Ser mexicanas o mexicanos es mucho más que ingerir tequila o mezcal en cantidades industriales, vestirse con indumentarias “típicas mexicanas” donde muy comúnmente se confunde el traje charro con el de mariachi, que no es lo mismo, dicho sea de paso, o pensar que por atragantarse unas 10 tostadas o más, porque uno no tiene autocontrol cuando de tostadas o tacos al pastor se trata, te hace ser o sentirte más mexicana o mexicano en estas fiestas patrias, y mucho menos se trata de poner a todo volumen el disco del México en la Piel del pretensioso Luis Miguel.
No vengo a dar clases de civismo o del cómo debe ser un verdadero mexicano o mexicana, porque muy probablemente no lo sea; sin embargo, cabe siempre la oportuna y necesaria reflexión sobre qué estamos haciendo por nuestra patria. Muchos de los problemas que nos aquejan son culpa también de la cultura y educación nacional que hemos aceptado y seguimos reproduciendo sin cuestionarla, y de la poca cohesión y cooperación social que mostramos, que en muchas ocasiones solo sale a la luz cuando nos ocurre una tragedia como los lamentables sismos de los 19 de septiembre o cuando juega la Selección Mexicana —varonil— de Futbol.
No les quiero arruinar estos festejos con estas palabras agrias, pero sí deseo que se recapacite en torno a ello, porque no podemos confundir nacionalismo con patrioterismo; debemos trabajar arduamente en la unidad nacional, así como en fortificar una educación cívica y ética que incluya el respeto y el amor a nuestra diversidad étnica y mestizaje, de igual manera en reconstruir los valores y principios que nos identifican y articulan como una nación libre y soberana. Hay mucho por hacer por este bello país; sigamos construyendo un lugar más incluyente, justo, libre, amoroso, verde y democrático para todas y todos, para que ningún paisano se quede atrás.
