actor lejano ni prescindible. Es frontera, es mercado, es ruta, es socio obligado. Precisamente por eso, no puede darse el lujo de una ambigüedad ideológica sin costo.

México insiste en una narrativa de soberanía mientras incrementa su vulnerabilidad real. Se aferra a una neutralidad discursiva mientras se acerca, en los hechos, a regímenes que Estados Unidos considera enemigos estratégicos. Y lo hace, además, desde una posición interna frágil: violencia estructural, control territorial disputado, dependencia económica y presión migratoria. Eso no es soberanía. Es exposición.

La pregunta ya no es si México quiere alinearse o no. La pregunta es si México entiende el riesgo de no redefinir su postura. Porque, en el tablero actual, no elegir también es elegir. Y casi siempre, elegir mal.